Mayte Pérez

martes, 28 de octubre de 2014

LA LADRONA DE SUEÑOS DE PAPEL



He visto la pluma de un ángel,
colgada del techo del cielo;
la aleta de una ballena asomar,
surcando las aguas cristalinas,
entre la espuma de las olas;
la sal de la tierra en contacto con las gotas de lluvia dulce mezclarse,
y entrar a formar parte de las entrañas de sus profundidades.

He visto como la luna de plata,
siendo tan pequeña a lo lejos,
alumbra a la fría noche de invierno,
esperando en silencio recibir al calor del sol,
que derrite a los primeros copos de nieve que perdidos,
se dejaron caer sobre la tierra,
donde la sal dejó su huella.

He visto de nuevo a la luz del sol en tus pupilas,
a la brisa del mar entrar por las mangas de tu camisa azul,
a la deliciosa esperanza perfumar,
las sábanas dulces de la cama donde sueñas
y al despertar he visto un horizonte asomar su perfil.


He visto como unías la orilla del Este y la del Norte,
con el puente de tus brazos;
como tendías tus promesas al viento
para hacer llegar hasta el mapa de un mundo,
la caricia de tus palabras mudas que, sin embargo,
se escuchan junto a un latido,
susurrar un  infinito,
tan pesado como el plomo,
tan ligero como una burbuja fugaz
que se escapa por la ventana de tu mirada.

He visto una casa sin puertas,
de la que salir sonriendo,
una escalera a rayas que subir volando
un camino de cristal tallado,
donde brillan tus emociones,
una pradera por la que pasear,
sobre tus hombros, tan dorada como lo fueron  tus días aquella vez.

He visto como soñabas, anoche mientras dormías y me fui, sin decirte mi nombre...

Mayte Pérez




domingo, 26 de octubre de 2014

"He ido contra viento y tempestad,
luchando con la locura de las olas
en un bote de corcho sin velas,
de noche,
sin luz que guía, 
sin luna llena a la que mirar y sorprenderme con su belleza,
y he podido llegar a la isla donde poder descansar,
de todas las tormentas de agua salada que escuecen las heridas del alma.
Ahora,
con luz que alumbra y guía,
con amparo de mil rayos de sol ,
con la claridad de la mañana,
con la calma del mar convertido en espejo
y mil palmas de manos de amistad
que me elevan al cielo, a la bendita gloria
sobre las que voy apoyando mis pies descalzos,
llegaré al dar comienzo la mañana temprana
y a pesar de tratar de cubrirme con la humildad,
miraré de frente con orgullo de haber conseguido de nuevo
todo aquello que soñé y es para mí porque es mío".
Mayte Pérez

sábado, 25 de octubre de 2014

UNA VEZ BAJO EL BRILLO DE LAS ESTRELLAS

...y volaron entre las nubes
vestidos de la dulzura del algodón
y la caricia del brillo del satén rasgado
que fue testigo de la primera noche,
de aquel encuentro que ya formaba parte de sus caminos.
Era como un amanecer estival,
como cuando pones los pies en la arena de la playa
y vas en busca del agua mediterránea,
esa que les cubrió a la vez pero en distintos lugares físicos.
Cuando estaban juntos no había espacio presente entre ellos,
era como el sonido de la más encantadora pieza
escrita de la mano del genio creador,
era como volver a nacer a la vida,
como si el universo hubiese conspirado
a pesar de las tormentas existenciales,
para que se encontraran de nuevo.
No había seres con más felicidad albergada entre su piel,
él se perdía en su boca con la intención de andar prendido de su pecho,
con la seguridad de que con ella no había final que temer,
con la firmeza de que en cada paso planeado
la iba a oler entre sus manos
como a la tierra cuando la bautiza la lluvia antes de convertirse en locura.
Ella dibujó un mundo para los dos sin fronteras,
con una casa de puertas abiertas,
del tamaño de sus tibios corazones,
sin tejado para que cada noche que soñaran,
contasen con el brillo de las estrellas.
Él fue lo que era,
lo que ella esperaba siempre,
que escondía dentro de los terrones de azúcar
que endulzaban el tablero de madera
donde él se pasaba la vida
con miedo a que se disolvieran con el agua de las lágrimas.
Ese día le abrió su alma entera
y dejó que ella entrase de repente,
él tiró del vendaje que cubría sus ojos
para que viese el color de su verdadero ser.
De vez en cuando le arrancaba un placer
de debajo de la suavidad del satén,
que siempre terminaba por romper entre sus dedos,
pero con la dulzura de las mismas palabras
que ella escribía durante el día
y cada noche le contaba antes de dormir,
para calmar de la ansiedad que le brindaba la vida.
Ella no creía en cadenas perpetuas del peso del plomo
y estaba más atada que las redes
que decoran el mar al amanecer
en busca de peces hecho de pieles con escamas traicioneras
con la intención de lastimar el paladar si te confiabas demasiado.
Él se dejó llevar hasta el contorno de sus labios,
viajaba por toda su piel tostada
antes de entrar a formar parte de ella,
el tiempo retrocedía y el que era ajeno
se marchaba por la puerta de puntillas sin más
esperando no volver a quedarse colgado

