Mayte Pérez

miércoles, 24 de septiembre de 2014

UN CUENTO, UN SUSPIRO Y UNA CANCIÓN EN 1978



Debajo de una silla de madera de pino pintada de verde, se esconde Luna, una niña normal  de cinco años que está en edad de jugar y creer en cuentos de princesas. Ella merienda pan con tortilla y quesitos y está allí sin querer, alguien le dijo dónde debía ponerse en aquel instante; quiere salir de la bodega y subirse al almendro a mirar al cielo de verano. Todos  los mayores están enfadados, hay una palabra que no conoce que es "canalla", piensa que ocurre algo y le gustaría que Pom entrase por la puerta para poder salir corriendo tras él hasta el camino de los quemadores y poder evadirse un momento de tanta tensión que lleva dentro de su pequeño cuerpo de carne y hueso.

Se tapa los oídos y piensa que si sale los mayores al verla callarán tantos gritos y los latidos de su corazón irán más despacio, a Luna le gusta el sabor de la paz.  Busca a su hermano, tira la pelota pequeña para que él juegue pero no está, no se la devuelve, quiere salir a que su hermano Pedro la abrace y le diga qué está pasando, dónde está su madre y si vendrá también a por ellos o traerán a la pequeña Angélica con ellos, quiere que estén los tres juntos, como en las tardes de invierno en el salón cuando su madre les pone la película de Pinocho en el proyector y meriendan pan de leche con paté hasta la hora del baño.

Se pregunta qué será  esa palabra tan fea, "canalla" que escuchó decir a su tío Francoise, el que vive en Niza, y se acuerda de los zapatos del hombre malo que encontró en el pasillo del piso del pueblo donde vive en invierno, y después volvió a ver sobre un peldaño de  las escaleras, que suben hasta el desván, junto a la bodega. Después de un rato, considera que quiere salir y lo  hace tan  despacio como se despereza Gina, la gata blanca de su tía Violeta, cuando todos se han ido. 
Quiere ver a su padre y tampoco está, ella está feliz porque piensa qué vendrán los tres juntos, papá, mamá y Angélica, pero lleva mucho rato subida al almendro y no escucha la música fuerte  que tiene puesta su padre en el descapotable rojo, tardan mucho en llegar y Luna, se pone triste, pues aunque sea tan pequeña, es un ser muy especial, lleno de tanta sensibilidad como estrellas en el cielo brillando alto.

La yaya Teresa la llama, ella no dice nada y está asustada, llora y espera que se le pase un poco el dolor que tiene en la barriga, para que la yaya no la vea así. Baja del árbol y corre en busca de los brazos que la protegieron desde el mismo día en que nació, Luna sonríe y la abraza muy fuerte, pero no dice nada, esconde la cara en el delantal rojo de vichí, que huele a leche merengada. Le dan un baño con la esponja azul y el gel de moussel que huele al jardín de la casa de Amelia, no hay cuento esta noche, y  quiere dormir al lado de la cama de forja rosa, en la cama plegable, donde nació hace cinco años.

Se pone el pijama de gatos azules con una sonrisa para que la vean feliz, que parezca que no sabe nada, no quiere dormirse sin ver a su padre, pero no lo verá hasta mañana; la yaya le da un beso muy fuerte y la llama reina, Luna dormirá sola pero al lado de la cama rosa y envuelta en el aroma a madreselva, la colonia que guarda la yaya en el primer cajón de la mesilla de noche, junto  a los pañuelos y el pastillero de porcelana.
Todo está en silencio en la finca, lleva mucho rato despierta mirando a la ventana por donde se asoma la palmera y no quiere levantarse por si molesta, el sol no salió todavía pero quiere encontrar a su hermano mayor. Se levanta descalza aunque sabe que eso no está bien y que le dolerá la garganta, pero no quiere hacer ruido. Cruza la bodega a oscuras hay luz en el baño,  huele la colonia de su padre, corre por si se va, pero está allí en el baño, le llama fuerte y al verlo se sube al taburete de flores a mirarse el flequillo en el espejo, mientras él se está afeitando, esta mañana él no sonríe como siempre, Luna teme preguntar, pero está feliz porque piensa que mamá y Angélica están dormidas en la habitación de la segunda planta, que da al patio antiguo donde están los conejos y los pollos.
Su padre le trae los zapatos rojos, se los pone y le da la mano para llevarla a la habitación, no le tira de la nariz porque no los lleva puestos, ni la riñe, tampoco la sube a hombros, ella piensa que estará cansado, le da un beso y un abrazo y la mete en la cama de nuevo, Luna tiene que dormir porque aun es de noche.
Cree que está soñando cuando escucha la canción de la yaya a la vez que la despierta..."estas son las mañanitas que cantaba..."; piensa que lo de ayer era un sueño, pero parece que no, la llevan a la cocina y cuando ve la silla verde recuerda lo de ayer, la tía Marina le cuenta que pronto irá al cole, su primer día de cole, Luna quiere ir, pero que la lleve su madre y no está. 
Hay cebada  granizada y buñuelos de harina de arroz que trajo el yayo Pedro para desayunar, se pregunta que por qué no está en el pueblo con los primos, o por qué no están los primos en la finca con ella.

Le han tirado de las orejas y las trenzas y la han llamado chocolatina, es él, su hermano, Luna le abraza y lo saca fuera para que los mayores no escuchen las preguntas que tiene para él, lo abraza al Tete y llora mucho, entonces le cuenta, creyendo que él sabe algo porque ha visto cosas y es más listo; la tranquiliza y le dice que no pasa nada, le da un beso en la mejilla y entran a terminar de desayunar y a prepararse para ir a la playa con  la  tía Violeta en el coche de Paco...

Mayte Pérez (Verano, septiembre de 1978)