Mayte Pérez

sábado, 29 de noviembre de 2014


TODO LO QUE ERES
Tu vida es pintar una sonrisa,
mientras te embelleces la mirada
y te enriqueces de todo cuanto te ofrece.
Tu vida es el mayor de los tesoros que existe,
con más de mil puertas abiertas
que conducen a un puerto de sueños de un mar de agua dulce
sobre el que nadan peces de colores con abrigos en invierno,
sirenas que se tuestan a la luz del sol en verano,
medusas que deshojan margaritas en primavera,
ballenas que recogen hojas caídas del cielo en otoño.
Hay siempre un inmenso mar dentro de ti,
en el que profundizar y rescatar a tus mejores deseos,
en el que mirar por la ventana que se abre junto a tu costilla,
en el que dejarse llevar cuando apetece un respiro,
por el que perderse entre sus praderas azules sintiendo que
eres, estás, existes, buscas, creas, sueñas, pruebas, abres.
Y es que, tan sólo una gota de ti, es un mar de agua dulce tan dentro de mí.

Mayte Pérez 

jueves, 27 de noviembre de 2014

CONTIGO
No es que seas tan importante para mí,
pero es,
que sin estar
haces grande mi vida.
No es que te quiera más que a nadie,
pero es,
que cuando estoy contigo,
no quiero a nadie más.
No es que te quiera encontrar en cada amanecer,
pero es,
que la mejor puesta de sol,
la viví, contigo, a tu lado.
No es que cada noche te eche de menos,
pero es,
que cuando me duermo,
mis sueños me recuerdan al sabor de la miel de tus pupilas.
No es que te tenga en mi mente,
pero es,
que mis mejores escenas,
las protagonizaron el vuelo de tus palabras.
No es que me pierda un instante,
pero es,
que contigo los pequeños momentos,
fueron como vivir miles de vidas que volver a sentir.
No es que un día dejes de existir,
pero es,
que el día que lo hagas,
incluso sin estar,
todo mi mundo será como cuando estabas conmigo.
No es que te ame,
pero es,
que cuando lo pienso,
amo a la profundidad, a la esencia de tu ser y entonces,
te amo otra vez y te amo siempre
y siento que no te quiero más que a nadie,
pero cuando estoy a tu lado,
no existe nadie como tú, nadie a quien querer
y cuando te marchas es entonces cuando te echo de menos.
Mayte Pérez

martes, 25 de noviembre de 2014

TIEMPO QUE ESPERAR

Abre una ventana a la vida  entera y deja que entre hasta las plantas de tus pies
que vibren tus pulmones al respirar la brisa que calma después de una batalla
que ciegue tus ojos y pinte una sonrisa de azul
 el brillo del sol que guardo para ti,
 dentro de un tiempo que vuela tan rápido como cuando se siente el ser pleno de felicidad.
Sal bajo el techo del cielo cuando te bendiga la lluvia
 y humedezca cada una de las plumas de tus alas,
 ellas testigos,
de todo el calor que ofrecieron a la frágil piel
 que soñaba con la suavidad al rozar el perfil de su caricia.
Entra desnuda el alma desde la orilla del mar
y   forma parte de un océano a tu medida
de agua dulce que calma la sed,
que al probar bajarás tus párpados
 y recordarás el camino que hay bajo  tu almohada rellena de algodón de azúcar
 sobre la que apoyas la futura dulzura que no se vende,
que comprar si crees en su sabor.
Y cuando llegues al umbral que cruzar no te detengas a escuchar lo que te lleve de vuelta
deja tus sandalias tendidas en el árbol,
donde una tarde bajo el abrigo de la sombra de sus hojas
 nos prometimos el tiempo de la alegría,
 cosernos la piel con hilo de  cometas que echar a volar
y cuando sientas que quieres dar el primer paso cúbrete los ojos vida mía,
déjate llevar como diente de león que mece el viento
como barco de papel con rumbo fijo sobre la espuma del mar Mediterráneo
sobre la felicidad de saber  que al abrir
 una de las dos hojas de la puerta que te separa del mundo que te espera,
escucharás sonar el reloj que anuncia que es tiempo ya…
tiempo de que te vistas de ti mismo,
de que elijas lugares por los que perderte de leones que rondan en busca de robar tus sueños
de que dejes sobre la tierra  la primera piedra sobre la que construir un lugar
donde gestar una vida del peso  de la verdad
y caminar por sus calles abiertas cogido de mi pulgar,
  alumbrado por la transparencia al ver la claridad del horizonte,
el verdadero tramo que de vez en cuando querías recorrer y nunca te atreviste…

  Mayte Pérez (La dulzura de tus pupilas)

SUEÑOS DE PAPEL
...Y es sobre tus hombros
 donde contemplo la claridad del horizonte,
sobre la palma de tus manos
donde se posan mis sueños,
en el perfil de tu sonrisa,
 se esconde mi inspiración,
con el recuerdo de tu mirada
construyo puentes
 que me llevan a orillas del río
donde sobre él descanso
mirando la ventana que abre al mundo
que guardas en tu cielo.
Y es saber que hay silencios
ladrones de dulces palabras,
tímidas sonrisas que se dibujan al azar
 y de repente te abren las alas del corazón
imaginando futuras sendas
 pintadas de la miel del color de tus pupilas
y el verde de tu esperanza.
Hay un inmenso jardín
en la esquina donde sueño
donde guardo para ti
un caballo blanco
y una espada de madera
para que cuando te prenda la nostalgia
me vengas a buscar
y te enriquezca de la dulzura
de mis palabras,
que tantas veces lancé al viento
 desde la cima de una montaña,
allí donde duerme la paz
el sol brilla más alto,
 las estrellas tejen la noche en silencio
y la luna llena de plata pura,
fue testigo de la esperanza de tu promesa,
apoyada en la ventana,
esperando un suspiro
y al abrigo de tu locura.

