Mayte Pérez

viernes, 27 de febrero de 2015

BESO

"Antes de alcanzar al amanecer
en su esplendor rosado pintando al infinito,
anunciando la dicha de vivir un día más,
aprende a soñar durante la noche,
Antes de lanzarte en mitad del océano.
prueba de una de tus redondas  lágrimas,
y estando sumergido en las profundidades,
su sabor salado, 
te sabrá tan dulce, 
como te supo ese primer beso,
bajo la luz de un suspiro a los quince años"

Mayte Pérez

domingo, 22 de febrero de 2015

NATA Y AZÚCAR


La quise tanto,
que al salir corriendo en su busca,
llegando al último escalón,
fui consciente de que siempre la había llevado sobre mis hombros,
de que en cada uno de mis días,
había una pincelada de aquella risa capaz ,
de hacer minúsculo al silencio,
inmensa a la alegría.
Cómo no quererla madre,
si después de usted,
fue del pecho de ella del que quisiera seguir bebiendo
hasta que venga la parca y me lleve,
es en el rincón de su vientre fecundo,
donde quisiera mi rostro caer rendido después del ocaso,
enredado en sus caderas,
al decirle que si son largos mis presentes,
más lo será el futuro
si es con ella,
pues desde el pasado,
nació para que la acunase entre mis manos
Mayte Pérez

EL JUEGO DE PENSAR (09/02/2014)

"EL JUEGO DE PENSAR"
Un abecedario de un millón de letras fuera de lugar,
un mar de dudas con peces albinos perdidos,
un poema por escribir con respuesta anticipada,
pastillas clandestinas para no volver a soñar,
un prado de lavanda color atardecer con olor a verbena,
un paseo por las nubes viviendo deprisa con paraguas,
un desayuno personal con vistas a un escenario donde el protagonista eras tú,
una escalera horizontal que baja al principio,
la llama de una vela esperando la caricia del aliento,
un par de calcetines que ponerse en la mano derecha para cubrir el reloj,
cosquillas en las plantas del balcón de tu mirada (…),
la alienación de un mentiroso compulsivo esperando el juicio final,
un diccionario mudo donde buscar soluciones que pescar,
una maleta llena de viajes que quedan por hacer,
querer salir de este mundo pensando que pueda haber otro mejor,
un cascabel que al sonar pone nombre a tu vida si le escuchas,
un sorbo de leche fresca nacido en la casa de las praderas de Eolo,
la historia de Romeo Montesco y Julieta Capuleto cuando fueron padres de gemelos,
un barquito de papel nadando sobre el interior del Vesubio enfadado,
la picadura de una abeja que te hace olvidar otro dolor latente que más que hiere, mata,
el recuerdo del olor de una prenda prestada tendida al sol para que la humedezca el llanto,
una puerta de dos hojas que se cerró y sigue abierta en mi cabeza perdida,
planear un viaje a la luna, llevar gafas de bucear puestas e intenciones de no volver,


“Todo lo que tengo es nada, todo lo que quiero está por llegar, todas mis penas se podrían escribir en un grano de arroz, todos mis sueños no caben en este mundo, todo lo que hice fue sin querer, sin esperar nada a cambio, todo lo que pienso lo echo a volar cuando pesa, todo lo que digo mantengo firme, todo lo que necesito será aquello que se vaya posando sobre mis hombros, todo lo que tengo que hacer es mejor que deje de hacerlo”
Mayte Pérez


