Mayte Pérez

lunes, 27 de julio de 2015

“Solo cuando hayas llegado hasta el fondo de tu mar, podrás ascender hacia la superficie de un impulso, al apoyar las plantas de tus pies sobre los corales dormidos en las profundidades. Al traspasar la primera piel de esa inmensa masa de agua salada que rodeaba tus cuatro puntos cardinales, a la luz del sol, ya no serás el de antes, habrás cambiado, habrás crecido, habrás aprendido, habrás sufrido, pero, créeme, habrá merecido la pena pasar por esa metamorfosis, por ese estado hueco en el que las cosas dependen tan solo de ti”
(Mayte Pérez)

miércoles, 1 de julio de 2015

DE RETALES A TU LADO, PRINCESA


                              
Capítulo I (Julio 2015)


Salió por aquella puerta y le dio la sensación de haberse marchado de un salto por la ventana, desnuda de tejidos pero rica en emociones interiores que más que imposibles de controlar, se iban adueñando hasta de su nombre propio.
Dejó su teléfono sin colgar, después de haber escuchado una noticia sobre el alfeizar de la ventana de la cocina, junto a la planta de menta.
Sentía un vacío pesado como el plomo; en su cabeza, rodaban, más que pasar, los pensamientos. El corazón le latía rápido, le acompañaba una agitada respiración y el deseo de desaparecer, de disolverse como una diminuta gota  de agua salada expuesta al calor del sol en agosto. Estaba a punto de sufrir un ataque de pánico y esta vez no era consciente de que estaba perdiendo el control y acabaría metida en el agujero del dragón del miedo.
Subió al coche rojo carmesí, antes de cerrar la puerta y de que sonase la música de Mike Oldfield, lo descapotó, con la intención de que el aire  que corría por la avenida donde vivía, se llevase todo ese torrente de angustia que la inundaba y que ya no recordaba haber sentido anteriormente. En la guantera llevaba 100 gramos de diazepam repartidos en comprimidos, ya caducados que en una etapa anterior, había consumido ante sus repentinos ataques de pánico
Ni una sola lágrima podía dejar escapar, una soga le ataba el estómago, sobre su piel la humedad del sudor anormal, no acorde con la temperatura de aquel mes de marzo. Le dio al contacto, pisó el acelerador y se marchó huyendo de todas esas sensaciones que la encarcelaban en un momento del que querer escapar con los brazos abiertos en busca de una puerta inmensa con un camino a ningún lugar.


Llegó a la playa donde se escondía de la realidad, donde iba a mojar sus pies y  a hidratarse el alma cuando el asfalto le recordaba el lugar al que quería llegar. Se quitó las gafas de sol, miró aquel atardecer del color de la piel de una naranja,  y pensó que, a pesar de la debilidad de aquella luz, era lo suficiente para poder llegar nadando hasta la isla de  Tabarca.
No nadaba desde hacía años, pero sentía en su interior, algo grande que le superaba en tamaño, en espacio, en emoción,  necesitaba lanzarse al mar, nadar, dejarse llevar, derramarse por dentro en contacto con el agua salada, para maquillar un par de litros de  lágrimas dulces con ansias de morir entre la sal del agua.
Llamó a Emà, desde la cabina que había en la calle donde dejó aparcado su coche,  pues no fue capaz de dar con su teléfono móvil y en un instante  lo vio llegar a lo lejos, con esa sonrisa que tantas veces le cubrió los hombros del invierno, con esa  delgada silueta, con ese estilo libre al andar, tan característico de él,  que a Arcanda, le gustaba tanto mirar de lejos.
-Siempre sorprendiéndome, princesa. Dijo mientras se sentaba sobre la arena, junto a ese cuerpecito con olor a vainilla y una duda tan inmensa como el testigo de aquel extraño encuentro, aquel Mar Mediterráneo de fondo, quieto tranquilo, ofreciendo silencio que llenar con palabras por parte de ambos personajes.
-¿Trajiste el bañador? dijo ella sin quitar la mirada del horizonte.
-Por supuesto y por cierto, yo también me alegro de verte. No sé dónde  vamos, sólo sé que hoy no debo dejarte sola, y que Pablo se habrá quedado en casa, preguntándose dónde iría su mujer, en el mes de marzo, en bikini, sandalias   y con un paquete de tabaco rubio, si hace años que lo dejaste, nada más, ¡ah claro, cómo no! ya sé, el aniversario de Miguel Hernández, ¿es eso? mi querida poetisa, pequeña cosita.