Mayte Pérez (Julio 2011)


HOJA DE OTOÑO
Un otoño más que pasar
como página bajo palabras frescas,
como soltar de la cuerda
el nudo que impide la soltura de sentir.
Un otoño que dora cada hoja
antes de caerse perdida al suelo fértil
con la incertidumbre del futuro vendado
siendo simplemente y sin esperar de minutos pausados.
Un otoño que sentir a orillas del río
 del color de la esmeralda
y pincelado del ámbar de tus ojos,
otro que sorber al lado de una bella puesta de sol
junto a recuerdos que guardan almas esclavas de complicidad.
Una hoja con la que cubrirse
de lo que el sol dejó de ofrecer
de lo que se echa de menos y se espera
 como el regalo de noche de reyes
de lo que se siembra con ilusión
y se esperar tener sobre el pecho
convertido en sueño que encontrar
 en horizontes como puertas abiertas.
Un otoño que pasar tendido al cielo,
junto al susurro del río en calma,
adivinando el contorno de las nubes
y sintiendo la paz con la que se vive desnudo.
Otro que imaginar y trazar caminos esperados
que llevan a estaciones con trenes
esperando abrir paso al cumplimiento
de todo cuanto se quiere de corazón que late.
Un sabio otoño que sabe que al terminar
habrá necesidad de miles de hojas
para calmar al frío del invierno
y que sabe que es corta la estación
que a veces quisiera mantenerse entre nosotros
sabiendo que nunca será y que siempre termina,
el mismo día de diciembre

en el mismo lugar que comenzó.

Mayte Pérez



miércoles, 19 de noviembre de 2014

EL REINO DE LOS MARES
Cuantas veces me acunaron tus olas saladas
rodeada del movimiento tal como latido humano,
y respiración, agitada, otras de la paz que se ansía.
Era cuando estaba en mitad de tus aguas cristalinas
el sentir lo diminuto de mi ser ante el poder inmenso
del silencio de tu profundidad tan ilimitada como el amor
que no sabe de deudas y es tan libre como cada una de tus gaviotas .
Tantas veces fui a buscar tus orillas y siempre había para mí
el abrazo de la brisa mediterránea ,
el silencio en espera de mi súplica
y todos los recuerdos de cuando éramos nueve
y jugábamos en el paraíso de tus playas sin saber
que el tiempo vuela aun entre tus aguas
que eres mar inquieto que guarda tesoros ajenos y propios
que sobre tu primera piel han viajado con propósitos
hombres que han comido de tu existencia
y han llegado a tus entrañas sin regreso y queriéndote.
Mediterráneo desde mi primer baño
desde el primer día que en brazos de la mujer con cabellos cobrizos
silueta perfecta y piel del color del pétalo de rosa
me bautizaste y grabaste tu nombre sobre mi cuello
para no olvidar de la sal de tus riquezas
de la ira dentro de ti cuando ruge mistral convertido en locura
conquistando la virginidad de las playas.
Quisiera yo, un castillo de cartón en mitad de tus llanuras marinas
justo bajo el sol en dirección al norte y sin estar anclado
para poder volar lejos de la mano de una sirena
sobre la espalda de una ballena
compitiendo con un delfín loco,
y cada mañana pescaré de la riqueza de la vida
de la alegría de mis recuerdos de niñez entre tu mundo
en compañía de la dueña del latido que me dio la vida
que pintó mi piel morena, tostada, como la que siempre quiso tener;
y mi Mar Mediterráneo, mi inmenso Mar
cuando ruja el cielo anunciando tormenta marina
abriré mis brazos y mi alma,
miraré al cielo del color de sus ojos una vez más,
desnuda de prendas y enriquecida de haber librado
una batalla más a la vida
y la dulzura de las gotas de lluvia
me recordarán de la dualidad del reino de los mares
de la dicha de poder elegir caminos
y de la sabiduría al saber que cuando se niega una vida
se ofrece el júbilo de un presente que tarde o temprano
será un futuro de algas frescas jugosas,
de polvo de perla bella ,
de arena de coral carmesí…
Mayte Pérez 

domingo, 16 de noviembre de 2014

"SER, CREER, SENTIR"

Antes de ver caer a la última hoja del sakaki, en la estación que anticipa, con vistas a colores grises, mostaza, ocres y dorados; seamos como un “momiji-gari” y así, creer que hay algo más, que a lo que la vista se ofrece, a lo que la piel siente, al fiel olfato que al ser conocido el aroma, describe lo que es, la forma.
Bajemos los párpados e imaginemos que somos buscadores de raíces que crecen hacia el interior de la tierra, y al parir la madre naturaleza, la belleza  de éstas, al detenernos en su forma, color, textura, tacto, olor, no olvidemos que hay una parte en cada ser humano por descubrir, que cuando se escapaba algo desconocido a los cinco sentidos, es tiempo de creer en maestros vestidos de sabiduría, eruditas en materias de espiritualidad, que se escapan de las manos, del rigor, del método, del experimento, de todo el paso del tiempo empleado en descubrir por parte de la maravillosa CIENCIA, de las herramientas empleadas en la búsqueda de conocimientos, tan necesarios como el pan, para seguir creciendo y aprendiendo, tan importantes como la vida que a cada ser humano se nos ofrece para sentir en plenitud y así recordarnos aquellos que somos, o creemos ser, aquello que sentimos.