de las manillas de un reloj perezoso

Mayte Pérez

viernes, 24 de octubre de 2014

DELICIA
Por abrigarme con el calor de tu piel
cuando me invadía el frío hostil imaginario,
por las largas noches en las que me rescatabas
de dentro del armario,
por dejarme un sitio
entre las sábanas de tu perdida cama.
Por poner nombre a cada una de las calles
por las que descalza,
 paseaba en tu busca
por robarle agua a la tempestad
y bautizarnos con ella,
por amansar tanto temblor,
apropiado de mi instintos,
por arrancarle a la vida esperanzas
y traerlas convertidas en dulces
que acariciaban mi paladar.
Por tus impertinentes reproches
de convertirme en princesa,
por ofrecerme un inmenso castillo
en el que perderme en juegos
y en detalles que enriquecían cada instante
atada al cinturón de tus caderas.
Por las lecciones de tus largas ausencias,
en las que me imaginaba perderte
y volver a encontrarte con una sonrisa
escondida en una de las mangas
 de aquella camisa
que me vestía al amanecer.
Por dejar que caminase
entre las palmas de tus manos,
por dejarte enredar por mis encantos
y caer juntos envueltos en risas,
para terminar contando las penas
a la sombra de la hoja del sabio roble.
Cada parte de mí
esconde el calor de un suspiro
que nadie mejor que tú,
me sabe arrancar del alma
y eres tan dueño de cada poro de mi piel
como los son las horas del día,
el majestuoso cielo de las voladizas nubes,
los pasos del largo camino.

Si pudiese elegir entre tú y tus locuras,
 me pinto de azul,
me baño a la luz de la luna,
abrazo tu cuerpo
y emprendo camino a la gloria,
que mejor,
 locura que cadenas de realidad,
 mejor,
 inquietudes que sentarse a recordar...

Mayte Pérez


viernes, 17 de octubre de 2014

AMARILLAS
Anoche, al entrar en el país de los sueños, desperté al sentir la frescura del agua del Atlántico, rozar las plantas de mis pies. Estaba a orillas de la playa, detrás aquella casa, que parecía tener vida propia, viendo como le sobrevolaban las esponjosas nubes, y el viento le peinaba la cúpula que escondía mil maravillas, esperando a ser descubiertas por el ser humano, a ser reflejadas en el espejo de las pupilas inquietas en busca de belleza.
Miré al horizonte y a lo lejos, un barco de madera, se dejaba llevar entre las olas y la espuma burbujeante; buscaba peces de colores y le pedía al viento caricias, más que alimento que pesara en sus redes.
Mis hombros desnudos, recibían el reflejo del sol temprano, me abracé a mis rodillas y apoyada en ellas, sonreí, sabía que somos libres al soñar, que no hay nada que temer, cuando se espera al destino, tanto despierto como dormido.
Cerré mis ojos, abrí mis pulmones, tendí el alma al sol, puse mi cuerpo a la deriva de la razón y fue entonces cuando me sorprendió aquella criatura con botas amarillas y una lupa, en busca de dulces, abrazos, ternura, sueños latentes, juegos, cuentos, regaliz, caramelos de limón y menta…
Estaba tan lejos de mí, como lo están marzo y septiembre, sin embargo, sus risas se escuchaban tan cerca como el latido del propio corazón, daba saltos con una sola pierna, vueltas y vueltas, no dejaba de reír y de ir en busca de caracolas a orillas de la playa, de vez en cuando, se acercaba y retaba a las olas, siempre ganaba.
Me gustaba que aquella pequeña niña, formara parte de mi sueño, estaba conmigo, lejos, pero a mi lado. El color de sus cabellos morenos, ofrecían a la vista, reflejados por el sol, un pigmento cobrizo, que me recordaba al color de una calabaza recién salida de las garras del horno; su locura era infinita, su alegría interminable, sus ganas de jugar siempre, sus conversaciones locas al viento del norte, se escuchaban en el mundo entero.
Seguía enganchada a todos sus movimientos, sentía algo dentro de mí, que si se llamaba de alguna forma, debía ser algo así como PAZ, dejé de pensar en mi historia y entré en su mundo, cuando sentí el calor de sus pequeñas manos venir a por mi curiosidad de conocerla.
Sus pupilas eran color miel de azahar, se mezclaron con las mías, la piel le olía dulce; no dejaba de mirarme, y yo al ver aquella expresión en su rostro, quise abrazarla tan fuerte como a la vida. Fue ella, quien me abrió los brazos y entró en mi corazón, me mostró el suyo y me ató a sus ganas de jugar, a su niñez. Llevaba aquella lupa en la mano que sacó de una de sus botas amarillas, me recordaba a Mudito Corazón de León, y a todas aquellas tardes que pasamos juntos arriba de los árboles mirando como las nubes se perdían en el azul del cielo.
Me cogió las manos y nos fuimos juntas hasta la entrada de la casa; al llegar abrió la reja y me invitó a sentarme sobre el césped que cubría aquel inmenso jardín que la rodeaba, quería sentir al rocío de la mañana acariciar mi espalda, se sentó a mi lado y justo cuando se abrazó a mi cintura y se durmió escuchando un cuento que escribí para ella, desperté de aquel inolvidable sueño y sigo creyendo en soñar…

Mayte Pérez