jueves, 19 de febrero de 2015

HABÍA UNA VEZ UN AGUJERO EN TU CIELO


Ya no pinta el sol en tu ventana azul
días grises del color del plomo,
ya no llueven gotas afiladas,
que al caer sobre tus hombros
te abrían la piel y dejaban tu alma a la luz,
vendida al aire que respiran tu par de pulmones.
Ya no ruge tu interior pidiendo justicia,
sabiendo que llevabas al peso de la verdad
cogida de tu mano,
enredada entre los dedos,
quieta y callada,
esperando a defenderse
de la fugaz mentira que se utiliza como escudo,
cuando se quiere esconder una verdad ajena que late y late
y se sigue tejiendo sobre tu boca,
para que no puedas decir ni una sola palabra más.
Ya no duele que lancen piedras
contra la fachada de la casa donde eres feliz
y sin embargo,
con su tamaño,
podrían haber derrumbado a gigantes más enormes
que el valor de aquellos que las lanzaron,
creyendo que harían daño,
incluso sin saber tirarlas,
ni la forma en que agarrarlas entre manos sucias.
Ya no duelen las palabras en busca
de encarcelar felicidad y ganas de llegar a probar un sueño.
Ya no quiere tu sentido que escucha,
volver a oír ni una sola palabra en busca de apuñalar
un latido que hace que sigas existiendo,
que estrangular una ilusión,
ni tampoco duelen ya las etiquetas que cosieron en tu espalda,
que tanto hablaban de aquellos que las escribieron
con la ignorancia de no saber ni el nombre que les identificaba,
creyendo que hablaban de ti,
sin saber que esas palabras reflejaban lo poco que valía su alma,
en vez de la tuya.
Ya no queda nada por hacer cuando se es consciente
de que la justicia divina ejerce un papel,
donde la justicia humana no tuvo oportunidad.
Ya no crees en el color de la misma sangre,
de aquellos que te pisaron,
sabiendo que estabas comiendo tierra y polvo,
que fueron cómplices de tus planes con buena voluntad
y sin embargo,
te dieron la espalda,
te negaron,
te rechazaron,
te mostraron lo que son  y aquello que no,
de lo que son capaces de hacer
 por seguir teniendo un pequeño bien,
que sin ser suyo,
creen que lo es,
sin tener precio,
lo siguen comprando,
sin tener la mismas raíces,
creen ser el  mismo árbol por el que fluye la salvia,
y ejerciendo la libertad de expresión,
infringieron el respeto a los demás,
al hablar de sus vidas sin estar  presentes,
a partir de la ignorancia de su propia realidad
y así tirar piedras que arden sobre los tejados de sus casas,
que ganaron como el  bendito pan,
pero sin que les sudara la frente.
Ya no queda más por lo que asombrarte,
y sin embargo,
a lo lejos se les escucha una cobarde amenaza,
que te cuestionas si ante tus pupilas siguen teniendo
la misma valentía que al darte la espalda y salir corriendo,
huyendo de sus propias mentiras
 y atreviéndose a tocar los hombros de la puerta
que te protege de sus venenos
y les desea nada más que estar cerrada
y cantar un soneto de verdades que duelen,
a aquellas que te ofrecieron protegerte
bajo su paraguas de papel,
tan falso como lo fue su pasado,
todavía con mentiras que resolver,
su presente, repleto de ira que se muerde la cola,
y su futuro tan incierto como su último día;
 sin olvidar que están dispuestas a llegar lejos,
y apropiarse de una vida,
incluso sabiendo que otra se podría disolver,
que te  arrancaron el alma a jirones
y están tan demolidas de mente que se olvidan
de todo ese daño que te ofrecieron desde que existes.
Puede que algún día quizás asome su perfil la verdad pequeña en el horizonte,
para después, ser grande  a la luz de los ojos que creyeron en la justicia y la bondad.

Mayte Pérez ( Lucas 23:34)




martes, 17 de febrero de 2015

"PIEL SOBRE PIEDRA"



Como un humilde suspiro que se lanza al vacío
 desde la propia alma cuando se alborota,
el músculo humano que late y se mueve.
Como el fluir de los  ligeros pensamientos
sin medida, pero con peso
tocando al umbral de la puerta
que abre dando paso a sentir la corriente emocional,
ese torbellino que en vez de llevarse, deja
y se siente en el espacio que cubre al ser
y lo protege del humo que emana
la ira del volcán cuando le hierve la esencia.
Como gota de sudor tibio, pero por poco tiempo,
que sale a la superficie y queda quieto,
posado,
esperando que el ambiente lo haga minúsculo,
con la dicha de ir a parar al cielo,
para después, salado, llover nacido de nuevo
y caer feliz dentro de un mar cómplice por ser salado.
Como una madeja de cabellos sueltos,
dejando que la brisa le acaricie la cutícula,
sobre los hombros tostados danzando de puntillas,
 para después, entre manos humanas,
sentir la dulzura y el escalón de las asperezas.
Como una  tierna sonrisa
que se ofrece al balcón de una mirada,
y quisiera entrar trepando por esos cabellos,
hasta el fondo de las entrañas del testigo
esperando probar dulces palabras de papel
y cada anochecer inventa instantes presentes
que tejen sólidos puentes de metal
donde caminar mirando al pasado que se disuelve
abriendo paso a la inquietante realidad,
donde cada uno sabe que es dueño
de un nombre propio y  un destino que planear despierto.