Mayte Pérez ( Sigue a los latidos de tu corazón, apuntando el lugar donde quieras llegar )

jueves, 13 de noviembre de 2014

EL SUEÑO DE OLIMPIA

 Nubes grises colgaban del cielo aquella mañana en que Olimpia se abrió paso hasta la casa de Fiura, para ofrecerle el miedo aterrador que la consumía. Estando acostada sobre un colchón de muelles, y despuntando el día, sintió que la punta de su corazón, se volvió del revés. Se cubrió con una túnica beige y a sus cabellos marrones con el velo blanco perfumado que dejaba cada noche sobre la silla de madera pintada de verde. Salió descalza, sin prestar atención a la humedad que había sobre el tapiz, que cada árbol del bosque había tejido con la caída de sus hojas sobre el suelo.
Su cuerpo temblaba y su paso era firme, con la esperanza de la felicidad de un regreso, de volver a sentir la calma entre sus manos, de nuevo, de que la punta de su corazón volviera a su lugar, apuntando al suelo, que en aquel momento, le pareció un infierno en llamas, a pesar de la frescura que ofrecía el rocío de la mañana brillando sobre el paisaje, mezclado con el olor a la naturaleza en su esencia.
Al llegar a casa de Fiura, la estaba esperando,  con el calor de  un abrazo, sabía que tarde o temprano, tocaría el umbral de su espíritu ;  la recibió con la intención de que se marchara dulce, sin el peso de aquel miedo que no la dejaba pensar con la claridad que Olimpia siempre había tenido.
En la miel de sus pupilas, se había teñido un dolor; la incertidumbre, se olía en casa de la sabia Fiura y sus palabras calmaban a la agitación de sus latidos y a la grieta que, de forma sutil se iba abriendo en su camino.
Arístides, escuchó el lamento de aquel ser sensible, cuando iba caminando en mitad del bosque aquella mañana y decidió acudir a salvar su alma, antes de que la luna alumbrase los caminos en mitad de aquella noche del mes de noviembre.
Olimpia se ofreció entera a Fiura, sintió el calor de sus manos, apoyarse sobre sus muslos, nada más. Se quedó dormida  y tuvo un sueño. Al despertar apretó fuerte las telas sobre las que pesaba su cuerpo y pidió que a la vida que se le estaba arrancando de las entrañas, le acompañase el olvido, para calmar la profundidad de aquella pérdida.

Antes de que llegase Arístides a casa de Fiura, en busca de los brazos de Olimpia, pudo ver salir por la ventana a un jirón de piel y a la memoria de Olimpia, dentro de una pecera con vistas a la delicia de un futuro teñido de rosa, variado como las herramientas de un pintor frente al proyecto de su obra maestra  con sabor a gloria....

(20/11/2013)