-Que no, además hace ya un par de años que no escribo, tal como lo hacía antes, ya ves y no he vuelto a fumar, pero ya ves, hoy me apetece.
Arcanda y Emà, eran amigos desde hacía muchos años,  siempre les unió un inmenso cariño y entre ellos se había construido algo más que una amistad, conforme fueron pasando los días. Se conocieron durante un Congreso de Psicología en Santiago y  llevaban sin verse algunos años.
Él era Neurólogo, padre de tres hijas, casado con Sofía, una farmacéutica nacida en el centro de Barcelona, y criada en Cantabria.
-Emá, tengo algo que contarte, algo que me está superando, Dios mío.
Arcanda lloraba y por mucho que Emá le abrazase, su llanto no cesaba, le temblaba todo el cuerpo de tal forma que al vocalizar no se la entendía ni una sola de sus palabras.
-A ver, princesa, cuéntame ¿qué sucede? ¿a quién no pudiste salvar de las llamas del maldito infierno?
-¿Te acuerdas de mi paciente, Enrique Santos? aquel chico  que conocí en Bolivia…
-Imposible  olvidarme de él, hiciste que me encariñase con todas esas cosas que compartía contigo en terapia y tú después, me las acercabas al oído, siempre con tu buen sentido del humor y bien ¿qué sucede con Enrique?
Emá adoraba a Arcanda hasta el punto de acudir a sus auxilios dejando a un lado incluso lo más importante para él, la última vez que se vieron fue en la habitación 46 del hospital, después de un duro golpe que ella superó con éxito. Por un instante recordó el peor periodo en que se perdió por alguna parte de su mundo y no quiso preguntarle, porque sabía que le abriría una brecha a su alma sensible y quizás volvería a aparecer el nombre de  aquel personaje al que Arcanda se ató de forma tóxica y en el interior de sus pupilas,  continuaba latiendo un matiz sigiloso de aquel sentimiento, no la quiso mirar de frente.
Arcanda se levantó, se quitó el vestido, dejando su cuerpo protegido con un biquini azul, le tendió la mano a Emá, miró a la puesta de sol y le dijo: -Vamos hasta la isla y al llegar, te cuento, que todavía hay luz.
-Antes de salir, llama a Pablo, que debe estar preocupado, toma mi teléfono y sabrá que estoy contigo, por favor.
Arcanda llamó a casa y colgó el teléfono al sonar dos veces, recordó que Pablo había salido con su hijo y unos amigos a ver un partido de fútbol y que llegaría tarde; llamó a su sobrina que cuidaba de su hija para ver cómo estaba y no le contestó.
La tarde estaba tan en silencio como los labios de aquella mujer, aquella inmensa cantidad de agua salada, estaba quieta, tranquila, esperando que los dos cuerpos entrasen y rompieran la calma en estado sólido, similar a una pista de hielo.
Emá no decía nada, pero su corazón simulaba a un torbellino, nunca la había visto así, estaba tal como la última vez que se vieron, en ese mismo lugar, lo único diferente que encontró en ella fue que ya no usaba reloj, y  que había perdido peso;  hacía tanto tiempo que no estaba con ella, que en realidad, no sabía si seguir pensando en aquello que le contaría al llegar a Tabarca o en no dejar de mirarla ir de un lado a otro con los brazos entrelazados.
-Vámonos de aquí princesa, llamo a Ana y que nos prepare cena, seguro que el restaurante todavía está abierto, y se alegrará al vernos, además de sorprenderse; llegamos al club náutico cojo la lancha y bordeando la costa llegamos en menos de media hora, no estás para nadar, ni yo tampoco y seguro que hoy hay medusas valientes que vendrán a buscarnos y nos envenenarán si nos atrevemos a nadar, y no princesa, no, creo que ya cuentas con demasiado tóxico dentro de ti. Así que ponte el vestido y sube al coche.
Con la risa de Arcanda se llenaba el mundo entero, incluso habitado por un escándalo, cómo sonaba entre sus dientes, cómo se escapaba aquel sonido y contagiaba esa alegría, no pudo evitar soltar una carcajada al escuchar la última frase de Emà y no pudo decirle “un no” a aquella propuesta; en realidad, más que nadar, necesitaba estar con él aquella  noche y hacerle partícipe de su angustia.