Mayte Pérez ( Mayo 2015)


viernes, 13 de febrero de 2015

"ASÍ EN LA TIERRA COMO EN LAS ALTURAS"
Al cerrar la puerta principal con la llave plateada, dejó dentro de aquella mansión a más de la mitad de sus recuerdos. En un principio previo a su repentina marcha, mientras hacía la maleta anaranjada, no imaginaba lo que le depararía el destino, sólo era consciente de que iba a soportar un peso emocional del tamaño de un universo y que contaba con la ayuda de su gran amigo, el tiempo. Al subir al taxi que la llevaría al aeropuerto, sonó el teléfono y por quinta vez, decidió no escuchar las súplicas que la mantenían estática en el mundo en que se había desarrollado como lo que era en ese preciso momento, una mujer que evitaba ponerse tacones, prendas íntimas de blonda, encajes y color negro, alguien a quien le gustaba vivir apartada del mundo, escribir debajo de la cama, apoyarse sobre la ladera de la montaña, y quedarse dormida contando las estrellas de dos en dos, hasta dormirse.
Era un ser a quien el mundo se le quedó pequeño, tanto como unas pupilas a la luz del sol, alguien en busca de un camino nuevo, cansada de espinas que se clavaban en las plantas de sus pies, de polvo que se iba instalando entre los dedos, conforme avanzaba paso a paso hacia el lugar en que su madre le indicaba alcanzar nada más nacer.
Siempre pareció escuchar a sus presentimientos, pero esta vez los calló un grito que le salió del alma y decidió dejar de perseguir a Peter Pan y a sus locuras de juventud. Antes de abandonar su presente, se sentó en el último escalón y por su materia gris, volaron recuerdos de largos días al lado de la persona a quien más amo, a quien más lloró al marcharse de su lado. Se levantó de un salto y fue en busca de un diacepam de dos milígramos, para calmar, más que a sus pensamientos, a las conversaciones instaladas en su cabeza; se sentía al borde de perder el sentido, no sabía si abrir la ventana y lanzarse al vacío o ponerse en contacto con aquella adivina que siempre la curaba al meterla en su boca, bajo la lengua.
Al llegar a la entrada del avión, su corazón se aceleró, volvió el pánico a volar, ese sudor frío, esas ganas de salir, ese miedo a pasar tres horas allí arriba como una esponjosa nube, deshaciéndose como un hielo bajo el sol en el mes de agosto.
Viajaba en primera porque pensaba que haciéndolo, si se estrellaba el avión se salvaría, cosas de Arcanda. La azafata la ayudó a sentarse y al ocupar su lugar, se dio cuenta de que su asiento era el que estaba lejos de la ventanilla.
Eran precisamente las 12:13 PM y no soportaba la luz tenue que iluminaba el interior del avión. Llevaba en las manos, apretado, al rosario de su abuela y rezaba para que no llegara a tiempo del vuelo la persona que tendría a su lado y de esta forma no tener que sentarse lejos de la ventanilla. A punto de cerrarse la puerta, miraba las luces en la distancia y el color del suelo de la pista y escuchó una dulce voz que dijo así “Disculpe seré su compañero de vuelo” a lo que Canda respondió “Hola sí, este es su sitio” y a su compañero pareció no importarle que ocupase su asiento. Mientras se escuchaban las instrucciones de la azafata, a Canda le pareció que la respiración de su compañero se aceleró, no quería mirarlo directamente para no ponerlo más nervioso de lo que le pareció que estaba, miraba sus puños, cerrados, apretados, se había puesto los auriculares nada más sentarse. Transcurridos unos 20 minutos se levantó en dirección a la salida y ella aprovechó para salir al baño, al llegar en vez de sentarse en su lado de la ventanilla, lo hizo en el asiento que tenía asignado desde un principio. Cuando llegó él la miró y con una sonrisa, se sentó sin decirle nada. Ella le miraba las manos, mientras sostenía un libro de Kávafis y al leer Ítaca, no pudo evitar dirigirse a aquel hombre “¿Kavafis? es uno de mis favoritos” “Pues el libro es un regalo de un compañero y al leerlo me está sorprendiendo la forma en que el autor va relatando en forma de poemas”.
Canda no podía dejar de mirarle los labios mientras le hablaba y aquel tipo pareció hacer lo mismo. Los labios de Canda nunca pasaban desapercibidos a la vista.
“¿Qué va a hacer en Estambul, vacaciones? Preguntó Canda “Soy médico, disculpe, mi nombre es Mario y voy a dar una conferencia sobre la enfermedad de Alzheimer, ¿usted?” “Me llamo Arcanda y voy a escuchar su conferencia, aunque le resulte tan extraño como a mí”. Mario le ofreció su mano y Canda sintió su humedad al estrecharla, casi podía sentir sus latidos ahora más apaciguados que antes, en el pulgar….(Continuará…)

Mayte Pérez