miércoles, 12 de noviembre de 2014

LA REGADERA DEL ESTE MARTINA Y EL DINOSAURIO
13 de septiembre de 2011 a la(s) 23:05
Había una vez una regadera al este de un inmenso jardín con vistas a la deriva del mundo, azotada por el soplo del viento otoñal y recalentada en la época estival por la caricia de los rayos del sol.
Allí olvidada, pasaba sus horas soñando que algún día se podría marchar al otro lado del césped, esperando que uno de los habitantes de entre la hierba le regalase su compañía.
Era del color de la flor del iris y su alcachofa de un verde pastel, se hubiese podido decir de ella que era perfecta, pero, había un detalle que la hacía diferente del resto de las demás regaderas, tenía un pequeño agujero.
Bendito agujero que gracias a él y dándole la bienvenida, una pequeña mariquita se coló en el espacio malva y es aquí donde comenzó la vida de aquel lastimado recipiente de plástico a tener sentido emocional.
Fue una tarde estival, cuando se dio cuenta de que alguien habitaba en sus adentros, notaba vibraciones, cosquillas, rarezas, pasos de baile; prefirió callar y observar qué sucedería con el pequeño ser de caparazón bermellón y puntos del color de la regaliz.
Para nuestra anfitriona era un placer que aquel insignificante bicho habitase su espacio interior, los días se multiplicaban, las estaciones del año parecían sólo una, primavera, o dos, como mucho, primavera y verano.
Cada mañana observaba marchar a Martina, con alegres cánticos y una sonrisa cargada en su caparazón de un par de alas, la alegre mariquita, se perfumaba con el agua del rocío de la mañana, calzaba tacones de charol, usaba lentes para el sol sin cristales, pues  las pestañas del encantador animalito los atravesaría y fumando cigarrillos de hierba del sur del jardín, que ponía a secar durante horas, pasaba tardes enteras mirando al cielo soñando con ser bailarina.
La vida en común de ambas seguía un curso muy tranquilo, cuando de repente, una noche de luna llena, escuchó llorar a Martina y dar puntapiés a las pequeñas piedras del jardín con sus tacones de charol, se repetía una y un millón de veces que aprendería a dar pasos de baile; daba vueltas en círculo con aspavientos, enfados, reproches, hasta que de tanto llorar le llegó un mar de calma, quedándose plácidamente dormida sobre una hoja de roble y un puñadito de agujas del pino que impregnaba de resina a nuestra regadera.
La mañana se rendía a sus lamentos, como nunca sucedió, esperando que despertara Martina y poderle demostrar de la pasta que estaba hecha, un rayo de sol acarició su pobre y tímido rostro y ésta ante tanta luz, abrió sus ojitos y mirando al cielo se puso en pie, se coló por el agujero de la regadera y tras varias horas de embellecimiento, se marchó en busca de sus deseos.
Sus pasos eran firmes, decisivos; del sonido de sus pasos, se encargan los tacones de charol, su mirada triunfante al horizonte y bajo ella, su respingona nariz apuntando al camino de su sueño y nada le iba a impedir volar sobre las puntas de unas zapatillas de ballet, atadas a sus tobillos.
Ya de vuelta al espacio interior de la regadera, sus pasos eran lentos, pesados, silenciosos, es más iba descalza; le acompañaba la tristeza, que salió de entre los matojos y la abrazó sin piedad. El camino se hacía borroso, la vista como entre la niebla, espesa, repleta de lágrimas de cristal de Bohemia; cabizbaja y sin sentido entró en su pasajero hogar, esperando quedarse dormida y olvidar a sus enemigos pensamientos de derrota.
Habrían transcurrido un par de horas, cuando de repente, algo la hizo despertar sobresaltada en la calma y la quietud en que soñaba, miró a lo alto, y observó que los 1973 agujeritos de la alcachofa de la regadera, pues tan sólo uno de ellos estaba ocupado por una criatura que intentaba colarse.
Martina se levantó de repente y echó a correr al jardín guiada por la luz de la luna; ya lejos, desde la parte del oeste pudo ver con claridad a un enorme animal que de mil formas quería adaptarse a un agujero para poder entrar en casa de la mariquita. Viendo ésta la manera en que sufría el intruso, decidió tenderle su mano y ayudarle a bajar de los cielos en los que estaba.
Tras varios intentos ambos quedaron uno frente al otro sin mediar palabra, pero con sonrisas; Martina inició la conversación con una pregunta, asombrada por las medidas de las pezuñas de aquel personaje como salido de un cuento de piedras y comienzo del fuego. Harta de preguntar y no obtener respuesta dio media vuelta y se marchó pensando que aquel animal, aparte de raro era estúpido, éste corrió tras ella y al alcanzarla, con un gesto dulce, cubrió los ojos de la pequeña; fue cuando entendió lo que sucedía, el dinosaurio era mudo, le contó, mediante el pensamiento, como un ladrón de palabras le arrebató la voz para repartirla en partituras y convertirlas en notas musicales, que acudió en respuesta a sus lamentos y que juntos iban a alcanzar la cima una montaña donde probar de los sueños.
Amaneció la mañana y Martina se vistió de princesa para salir con Fortunato al inicio del largo camino de aprendizaje, éste que por sus dimensiones, al no caber en la regadera, durmió bajo el abrigo del roble, nada más verla llegar la acercó a la puerta para que se vistiese de exploradora, tras mucho esfuerzo en convencerla, la encantadora mariquita, aceptó la propuesta, cambió sus tacones por botas, se desembelleció y regalándose una sonrisa mutuamente emprendieron lo que después sería "la senda de los sueños que se pueden alcanzar si uno quiere".
Les acompañaba el brillo del sol, el canto de las aves, el cielo se presentaba de un azul intenso, el aire les acariciaba y las horas volaban entre el particular lenguaje ausente de palabras acústicas del par de seres extraños, uno de ellos aprendiz, el otro interpretaba el papel de maestro.