Emà cogió las llaves del coche de Arcanda, para cogerle una chaqueta, la botella de agua y el paquete de chicles de fresa que siempre llevaba en la guantera; al llegar hasta ella, la cogió por la cintura, subieron a su coche y el silencio volvió a crear distancia entre ellos.
Entrando al puerto, ya había anochecido, se veía la costa a lo lejos, la luz del faro en el cabo, dando vueltas y de cerca, parpadeando, a los del puerto,  el mar volvía a presentarse  como un cristal ante las cuatro pupilas abiertas, en respuesta a la falta de luz.
Emá salió del coche y se acercó  abrir la puerta a Canda. -Adelante, mi princesa favorita, hoy alumbras a los peces, con ese brillo, ese destello en la mirada, incluso triste y perdida. Arcanda se abrazó muy fuerte a él, hundió la cara entre su pecho y volvió a sentir ese inmenso vacío, esas ganas de escapar del mundo. Emá notaba los latidos de su corazón y le apretaba fuerte como si ella se lo pidiera. Le acariciaba el cuello, le daba besos en las mejillas, hacía tanto que no la sentía tan cerca, que cada segundo a su lado, era toda una vida entera.
Llegaron hasta el pantalán 32, cogieron la lancha y salieron a llenar el depósito; mientras repostaban, Emá llamó a Ana. -Preciosa Ana, tengo una sorpresa que quiero que veas, y ganas de pasar  una velada contigo y Federico, salgo del club náutico, te veo en media hora. No te preocupes, tranquila no sucede nada, quedamos así entonces.
A Canda le gustaba ese olor en el puerto al atardecer, observar la espuma del agua que se quedaba atrás por la popa, ver volar a las gaviotas en busca del pescado que traían las pesqueras, estaba sentada con las piernas cruzadas, con una manta sobre sus hombros, tomando un té, a la vez que escuchaba los sonidos fugaces en medio de toda esa masa líquida oscura, brillante como el  charol.
-Bicho, para, para que no me encuentro bien. Canda se asomó  por un lado de la lancha y devolvió hasta el desayuno, su cara estaba pálida, por suerte el mar estaba en calma y su estómago no corría más peligro. Emá se sentó y  la acostó sobre los asientos laterales, apoyándole la cabeza en sus piernas.
-Eres un traidor, sigo fiándome de ti y ahora dime, qué me he tomado, algo me has metido en la tónica, maldito sean tú y tus brebajes y créeme si te digo que si estuviera más cerca, nadaba hasta la costa y te quedabas aquí tú solo.
Emá reía tanto que su cuerpo se volvió tan blando como un postre de gelatina, a la vez que acariciaba a Canda, le decía: -Tú no te has visto cómo estabas cuando he llegado a la playa, estabas sufriendo un verdadero ataque de pánico, mi fantástica criatura, temía que no hicieras caso a dejar lo de nadar, al llegar al club he pensado que necesitabas bajar las pulsaciones, pero creo que me excedí con la dosis, olvidé que estás al otro extremo de la campana de Gauss, hipersensibilidad a la medicación, entre otras cosas, claro. Y ahora estás como un trapo de algodón, ¿te das cuenta que podrías subir un abuso por mi parte?
Las risas de ella se escucharon en aquel mar, alumbrado por la luna, en fase maníaca.
-Pero Emà perdona mi risa, sabía que en algún momento me ibas a proponer olerme la piel, claro que sí, pero que no lo harías estando drogada, nunca. Sí, drogada, creo que tengo ganas de llegar a la Isla y dormir. ¿Recuerdas la noche que pasamos allí, hace  algo así como 15 años? Había fumado tanta marihuana que no te atreviste a levantarme de la tumbona que había a orillas de la playa, cerca de la cala privada que había en aquella cueva, me tapaste con una toalla y te fuiste a casa del americano.
- La princesa se equivoca, no me fui de tu lado, dormí en el suelo, apoyado en uno de tus enormes bolsos a rayas y cuando te dormiste, te recorrí la espalda con la yema de mis dedos hasta el amanecer, cuando llegué a casa del americano, lo hice contigo en mis brazos, con ese olor tuyo tan dulzón y el pigmento de tus cabellos en mi cuello, cómo sudabas, te salían el martini y la marihuana por cada poro de tu piel. Y tu pensando que me marché y te dejé tirada sobre aquellas piedras rodadas, sola.
Arcanda, levantó la cabeza miró a Emà y volvió a reír. -Te prometo que pensaba que estabas con aquella que conocimos comiendo con los padres de Federico en la Almadraba.
