Mayte Pérez

viernes, 7 de julio de 2017

SOLUCIONES A MEDIDA




Pintaba la mañana caminos tempranos estivales,con una pizca de sal y unos grados de más
que pesaban sobre sus hombros,como lo hacían sus sueños en forma de pensamiento.
Antes de que el sol alcanzara la cima más alta se desató los cordones de los zapatos que asfixiaban a sus pies, sintió que respiraba la brisa fresca y que podía pensar con la claridad de la llama de una vela.

De puntillas, mientras recorría la orilla de una playa con arenas de maíz, le daba mil vueltas al sabor de las palabras que escuchaba entre esas cuatro paredes y sin encontrar una solución a medida, con la que ver un nítido destino, metió las manos en sus bolsillos y se conformó con mirar al mar.

Con el mecer de las olas, el sonido que ofrece el silencio y la calma que le caló hasta el fondo de su ser, volvió a darse impulso y una vez más perdió el equilibrio antes de poder volar.
No es que faltaran los motivos para seguir  los pasos de su camino, habiéndolo encontrado, ni las ansias de probar un sueño, ni el aire que se necesita para labrar un cambio. Tal vez lo que necesitaba era encontrar la ventana por la que asomar su alma y de esa forma, volver a ser, a sentir, a crecer...

Todo lo que pensó que le definía como persona, cayó frente a sus pupilas el día que se columpió sobre la espuma de un deseo. Se sintió desnudo, puro, con la libertad que se expresa al salir de la escuela pintado de alegría en mayúsculas y fue así, en ese estado entre líquido y sólido, cuando decidió sentarse sobre los tejados, en equilibrio,

a contemplar la manera en que pueden cambiar las cosas cuando somos dueños de nuestros pasos, y nos atrevemos a vivir en un mundo que soñamos...

Mayte Pérez (Pan con chocolate)

lunes, 28 de diciembre de 2015

LATIDOS BAJO EL CIELO

Acuna la noche  estrellada
el sueño de un ángel de piel y hueso
que sobre un nenúfar escribe un relato,
y bajo el crepúsculo aquieta su corazón
con la escarcha de los recuerdos
para abrigarse del frío al pisar descalzo.

Sus suspiros alcanzan al fluir del río,
sus ilusiones a los pasos de un niño la noche de reyes,
sus súplicas llueven sobre su espalda
envueltas en dulce papel que esperan caer
entre el calor de las manos que tejen historias
paralelas al centro de la tierra y al infinito espacio.

No deja de mirar a las puertas de Larache
y colgado de las nubes se columpia hasta caer rendido
sobre la espuma de la tarde cuando el sol se pinta más intenso
y se cazan mariposas que escapan de un desierto emocional
convertidas en caricias al azar para perder el sentido.

Para continuar despierto inventa presentes salados
que sin saber,
van a parar al mar a manos de una sirena con pies de plomo
que construye sólidos recreos y sendas perfumadas
donde se eleva el alma hasta la gloria,
donde cuerpo y mente se expresan verdaderos
y se llega hasta el propio y profundo interior.

Puede dejar pasar las etapas de un día entero
mezcladas entre el vapor de sus telas para después,
echarlas a volar hasta orillas de la playa
y ver que se funden como el queso curado
en contacto con el calor del filo de una navaja
con la que cortar un lastre que pesa más de mil años
y no deja que las aguas del río se vuelvan tan vivas
como lo estuvo su ser en aras de un delicioso sueño
que siempre le espera bajo el colchón de muelles,
sobre la esponjosa almohada a quien cuenta
el sitio donde, tarde o temprano le gustaría llegar.

No deja que la locura le haga cosquillas
ni se asome el vértigo al balcón de su mirada
por miedo a volverse a mirar en el espejo
que le lanzaba de vuelta el tiempo en que se es feliz
se ama con las manos abiertas
y se acuesta la esperanza rodeada de dichosa realidad.


Mayte Pérez (A tus silenciosos latidos, quiero)











sábado, 26 de diciembre de 2015

UNA ISLA EN LIBERTAD

En el fondo de la mitad del mar,
rodeada de aguas cristalinas y frescas
hay una isla donde se reúnen los poetas
cuando la tarde recibe al ocaso en su plenitud
y la luna asoma brillante.

Viven de los sueños propios y fantasías acunadas
construyendo sendas nuevas
que se observan desde los agujeros de la luna,
junto a las sirenas de cabellos cobrizos, dorados, tostados
en la condición de libertad,
estado que le pertenece al humano
y sin embargo se le niega bajo el brillo del sol
y con hilo de alpaca se remiendan las comisuras,
para que callen sus plegarias a la vida,
gritando paz absoluta, respeto y valor para levantarse
del sitio en el que les sientan sin saber.

