Mayte Pérez

jueves, 25 de septiembre de 2014

"LA PRINCESA Y LA SOMBRA DEL TRAIDOR" (20/09/2012)
13 de junio de 2012 a la(s) 19:30

Un día amaneció aventurando que tu alma y la mía se iban a contar historias de princesas de boca de fresa y personajes traidores, investigadores de cuerpos y descubridores del color del papel del que están hechos los sueños.
Como al caer la tarde, se sentía la espera en el corazón de una princesa, una y mil veces, se aburría de la riqueza a sus pies del castillo y todos sus componentes, decidía de qué vestido cubrirse toda aquella esperanza que tanto contenía y hoy iba a optar de la forma correcta, de la perfección, tal como el contorno de sus labios y la pureza de la transparencia de un mar callado que mece y acuna al ansioso latir del corazón partido.
Cuando a  la amplitud de la noche  teñida de azul marino, se la apareció la luna, salió de la torre que la guardaba, cubierta del color de la tentación y perfumada de la sensación de la curiosidad, era como el que espera un regalo de cumpleaños, la falta de un cariño a punto de acariciarse.
Se advertía su silueta entre las hojas de los árboles que vestían al bosque de los caminos, su agitada respiración, el crujir de  sus pasos sin calzado, llenaban el vacío silencioso de aquel lugar del sabor de la paz.
Tenía prisa constante de llegar a atrapar la sombra de un traidor, de un cazador de sueños, de aquel que tantas veces le arrancó una sonrisa y más de una vez la subió hasta donde se abre una grieta en el cielo, para después sentarse a mirar cuanto de pequeño puede ser el mundo, cuando lo ven una princesa y un traidor desde  el espacio que no se ve a la luz del día ni en la oscuridad de cuando brillan estrellas.
Le pareció un largo camino, a pesar de sus pasos instantáneos parecía no llegar a su destino, no había minuto fijado, es más ella sabía que en el momento de su llegada todo un cambio daría comienzo, de repente paró al sentir que alguien tiró del final de la prenda que le cubría, le daba miedo volver a mirar de donde había venido, el corazón le abrió camino para que se dejase llevar, volverse, se volvió, pero muy despacito.
Imaginaba presente tras de ella la sombra imaginada, pero observó la ausencia al ver que era aquello que la atrapaba y no la dejaba seguir, buscó entre las hojas mortecinas caladas del sudor de la copa de los árboles y se encontró con que la pesada piedra del miedo había rasgado la transparencia de la tela de la tentación y los hilos ligeros como la pluma se enredaban entre las redes de la duda.
Nada de aquello detuvo su destino y de haber habido más impedimentos, no hubiesen sido suficientes para llevarla de vuelta al lugar del que salió perdida en busca de su destino escrito en alguna parte, en algún trocito de cielo. Tiró de aquella piedra y dejó la mitad de la prenda a cambio de seguir en busca de su intención.
Después de un largo tramo perdida, se sentó a descansar con la alegría de que tarde o temprano encontraría refugio al que llegar, aquel que no se construye de piedras, aquel del que nunca desearías marcharte y hubieses deseado haber llegado miles de años antes de haber nacido.
A lo lejos se escuchaba al susurro del río, sonrió al destino por estar a punto de alcanzar sueños imaginarios que poder morder y probar, al llegar a orillas no pudo evitar  entrar sus pies  en  el agua y cuál sería su sorpresa al notar el peso de la calidez de cinco yemas y luego cinco más que se llegaron a quedar en mitad de su espalda.
No daba crédito a aquella sorprendente sensación, respiraba despacio para  no romper el encanto del momento, sonreía, sonrisa ciega que ocupaba todo un mundo entero por el que perderse, de las manos que rozaban el contorno de su espalda.
En el momento en que se dejó caer en brazos de la confianza, algo tiró de sus pies hasta el fondo del río, fue como un torbellino repentino que la hacía hundirse sin alternativa a salir de nuevo en busca de un último aliento de vida que poseer.
Sintió que sus manos se entrelazaban con algo que la detenía y la empujaba a respirar de nuevo, se vio mirando al infinito tumbada sobre una roca y preguntándose cómo habría llegado hasta allí siendo presa de aquel momento de angustia que auguraba el final de su imaginación y del fluir de la sangre que llenaba sus espacios.
Al levantarse lo vio a su lado, él estaba sentado con sus brazos abrazando a sus rodillas, no hacía más que mirarla y sonreía por tenerla tan cerca, por tener el perfil del sabor de la fresa.
Ella no supo qué decir, era como haber perdido las palabras en el río mientras aquello tan cruel tiraba de sus pies, así que sonrió, se sentó a su lado, apoyó la cabeza sobre su hombro, se cubrió los ojos de fantasmas e imaginó que …
“Erase una vez un mundo de los dos por el que andar descalzos, entre la picardía de la sonrisa, la locura de llevar una princesa, la prenda prestada, perfumada, ansiada, de un traidor y el soplo de un deseo en común que está más cerca que la intención de emprender un paso…Todo lo que tú quieras a partir de creer, todo en lo que creas, te defiende de las garras de la duda…”


                                                                          Mayte Pérez (Principio)