Fortunato, daba lecciones de cómo comerse al mundo en pequeñas cantidades, cambiar una lágrima por un par de sonrisas y una docena de recuerdos de corazón, de esos que abren puertas de castillos; de cómo saltar de alegría en cualquier momento, ante una simple pero intensa sorpresa, hacer amigos en lugares extraños sin miedo a nada.
Tras varias horas de comprensión, Martina le preguntó que quién era, que cómo sabía de sus reproches, sus lamentos, sus inicios, sus tropiezos; éste dirigió la mirada al fondo de la suya y le dijo, que era quien ella quisiera, era su presencia, lo dulce de un sueño, el eco de la montaña, un millón de estrellas fugaces..." Antes de tu primera respiración yo era quien cuidaría de ti, soy el que escucha tus pensamientos disfrazados de tristeza, acudo a calmarte allí donde estés a pesar de la distancia, quien da sentido a tu vida, quien te recuerda que cada día es único y te pide que trates a los segundos como a horas, quien te duerme cuanto esa noche tu corazón no cabe en tu cama de agitación, soy la alegría, la paz tumbada en la sombra de tus múltiples dudas, un cariño interminable, una locura que alza tus pies y te empuja a volar, a abrir las ventanas de tu cabecita inquieta de planes".
Al llegar a la sombra del viejo árbol se sentaron a descansar, Martina se rindió y quiso volver y el dinosaurio le contó lo largo que sería su camino de vuelta pues lo andaría sin su compañía, que se encontraría con fieros dragones dueños de fuego y despiadados, pero que de combatir con ellos, les vería desaparecer tal como lo hacen las nubes en el cielo; que antes de marchar pensara en aquello que más deseaba ser, Martina sonrió y los dos a la vez lo pensaron..."ser bailarina"... Y decidió quedarse junto a su gran y encantador amigo.
la noche cubrió el valle entero y Fortunato buscó a Martina para enseñarle la belleza que tantas noches podía contemplar, ella estaba mirándose en el río, soñando con ser grande y pisar los mejores escenarios; tras varias palmadas, el dinosaurio tocó el hombro de la pequeña y le indicó un sendero que llevaba a un lugar donde se vería la magia de las estrellas, la mariquita negaba con la cabeza, se negaba a acompañarle pues estaba demasiado ocupada construyendo su destino; su gran amigo la llevó del dedo gordo del pie, dejándole ver con claridad que iba de camino a aprender una lección.
Martina supo que debía cerrar los ojos y callar por dentro, sus sueños, los escenarios, el color de su ropa, le ocupaban todo su espacio interior; después miraría al cielo y Fortunato le enseñaría de cuanto se perdió por andar tan ocupada inventando largos caminos fugaces como estrellas.
En verdad, nunca imaginó la majestuosidad de aquel cielo visto con el corazón y la mente tan abierta como las alas de una mariposa, aquellos pequeños puntos de luz que alumbraban la oscuridad del momento, el sonido de las luciérnagas que alegraban el silencio. De nuevo los planes cobraban vida y Fortunato le tiraba de la oreja izquierda para que no se aliase con ellos y pudiese seguir disfrutando de la velada que se desplegaba ante ella. Martina sonrió y sintió que desde el interior, mezclado con el silencio su amigo le hacía,  de nuevo comprender lo sencillo de estar en contacto con la naturaleza, con el silencio de aquel instante que le prestaba la vida.
A la luz de la luna sonreía Martina, atendía a cada sonido en el silencio, de puntillas y escuchando los ronquidos de aquel ser de corazón de gelatina que dormía plácidamente; anduvo hasta llegar a orillas del río a meter las plantas de sus pies para calmar los tantos metros recorridos que se sentían en sus patitas sin tacones.
El reflejo del agua del río le devolvía la paz que poco a poco Fortunato le enseñaba a cultivar en silencio, a veces le resultaba complicado leer sus pensamientos y hacía como que le entendía, pero aquel animal de grandes pezuñas sabía cuándo verdaderamente atendía a sus palabras y cuándo andaba perdida por el cielo construyendo teatros a los que acudir a ver princesas vestidas de rosa con brillantes zapatillas y cabellos recogidos en redecillas, puestas de medias de rejilla, dispuestas a dejarla sin palabras ante tanta perfección de baile.
Sin querer y ante tanta quietud le subió de los pies a la mente el pensamiento que tantas paredes de ladrillos le antecedían a sus pasos y una lágrima del tamaño de una avellana, salió de sus ojos, recorrió una de sus mejillas y al caer al suelo, despertó a Fortunato que dormía plácidamente tras haber devorado un festín de frescas hojas de sauce con raíz de jengibre, lo que le despertó no fue el sonido de aquella lágrima al caer, fue el grito del sentimiento de tristeza que en ocasiones se colaba en su imaginación y se convertía en el doble de su tamaño.
Al escuchar la pequeña los pasos del animal encantador, se apresuró a secar sus lágrimas y a calmar los latidos de su corazón ante el sentimiento que le producía el pensar que muchas veces se sentía tan pequeña como una mota de polvo microscópica. Las palabras que le llegaron a su mente fueron: -"pero Martina, ¿cómo puedes pensar que eres pequeña y quién eres para juzgarte a ti misma?, imagina al sol, es grande, redondo, majestuoso, es... el rey, el astro rey, alguna vez en su compañía has jugado y además miles de veces de pequeña, al juego de las sombras..." y al terminar de escuchar las palabras en su cabecita de parte de Fortunato, ella le miró sorprendida y entonces le hizo entender de nuevo.-" Mira, si has podido ponerte delante del sol y cubrirlo sólo un poco, será que no eres tan pequeña, ahora mira tus pies, son más grandes que los de la pequeña ameba, tienes más tamaño que la pulga que vive en el establo cercano a mi hogar". Los ojos de la mariquita se abrían al entender que las palabras formaban parte de una lección que según ella estaba en la certeza de comprender a su modo.