-¿Pero cómo iba a dejarte allí sola? si lo que más deseaba era llevarte a la cama conmigo, al final lo conseguí, pero en cuanto te dejé caer sobre las sábanas y te quité el bikini, te levantaste y me dijiste que hacía contigo en tu habitación, te metiste en el baño, te diste una ducha, todavía recuerdo el olor del restaurante de abajo, el café y las tostadas y tu voz entonando, la canción de Serrat, esa dulce voz. Al salir del baño, me diste un beso en la mejilla, me dijiste que te despertara antes de comer, que te diera un analgésico y te olvidaste hasta de mi nombre. Y ahora que parece que estás mejor, nos vamos, niña, que nos esperan y quiero que en cuanto lleguemos llames a Pablo.
-Pero antes espera, yo también quería acostarme contigo, ya llevaba días pensándolo, pero sabiendo cómo eres, descarté el primer paso y nos queríamos tanto que por el polvo de una noche  el horizonte de nuestra amistad se podía haber nublado y eso es algo que no entra en ninguna estantería de mi biblioteca emocional ¿sabes, no? Necesito lavarme los dientes y llegar lo antes posible, estoy empezando a ponerme nerviosa, Pablo no sabe que estoy contigo y menos que estamos a punto de visitar a Ana, Marino se marcha a Londres en dos días y Carla está con mi sobrina desde ayer.
-En lo de perder el tiempo has cambiado, claro ahora al  no llevar reloj, no eres consciente de cuando vuela, pero en lo de preocuparte...¿eh princesa?
-Cállate.
Durante los 25 minutos que tardaron en llegar a la isla, ella no dejaba de mirar la costa, incluso localizó la luz del salón de casa de su madre y el cartel del restaurante donde comía con su padre y su hermano mayor cuando eran adolescentes.
La brisa le peinaba la piel al mar, había una conexión entre aquel par de seres, hasta el punto que  sin mencionar palabra, se abrigaban entre ellos.
-Manuél, pero cómo no llamas a Ramos y va a buscarte él a puerto y Pepito ya se marchó, pero cómo le habría alegrado verte.
La voz de la dulce Anita, como entre ellos la llamaban, le robó la quietud al instante, allí estaba ella, cabellos cobrizos, de estatura media, puesta de delantal con dibujos de Barrio Sésamo y en la espera de recibirlo con un fuerte abrazo y un par de besos en las mejillas de escándalo, sí, tal vez por el ruido de sus labios en contacto con las mejillas o la frente, en cualquier zona los besos de Anita eran particulares como los calderos que preparaba.

Fue Emá quien bajó primero, haciendo un gesto a Canda de que se ocultara bajo la manta.
– Mi dulce y radiante Anita, no sabes las ganas que tenía de verte.
Emá la cogió en brazos y le hizo cosquillas en las caderas, era sin duda un curandero de penas y un mago especial y encantador.
Apenas se alejaron 20 metros del puerto y se escuchó una canción.
- Y cerca del mar porque yo…canturreo Canda y Ana, al darse la vuelta terminó el  párrafo  ahogada en un mar de lágrimas tan dulce como la alegría al ver a aquella personita bajar de la lancha.
Después de un largo e intenso abrazo, Ana cogió la cara de Canda entre sus manos y la miraba muy sorprendida.
-Niña, he sabido, ya me dijo Manuél, pero yo, sabiendo lo que te pasaba, pues, claro, yo…
-¿Y Fede, Ana? ¿con los pequeños? ¡Ah no! estarán con Clara en el pueblo, que son fechas de colegio.
Canda dio un giro al camino que Ana tenía intención de iniciar y Emá cambió el gesto en cuanto la escuchó, se dirigió hacia ella, le echó la manta por los hombros la abrazó y los tres llegaron hasta el patio de la casa blanca con ventanas azules, donde pasaron largas noches de verano bajo las estrellas, con algún que otro turista.
Canda se quedó parada frente a la iglesia, era persona de observar detenidamente cada detalle que se ofrecía a la luz de sus pupilas, de vez en cuando parecía haberse marchado a otro lugar, aunque se advirtiera su presencia en carne y hueso. Su mirada estaba detenida en el tronco de la palmera más alta que había en la isla,se escuchaba de fondo mezclado con el silencio, el ruido de las sillas arrastrar por la cocina de la casa , las palabras de Emá respondiendo a las recetas de la preciosa Ana y a las preguntas de Fede, pero lo que más calaba en su interior fue el recuerdo de  algo que sucedió durante un viaje a la Ciudad de la Paz, pocos meses después de nacer Marino, su hijo.


