Mayte Pérez

sábado, 25 de octubre de 2014

UNA VEZ BAJO EL BRILLO DE LAS ESTRELLAS

...y volaron entre las nubes
vestidos de la dulzura del algodón
y la caricia del brillo del satén rasgado
que fue testigo de la primera noche,
de aquel encuentro que ya formaba parte de sus caminos.
Era como un amanecer estival,
como cuando pones los pies en la arena de la playa
y vas en busca del agua mediterránea,
esa que les cubrió a la vez pero en distintos lugares físicos.
Cuando estaban juntos no había espacio presente entre ellos,
era como el sonido de la más encantadora pieza
escrita de la mano del genio creador,
era como volver a nacer a la vida,
como si el universo hubiese conspirado
a pesar de las tormentas existenciales,
para que se encontraran de nuevo.
No había seres con más felicidad albergada entre su piel,
él se perdía en su boca con la intención de andar prendido de su pecho,
con la seguridad de que con ella no había final que temer,
con la firmeza de que en cada paso planeado
la iba a oler entre sus manos
como a la tierra cuando la bautiza la lluvia antes de convertirse en locura.
Ella dibujó un mundo para los dos sin fronteras,
con una casa de puertas abiertas,
del tamaño de sus tibios corazones,
sin tejado para que cada noche que soñaran,
contasen con el brillo de las estrellas.
Él fue lo que era,
lo que ella esperaba siempre,
que escondía dentro de los terrones de azúcar
que endulzaban el tablero de madera
donde él se pasaba la vida
con miedo a que se disolvieran con el agua de las lágrimas.
Ese día le abrió su alma entera
y dejó que ella entrase de repente,
él tiró del vendaje que cubría sus ojos
para que viese el color de su verdadero ser.
De vez en cuando le arrancaba un placer
de debajo de la suavidad del satén,
que siempre terminaba por romper entre sus dedos,
pero con la dulzura de las mismas palabras
que ella escribía durante el día
y cada noche le contaba antes de dormir,
para calmar de la ansiedad que le brindaba la vida.
Ella no creía en cadenas perpetuas del peso del plomo
y estaba más atada que las redes
que decoran el mar al amanecer
en busca de peces hecho de pieles con escamas traicioneras
con la intención de lastimar el paladar si te confiabas demasiado.
Él se dejó llevar hasta el contorno de sus labios,
viajaba por toda su piel tostada
antes de entrar a formar parte de ella,
el tiempo retrocedía y el que era ajeno
se marchaba por la puerta de puntillas sin más
esperando no volver a quedarse colgado

de las manillas de un reloj perezoso

Mayte Pérez