A la mañana siguiente siguieron el camino sin mediar palabras, pues con la complicidad que ambos estaban aprendiendo ya no necesitaban de ellas, lo que existían eran sonrisas y se escuchaban muy lejos. No es que Martina llevara peso con ella, pero eso parecía, Fortunato que era el observador, se percató al ver los pasos cansados que daba la pequeña, -"Deja de mirarme así, que no voy a poder, que no puedo, que quiero volver, que si hablaras sería más sencillo tratar contigo, me aburres, me aburre el modo en que tengo que descifrar tu lenguaje, me siento culpable de tu falta de tono de voz".
-"Pero si llevas un largo tramo, esto es la vida, es caer, es levantarse, es decir que no y realmente eres tú quien levanta esas murallas, primero piensas en ellas, después las construyes con la imaginación y tus pies se cargan de plomo pesado que evita que vuelen tus sueños, no, así no, no se puede llegar así a ningún lugar, es como sentir frío bajo el calor del sol en verano, como ver la oscuridad de la noche en pleno día; pero si quieres marcharte, adelante, márchate; vine a enseñarte a lograr sueños y puedo volverme a mi hogar, al sitio que dejé para estar a tu lado hasta que aprendas, márchate, coge la mano de la cobardía".
Martina caminaba como  por azar, dejándose llevar, dolida, culpable con un saco enorme  de pensamientos acordes a su tristeza que arrastraba en su cabeza y la mirada clavada en la tierra de la polvorienta  senda, no quería abandonar aquel lugar, pero había un batalla entre sus sueños y cada minuto del día que había comenzado; miró a su amigo y le pidió disculpas, regalándole un abrazo y prometiéndole que nunca volvería a dudar. De repente comenzó el aire a soplar, fuerte muy fuerte, fresco muy fresco y con la ayuda de un escudo de madera, abatidos por tanto esfuerzo, por fin y de una vez, llegaron a la montaña prometida.
-Sube, no tengas miedo, sube que la vista desde lo alto es un regalo a tus pies, te sentirás la princesa de un castillo y ya no volverás a sentirte pequeñita y el pequeño ser, subió descalza hasta alcanzar el fin del trayecto.
El aire arriba olía a espliego, albahaca, enebro y canela y la sonrisa que lanzó al mirar al inmenso ser, la hizo darse cuenta del tesoro que escondía aquel momento en que por un agujero de la regadera se coló un personaje que jamás olvidaría y siempre guardaría en uno de sus tacones de charol.
-"¿Lo ves ahora, pequeño personaje testarudo?, creo que ha merecido este viaje y todos los cambios que has tenido que hacer, todo este girar de un lado a otro, tiene su recompensa".
Era un momento especial, era silencio, era paz, eran dudas revueltas entre las piedras que el viento se llevaba para siempre y por ser, era para no olvidarse nunca de él.
De nuevo sentía las palabras en su mente : "Toda tu vida has caminado mirando siempre al futuro, pensando, planeando, creyendo que habían mejores momentos que el instante presente, el mayor de los tesoros, siempre pensando en el color de tus vestidos, el aroma del rocío que perfumaría tu piel, has vivido como dentro de aquella regadera sin darte cuenta que la vida es más de lo que imaginas y sin saber apreciar pequeños detalles que se desvanecen como cuando la brisa sopla al diente de león y ¿sabes Martina, sabes qué hago yo a tu lado?, pues estoy recordando aquello que yo también un día dejé de recordar y este tramo de vida junto a ti me ha enriquecido más que el agua que pueda calmar mi sed; ahora verás la realidad de la vida y no tendrás dificultad para escuchar mis palabras, esas que te ofrezco siempre, pero ahora estarán en tu corazón y no en tu cabeza, porque ahora crees y si crees en mí siempre estaré a tu lado, en silencio y si tú me lo permites".
A la vez que sentía tantas palabras miraba hacia abajo y se daba cuenta de las tantas y tantas cosas que había perdido de encantarse con ellas, miró al cielo y quiso ser como las nubes, buscó la mano de su compañero y cuál fue su sorpresa al ver que se había marchado; lo primero que hizo fue asustarse al pensar en cómo bajaría de aquel sitio tan alto y en tales condiciones, pero no se dejó llevar por la emprendedora sábana del miedo y fue bajando poquito a poco y en pequeños pasos hasta llegar al pie de la montaña.
Unos cuantos días tardó en llegar al jardín donde estaba el interior de la regadera esperándola, al llegar entró rápidamente pensando que Fortunato estaba esperándola, pero no existía más que en su corazón, en sus recuerdos.
Con el paso de los años Martina se convirtió en una famosa bailarina que llenaba los mejores teatros del mundo, sentía la música tan en su interior que se dejaba llevar por ella y al finalizar cada obra, el mundo entero la vestía de sonrisas y del calor del éxito que cuando menos se espera más fuerte se recibe.
Una noche al finalizar una de sus obras alguien tocó a la puerta de su camerino, abrió y entró una preciosa oca con un libro debajo de sus plumas, Martina no entendía nada, cogió aquel libro del color del cielo abrió sus páginas y pudo ver cada una de sus fotos desde el comienzo de sus primeras obras, nunca se preguntó por quién sería fotografiada, en esos momentos solo bailaba el interior de su alma sin más que eso. Había una carta entre las fotografías, la cual decía: "Ahora entenderás qué sentido tuvo que un ladrón robase el sonido de mis palabras para convertirlas en partituras, eran para ti, Martina y no hubo tal ladrón, yo mismo las ofrecí al viento porque algún día serías la única que sentiría la verdadera realidad de su significado. Siempre estaré a tu lado, observándote, sonriendo al verte feliz y agradeciéndote tu ayuda prestada que nunca dejaré de tener presente, aprendí de ti la lección de que a veces las cosas no son lo que parecen, que dos personas pueden tener más en común y ser más semejantes a pesar de sus dimensiones diferentes. Espero que siempre sigas en la cima de la montaña donde yo mismo te llevé de la mano y cuidé de que nada malo te sucediera y que nunca olvides a este animal de enormes pezuñas".