Ciudad de la Paz, 25 de Octubre de 1997.
"Si hace un par de años alguien me hubiese dicho que vendría a parar a este lugar, me habría reído y dándole una palmada en la espalda, le habría dejado atrás. Llevo casi 20 horas separada de Pablo y Marino y todavía no sé ni qué hago aquí  ni si voy a  poder soportar estos tres meses sin acariciarlos, sin tener la sensación de plenitud cuando Marino se queda dormido sobre mi ombligo, sin los besos de Pablo recorriendo mi alma,  sin esas mañanas de domingo desayunando entre historias y reportajes en blanco y negro, sin todas esas noches sin dormir, y sin las llamadas de mi yaya antes de meterme en la cama preguntando cómo nos fue el día.
Apenas hace tres semanas que dejé de darle el pecho a Marino y el olor de ese instante, en que me sentía tan unida a él, me acompaña en esta mañana, rodeada de lugares desconocidos y de personas tan extrañas que me miran, de montañas silenciosas que parecen testigos del peso que llevo sobre mis hombros"
Recién llegada de España, vestida con una camisa blanca, unos vaqueros, un rosario de onix y alpaca, que pertenecía a su abuela materna, colgado de su cuello escondido tras la tela que le cubría el pecho y arrastrando una maleta roja, Canda miraba tras sus gafas de sol en busca de un taxi que la llevase al hotel donde pasaría tres meses separada de su pareja y su bebé, situado cerca de la plaza de Murillo.
La temperatura era de 25º C, el sol brillaba sobre la cima de la cordillera, como restando soledad emocional, a aquel primer día formando parte del paisaje extraordinario que se ofrecía a sus sentidos.
El tráfico era caótico, no podías despistarte por un instante, ni de los peatones ni de los objetos que rodaban tan rápido como los latidos del corazón de Canda, gracias a las ruedas que a su vez, chirriaban sobre el asfalto andino, mezclado entre el murmullo de los habitantes y el sonido del claxon de algún que otro conductor desesperado por llegar a algún lugar. En la Paz, con el paso del tiempo, sus habitantes se fueron adaptando a las demandas de los turistas que llegaban con ansias de conocer los misterios y la riqueza de  aquella cultura, a cambiar su estado pasivo, de pasos cortos por prisas que emulaban la tensión de la capital de España a tempranas horas de la mañana, con la tensión del tráfico, con aspecto de piezas que forman un puzzle, con la necesidad del movimiento de cada una de ellas para alterar un estado y llegar puntuales a sus empleos con los que ganarse el pan.
Al llegar a una esquina donde el bajo era una frutería, entró y de forma amable preguntó dónde estaba situado el hotel Larache, una amable señora, de tez morena, con cabellos negros y recogidos, la hizo pasar dentro del local y le ofreció sentarse entre las frutas y verduras. Pareció como si la conociera toda la vida -Pero siéntese señorita y dígame, dígame en que la podría ayudar, que si no puedo, ahora mi esposo llegará y ya él le dirá.
-Buenos días, señora, verá, estoy buscando el hotel Larache, me dijeron que se encuentra cerca de la plaza Murillo y me preguntaba si sabría indicarme hacia dónde debo ir y si está lejos de aquí.
La señora mediante un gesto la hizo volver a tomar su asiento, atravesó la cortina que colgaba de una puerta y salió con un vaso de cristal transparente y unos cubitos de hielo sin forma, sobre un cartón que simulaba una bandeja.
-Ay pero beba un sorbo, que tiene usted cara pálida, ya verá como la chicha morada la anima. Pues a unos metros está el hotelito y no tardará más de tres minutos en alcanzar las puertas de la entrada, es un edificio con ladrillos rojos y ventanas naranjas.
A Canda le sorprendió la forma en que la recibió aquella señora, sentada tomaba aquella bebida despacio, mientras la sujetaba entre sus manos.
-Señorita, la chicha morada es una bebida típica que se toma aquí, se hace con el maíz, la piña, manzanas, canela, azúcar y clavo. ¿Vio el color que tiene?.
En cuanto se acercó aquella bebida al sentido de su olfato, justo antes de mezclarse entre la saliva y ser consciente de aquellos sabores unidos en aquel recipiente de cristal, recordó el día que después de graduarse, quedaron "los psicoanalistas", en la plaza de Canalejas, un 10 de julio para despedir a Miguel, que se marchaba a Perú y le había hablado, aquella misma tarde del sabor de la bebida; cerró los ojos y se dejó llevar por la felicidad de aquellas horas compartidas, junto a sus dos compañeros, que incluso con el paso del tiempo y separados, nunca dejaría de amar.
Bajo el sol alicantino aumentando la temperatura insoportable que describe tan bien al mes de julio, los encontró bajo el gran árbol, sentados en el banco de madera. Raquel llevaba una blusa de gasa  verde pastel y un pantalón largo beige, se escondía radiante, detrás de las Ray Ban de carey, llevaba casi un año saliendo con un estudiante de Medicina y la relación apuntaba hacia un futuro estable. Miguel iba de rayas y con bermudas, se había afeitado y también se  cortó el pelo.
Cuando Miguel vio a Arcanda a lo lejos, se levantó del banco y fue a ofrecerle su brazo con un gesto que la invitaba a dar unos pasos de baile, sobre el polvo y la tierra que cubría el parque.
-Pero chica ¿dónde vas tú así de guapa?, dijo Miguel dirigiéndose a ella con una sonrisa que contagiaba felicidad.
Acto seguido Raquel se levantó y se abrazaron los tres, de forma que pareció que no se vieron en miles de años.
Entre risas, bromas y comentarios del fascinante mundo de la Psicología, llegaron a un restaurante indio, donde Raquel había reservado mesa para comer, situado en la explanada alicantina, mirando al mar por la parte de delante, por la de atrás daba a la calle San Fernando.
Después de la comida, subieron la Rambla, hasta la calle Calderón de la Barca, para tomar un granizado en la famosa Horchatería Azul. Era un lugar tan pequeño que apenas había espacio para más de cinco personas y en vez de sentarse en una de aquellas diminutas mesas de aluminio pegadas a la pared, decidieron llegar a parar al parque de Santa Teresa, situado cerca de la Plaza de toros. A Canda le sorprendió encontrarse allí una  pequeña biblioteca de fachada blanca y ventanas de madera pintadas de azul, donde según Miguel se pasaba algunas  tardes estudiando allí, cuando estaba en el instituto y había demasiado ruido en su casa.
Raquel había quedado con su futuro médico, así que los tres bajaron hasta la avenida Alfonso el sabio y se dirijieron hasta la parada del bús.
-Canda, hasta las nueve y media me quedaré por aquí he quedado para cenar con mi hermana y su pareja y despedirme de ellos ¿qué vas a  hacer?
-Le dije a Pablo que llegaría sobre las nueve a su  casa, hoy llegará tarde, tenía trabajo en el estudio y seguro que si llego pronto voy a estar sola hasta que llegue.
-Te preguntaba que ibas a hacer con tu vida, qué pasa con Frankie y con el proyecto que tenéis ambos entre manos.
-Nada Miguel, el proyecto lo llevará a cabo él solo, supongo que me quedaré ayudando a mi padre en la empresa durante un tiempo y volveré a Alicante para que Pablo y yo vivamos juntos.
-¿Cómo juntos? ¿no os casáis?
- No creo, amo el pecado y la carne de su cuerpo y no creo en la iglesia ¿tú sí?
-Mi Candi dulce, tú siempre sorprendiéndome con tus palabrerías, lo que me extraña es que todavía estés lejos de Pedro.
-Miguel, no te lo vas a creer, ayer estuve a punto de hablar con Carmen para que me tramitase el viaje a la India, pero no sé si voy con tiempo, tendría que vacunarme y quiero estar en septiembre en Alicante y en octubre empiezo a trabajar con Juan en su consulta, así que me está sonando el asunto a estrés.

Canda y Miguel no tardaron en llegar hasta el parque donde estaba  el acuario, Miguel le propuso ir al Barrio de Santa Cruz, le gustaba charlar con ella mientras paseaban y últimamente no habían coincidido más de una vez.
Al llegar al barrio, Canda se quitó las mallorquinas rojas y las metió en el capazo de rafia, se recogió el pelo y se ató la falda blanca  que llevaba a una de sus caderas y empezaron a subir las escalinatas que morían en el parque de la Ereta, cual de ellos más rápido.