Mayte Pérez                      
“De quien tanto aprendí, tanto quise a mi lado y tanto echo de menos”…

domingo, 9 de noviembre de 2014

LOS OJALES DE TU CAMISA BLANCA


 Aquel día del mes de septiembre, apareció en su mente el recuerdo de  una maravilla en el interior del Templo de Debod, la misteriosa y callada presencia  de Arcanda, dando color a las paredes del lugar. La jugosidad de sus labios, ese perfil sobre el que inventar encuentros en los que eras dueño de ellos toda una noche entera, y con uno de los dedos de tu mano, ella dejaba que retirases la cremosidad del carmín, antes del ansiado roce de tus labios con los suyos. Aquel contacto directo, tantas veces imaginado durante las horas del día, soñado, con la cabeza apoyada sobre la esponjosidad de  la almohada, entre pensamientos clandestinos y sensaciones derivadas de ellos que hacen tener ganas de meter los pies en los zapatos, abrir la puerta de charol roja, ahora convertida en rejas de metal , salir en mitad de la oscuridad, con la suerte de que brille la luna y sea ciega a tus intenciones y buscar con tu olfato, esa delicada dulzura que recordabas ofrecida a la sal de tus carencias a flor de piel. Y entonces, después de contar las vueltas en círculo de las manillas del reloj plateado, testigo de tus cortas noches, tu agitada respiración, calmada ahora, hace que tu cuerpo se deje caer sobre las sábanas de algodón, que tus pensamientos dejen de volar por tu cabeza y se aquieten, como cuando esa calma que aparece, al callar el escándalo de una tormenta de granizo sobre suelos de cristal.
 Y vas camino a dar sentido a lo que hace que sigas teniendo ganas de vivir, piensas en la belleza de todo cuanto te rodea, en el contenido, en el espacio en el que habitas y te sientes tan libre que desnudas al que vive dentro de ti, lo emocional lo que te impulsa;  continuas pensando en todos los muebles de la casa y los recuerdos que acontecen tras su adquisión, piensas que forman parte de ti, pero te equivocas, vuelves a hacerlo, sigues mezclando materia y esencia; sigues queriendo dar sentido a tu vida, entonces recuerdas   esa leal luz al romperse la mañana , colándose por uno de los pequeños agujeros de la persiana que te protege de los demonios del asfalto. Te detienes en todo lo que haces después de un agradable  desayuno, pero siempre ella en tu cabeza, reflejada en el contenido de la taza caliente que sujetas entre sus manos, el líquido y delicioso  té blanco.
Has pensado tanto que necesitas librarte de un peso emocional, abres la mampara de la ducha y te ofreces desnudo a que el agua tibia, borre las huellas de tu pasado y la realidad de tu presente vacío y solitario. Levantas con cuidado el mando del grifo, observando los diminutos agujeros por donde se escapará el agua que tanto esperas que caiga sobre tu alma. Sientes el efecto del fluir del agua, primero sobre tu cabeza, después sobre tu cuello y hombros, pasando por tu pecho, por el contorno de tu espalda, entrando entre tus nalgas y al llegar a tus tobillos, miras hacia abajo y ves como, mezcladas entre el agua turbia enjabonada, desaparecen por el desagüe plateado todas esas emociones que no sirven para nada.
El abrazo de la toalla con olor a jabón de Marsella, se siente en toda la casa, lloras, sin querer y tus lágrimas se funden con la humedad que hay posada, todavía sobre ti. Abres tus ojos y al mirarte en el espejo transparente, vuelves a pensar en Arcanda y en aquella última vez que probaste de su locura, en la ventana al cielo que te abría siempre que le pedías que hiciera un mundo para ti.
Sigues pensando tanto, que no eres consciente de que en algún lugar, ella sigue existiendo para el mundo entero; te gustaría llamarla,  volver a escuchar  esa particular voz, que hace tanto que no escuchas y tanto echas de menos. Miras el teléfono y el reloj que hay colgado en una de las paredes del salón; marcas  ocho  números y te das cuenta del sonido al apretar las teclas, estás a punto de marcar el noveno y, algo dentro de ti te detiene, aprietas el teléfono muy fuerte, lo cuelgas y decides, quitar la toalla apoyada sobre tu nuca y vestirse para salir.
Eliges al azar una camisa y recuerdas las veces que cubrió a Arcanda por las mañanas, a tu lado; te pones un pantalón tostado, rodeas tu cintura con aquel cinturón que tus hijos te regalaron las últimas Navidades y al meter tus pies en los zapatos, miras el color de tus calcetines, sonríes y decides cambiártelos. Después de ponerte la chaqueta, coger las llaves del coche y el teléfono, te das cuenta de que no te has puesto colonia y casi estabas a punto de cruzar la puerta, al ponértela, cierras los ojos, sonríes y recuerdas la primera vez que la besaste, aquel beso tibio, el primero, infinito, seguido de un millón más, que vendrían después, repartidos en aquellos de los días más felices de tu vida.
Decides bajar andando por las escaleras y esa mañana te sientes bien, seguro de ti mismo, sientes ganas de hacer cosas nuevas, de emprender caminos, de dejarte llevar. Abres la puerta del coche, te  pones el cinturón de seguridad que tan poco soportas,  le das al contacto, enciendes la radio y suena una canción francesa que hace que se dibuje en tu cara una sonrisa tan grande como la vida, no dejas de sonreír, quieres cambiar de gesto, pero no puedes, la canción no te deja.
Te diriges a tu trabajo, donde eras más libre que en el lugar que acabas de dejar, eso era antes, ahora ya no. Al llegar, enciendes el ordenador, te quitas tu chaqueta, te sientas frente al ventanal que mira al Mar Mediterráneo, con ella en tu cabeza antes, ahora en tu agitado corazón.
De repente alguien llama a la puerta, algo dentro de ti, hace que te sorprendas, por una décima de segundo, te construyes un futuro inmediato  aliviador , al abrirse entra por ella un rayo de sol que alumbra tu vida entera y la llena con las mejores emociones y los mejores deseos…