Miguel tropezó y rompió una botella de anís  al caer que había comprado para su abuelo, se mojó toda la camiseta y a Canda se le partió el alma al ver el suceso y la pérdida del líquido que contenía la botella. Cuando fue a levantarlo, Miguel la cogió del pelo y cayó sobre sus piernas sin dejar de reírse.
-Mira ¿ves? nos acabamos de bautizar y sin agua bendita, esto es gloria misericordia y amén.
-Pero cómo eres Miguelito, ahora hueles a rollito de anís y yo doy asco, ahora sí voy a parecer una gitana y me faltaba la ropa y el moreno. ¿Traes la guitarra y pedimos limosnilla? así como vamos fijo que algo nos dan o nos coge la policía y acabamos en la calle del mar. Por cierto, llevo marihuana en el capazo, la cogí de casa de mi madre, de la habitación de mi hermano, supongo que llevaba tiempo ahí y no sé si nos pondremos mucho con ella.
-Jajjaajajajaj ¿sabes de qué me acuerdo? jajajajajajjaaj ¡ay Canda!.
-Por supuesto que sí, de la vez que fuimos al seminario de Psicoanálisis y te llevé el pastel de hierbas y envuelto en papel aluminio un cogollo que cogí de la planta que tenía mi hermano en la finca de mis abuelos, todavía estaba pegajoso. Uf qué mal rato pasé en el tren no podía quitarme ese olor de encima y rezaba para que no pasaran por allí los de seguridad ni Manolo el revisor, qué pensaría de mí con ese olor, la chica modosita.
-Eh Canda eso es para contarlo a nuestros hijos el día de mañana, eso hará historia, como las primeras Navidades que celebramos en la Facultad con Bea, Silvia, Tomás, Guille y el resto o las clases de Personalidad, la vez que el profesor nos dijo de salirnos fuera y todo por el nombre de un test, jajajajajajaj.
Canda y Miguel no dejaban de reírse, parecía que el anís derramado se había colado por los poros de su piel y había pasado a formar parte de su torrente sanguíneo hasta llegar a su cabeza.
-Vamos Miguel, arriba, que ya estamos en la entrada.
La subida al parque desde el Barrio Santa Cruz, se hizo muy larga y el calor hacía más pesada la cuesta.
Mientras llegaban Miguel contaba cómo eran las procesiones alicantinas y Canda lo miraba fijamente, escucharlo era un placer, era amante de la terreta y en un par de días se marchaba unos meses a Perú. En sus palabras resonaba la tristeza de la marcha, y ese miedo a los veinticuatro años de no saber qué te depara el destino y más considerando un viaje a un país extranjero en los 90, la cuestión de dejar a la familia, los amigos, el barrio donde uno crece rodeado de su niñez, impregnada en las esquinas y en la plaza donde te reunías con los amigos del colegio al salir cada tarde y dejar a la mascota, la preciosa felina Bast, la faraona, como la llamaban en casa de Miguel.
Al llegar al parque, ambos se miraron, pareció como si se hubieran subido a una noria y cogidos de las manos, sin estarlo, se dejaran llevar por el mismo movimiento en círculos. Había una luz que ofrecía un atardecer tardío, observando al brillo del sol, en todo su esplendor, a pesar de ser casi las 19:00 horas P.M.
Cuando se sentaron en uno de los bancos de madera, fue un instante en el que en el interior de sus cuerpos, se gestaron emociones y cuestiones sin resolver, que ninguno de ellos quiso lanzar para no romper aquel puzzle con tantos matices y formas, del que ambos formaban parte. Se sentaron uno junto al otro, a su izquierda, en lo más alto, la presencia quieta y callada del Castillo de Santa Bárbara, con un  color tostado y como siempre, transitado por algún que otro grupo de turistas cargados con sus cámaras de fotos.
-¿Qué haces chica? pero ¿qué haces loca?.
Canda al ver a un grupo de turistas a lo lejos, se levantó, pulsó el play de sus walkmans con altavoces y al sonar la música, se puso la flor de un hibisco en el pelo y tirando de Miguel, empezaron a bailar descalzos y a dar palmas. El grupo los observaba a lo lejos y finalizado el baile, Canda, que escribía poemas, recitó uno de ellos en voz muy alta, pero sin romper la sintonía.

“Alas del pequeño”
Camina por la senda el poeta perdido,
pidiendo a la luna de plata pura
que esta noche sea diminuta
hasta alcanzar acunar a su niño,
que pide un barco de papel
para ir en busca de su padre,
que sueña un encuentro verdadero,
para calmar el ansia de la ausencia de su cariño.
Camina la sombra del poeta,
entre gotas de rocío
y el sabor de la mandarina,
y entre paso y paso,
en el horizonte se pinta la figura,
del pecho que alimenta a su vida,
tan a lo lejos,
como el día en que se abrazará
al vientre que gestó la pequeña vida que tanto ama apasionado,
que tanto y tanto,
quisiera él, calmarle el hambre,
cantarle bajo el tibio sol,
la nana que le escribió
aquella noche de marzo
antes de que el gallo anunciara
la hora en que se reparte la libertad en porciones,
pero tan fugaz,
como lo  fueron sus recuerdos,
desde que se apartó del mundo entre leones.
Camina poeta , te digo
camina conmigo si quieres,
que sé de tu pena
y quiero que sepas que también es la mía,
que es mejor callar y escribir,
que expresarse y se limite tu libertad.
Camina pero de frente
y con  la mirada  alta ,
apuntando a un destino en que creas,
y si tus rodillas,
caen sobre el polvo de la arena tostada,
clavadas en el centro de la tierra,
te digo,
levanta poeta y alza tu mano,
para que roce las puertas del cielo
y toques la libertad que tuviste
desde que fuiste ser
en el vientre de tu madre.
Camina poeta y al caminar sonríe,
siente como la brisa,
le peina las nubes al firmamento,
sueña que al hambre del niño
le corresponde pan de Ángel bendito
y leche de arroz con miel,
que al frío le vence,
al calor del pecho materno,
pensando en su padre
que camina y camina
en busca de tenerlo entre sus brazos,
pequeño pero valiente,
hambriento de materia,
pero dichoso de haber nacido hijo del gran poeta,
que caminó en su busca,
incluso entre las rejas,
que más que privarlo de libertad,
le privaron de aquello que más quiso
y tan poco sintió suyo.
Camina poeta,
que incluso dormido,
siguen tus palabras,
despertando emociones,
inspirando a poetas soñadores,
tenaces en alcanzar subir a tus hombros,
dispuestos a defender con palabras,
aquello que un día te hizo entrar
a formar parte de un desierto de harina de maíz,
donde no hubo más agua,
que el líquido y salado de tus lágrimas,
en busca de dulzura.

-Oye Miguel ¿qué somos?
-Cómo qué “qué somos”, uf Canda a ti el anís se te ha subido al tejadico y mira, te faltaba fumarte un porro y verás que terminamos llorando o la liamos pero bien liá, chica.
A Canda le empezaron a rodar las lágrimas y se le quebraba la voz. Miguel bajó la mirada y si sus lágrimas hubieran pesado algo más, se habrían escuchado al caer en la tierra polvorienta y seca.
La brisa del mar, el fondo mediterráneo frente a sus ojos, quieto, silencioso, de no ser por los gritos de los niños jugando en la fuente que acariciaba el sentido de tanta y tanta alegría que transmitían aquellos pequeños saltando entre los chorros de agua entre juegos y meriendas, que iban a parar al suelo.
-¿Sabes qué? no sé lo que seremos, pero sé que hemos elegido la carrera perfecta, no sé Candy, viendo el lugar que ocupé y el papel que tengo en mi familia desde que nací, estoy seguro de que hemos acertado y por lo poco que sé de tu historia ¿qué me dices?.
-¿Qué quieres que te diga? que tienes razón, que cada ser humano tiene un papel que realiza a lo largo de su vida, ya desde que nace. Y me gustaría tener una familia Miguel, tener 6 niños y que Pablo fuera el padre de cada una de esas criaturas. Levantarme por las mañanas abrazada al perfil de su espalda y soñar sobre su pie, no dejar nunc de hacerlo.  Me gustaría encontrar el equilibro, eso que nunca conocí entre mis padres.
Con ese recuerdo Canda se quedó traspuesta un instante, al mirar por la ventanita del establecimiento, la voz de la dueña la devolvió a la realidad.

-Señorita, atiéndame oiga.
-¿Qué?
-Que este es mi marido Juan de Dios y yo soy Pachita y que aquí vino a llevarla amablemente hasta el hotelito ¿sabe usted? y ya estamos en contacto entre nosotros, puede llamar a España desde acá, que las cabinas no funcionan todas, las que no están reventadas por los chicos de la calle, no se escucha el “aurículo” y ya vaya y descanse que tiene usted mal color.

Capítulo 2
Al cruzar las puertas del Larache…