Mayte Pérez

miércoles, 5 de noviembre de 2014

LA FORMA DE LA FELICIDAD

Le acompañaba su propia respiración agitada, esperando cruzar las puertas del cielo, para volver a encontrarse con la  dulce soledad en aquel espacio, alquilado, tan privado como su primer apellido, tan alegre como, después lo sería su destino.
Cuando formaba parte de aquellas paredes, dejaba volar su imaginación, recordaba, detalles pasados, transcurridos a partir del instante en que era consciente de que había despertado de un largo sueño, sin calcetines. Apoyado sobre aquel sofá de color avellana, cerraba los ojos y mirando a una rubia líquida, esperando sobre la mesa, que la bebiera a tragos, se dejaba llevar por el humo de ese cigarrillo, que sin ser el primero del día, parecía el único, el último, era entonces, cuando recordaba a la belleza que le rodeaba, al perfil de unos labios del color del pétalo de rosa, perdidos subiendo las escaleras que llevaban a la facultad, alguna que otra sonrisa enmascarada, ofreciéndole, si él aceptaba, las horas de una tarde prestada a sus brazos. Se detenía en aquellas imágenes preciosas, a las que observaba como al atardecer que se encendía anaranjado, al abrir aquella ventana, por la que escapaba el humo de aquel cigarro entre sus dedos.
Aunque formaba parte del corazón de la gran ciudad, sentía una grieta abierta cuando recordaba el lugar en que se vestía de niño y cazaba mariposas de colores, el cielo se volvía del color de la ceniza y un pequeño agujero se le abría en el costado.
Regresaba a los retales de la infancia, a los gritos y carcajadas infantiles, a los gatos corriendo entre las patas de la mesa del salón, al olor a castañas tostadas, a la sensación de meter los pies, bajo el mantel de la mesa que escondía el delicioso abrigo del calor del brasero metálico. Y de tanto recordar, se cerraba aquel círculo inmenso y se volvía del tamaño de una pupila  a la luz de un día soleado.
Cuando pesaba su realidad, se cubría con la magia de la música, entraba en aquel sonido, sólo, y paseaba por los rincones de sus recuerdos, deseando alargar aquel instante y que nadie tocara al timbre de la puerta roja de charol.
Le gustaba tanto la lluvia, como ver caer a la canela convertida en polvo, sobre el arroz con leche; escuchaba el sonido de los neumáticos de los coches, mezclarse con el sudor del asfalto, con las gotas que pierde el cielo, para después convertirse en alimento.
Era todo un soñador, incluso despierto, libre como al nacer, sabio como aquel que calla y observa sin juzgar, le gustaba vivir sin estar atado a la materia, y sin embargo, le hubiese gustado vivir en un castillo, apadrinar objetos, decorar habitaciones con vistas al mar.
Una mañana, se levantó, salió de darse un baño, llevaba un mes sin afeitarse, de nuevo, se enfadaba con la locura de sus cabellos rebeldes, situación que le hacía perder la calma, fue entonces cuando, decidió abrir la pequeña ventana del baño, una golondrina, entró y se quedó apoyada sobre la bañera, todavía llena con el agua que le arropó.
Le gustó aquella compañía, se sentó, se perdió en su mirada y olvidó el paso del tiempo en su reloj de arena. Aquel día aprendió que la vida es tan sencilla como la forma de un hilo ligado a una prenda, que en los pequeños detalles hay tanta belleza, como granos de sal en las minas,  que hay cerca del mar; que vale más un instante libre de pensamiento, que toda una vida eligiendo hacía donde ir.
 Nunca olvidará al vuelo de aquella golondrina ni a aquel resto de violeta que llevaba enredada en sus patas.


Mayte Pérez 



domingo, 2 de noviembre de 2014

"La libertad es el sueño del poeta,
que prueba a tientas dulcemente ,
cada vez que entra en un mundo aparte,
a tejer historias con la esencia de la tinta
y el pulso en dirección a vestir murallas transparentes,
donde apoyarse esperando la bendición del soplo de una caricia,
un lugar ajeno a quien se olvidó de lo que fue,
donde no hay puertas que cruzar,
ni ventanas que abrir,
ni llaves esperando un cajón donde esconderse,
ni corazones de candados,
ni pestillos silenciosos untados de aceite de coco ,
ni pesadas cadenas grises ,
ni pensamientos que te desvían de alcanzar tus sueños
donde la brisa trae olor a paz,
donde el sol tuesta a la vida,
donde se puede si se quiere,
de donde nunca te querías marchar
si alguna vez sabes llegar a un lugar como aquel llamado Ìtaca "...
Mayte Pérez