Camina poeta, libre
 y sigue sembrando locuras que compartir,
que es más bella la vida por lo que se siente,
que por lo que se imagina al escribir despierta
y cada anochecer duerme
con el sabor mediterráneo sobre tu piel
sin olvidar que cada palabra tuya pesa
cuando la escuchan mis sentidos
y así vivirás en libertad.

Mayte Pérez



martes, 8 de diciembre de 2015

CUANDO EL TIEMPO SE DETIENE

“¡Eh, despierta! no todo fue un sueño, pero derrotaste al dragón de color rosa que aquella mañana te pareció tan inmenso y tan malvado”
Uno de los peores días de su vida en que recibió una noticia, que según ella, en aquel instante, tan convencida dijo que no era cosa suya, que era todo una equivocación; se propuso levantar la barbilla, echar los hombros hacia atrás y seguir su camino sin importarle nada.
Al llegar a la estación del tren le pareció que la vida se le iba entera sobre los raíles, al recordar un sueño que tuvo en  el que aparecía la caseta donde se expendían los billetes, en un contexto alejado del año en que estaba.
Sus propios pensamientos querían huir hacia rincones de azúcar, poder alejarse de un mar artificial salado y algo dentro de su cuerpo formaba una barrera que los hacía rebotar y apretar sus pulmones tan fuerte que pensó en llamar al Ángel de su Guarda, cuando fue a abrir la puerta para bajar del tren, se dio cuenta de que estaba en marcha y reaccionó, tarde pero a tiempo.
Subió a hombros de un gigante y se escucharon sus rezos hasta en el mismo centro de la tierra, le pareció que el sol  de agosto le caía, que el mundo era tan pequeño como un par de pupilas sorprendidas por la luz que ciega.
Empezó a contar y al llegar al número 40, secó las lágrimas redondas que le llegaban a los tobillos y le hizo una promesa a quien le recordaba al gran poeta, aquel que no conoció  más que en sueños y sin embargo sabía tanto de su vida.
Abrió todas las puertas y ventanas de su casa, guardó las cortinas en el armario en el que tantas veces se escondió, cogió todos los perfumes que decoraban el mueble de su habitación y los derramó sobre las paredes y al atardecer, se fue a la playa a lanzar una botella con un mensaje en su interior, por si alguien lo leía y al hacerlo comprendía su súplica.
Todas las noches mediterráneas antes de dormir, comenzaban en el mismo punto de partida hasta terminar al alba en brazos de un plácido sueño, al que ahuyentaba un resplandor que entraba por la ventana. Aquella noche fue eterna, se ahogaba en un respiro, subió y bajo mil veces los peldaños de las escaleras, otras mil más volvió a hacerlo contándolos, pero sin llorar. Se sentía valiente pero confusa, sentía que su cuerpo no le pertenecía, sus sensaciones de ahogo le entorpecían y no quería hacer ruido por no despertar a los fantasmas que volaban sobre su cabeza otra vez.

Fueron varias las noches sin descansar su alma, los días bajo la presión de dejarse llevar hacia un lugar donde más que ganar, se perdía todo, pero en el fondo del lago que imaginaba a orillas de sus pies, se leían siempre sus palabras, sus esperanzas, sus planes, sus locuras de seguir levantando esa nueva vida en forma de círculo, con ayuda de los ladrillos sólidos que se cocían a fuego lento, despacio.
 De vez en cuando se perdía por desiertos desolados de harina de maíz y se encontraba siempre rodeada de seres humanos con los que abrigarse del frío, con los que seguir latiendo, a los que agarrarse tan fuerte como a un sueño a punto de convertirse en realidad…..
 https://youtu.be/gNS1jTQOnCs  

viernes, 18 de septiembre de 2015

POEMAS DE PAPEL


Hay poemas del alma
que ni a la luz de la luna,
brillan sus locuras ausentes,
donde en noches de soledad
se fueron tejiendo caminos.

Dulces poemas escritos, ajenos
a  un dolor que acecha tatuado
sobre el perfil del primer beso,
tibio, húmedo, fresco.

Que cogidas de las manos
fueron las palabras privadas sobre papel
en las que se sentía de la esencia
de una vida prestada que ansiaba presentes
más que un pasado por existir
o un futuro que imaginar .

Fueron los poemas más vivos
a la luz del sol,
escritos cada amanecer
sobre la delicia de una caricia que se espera abrir
como un regalo a cambio de una vida
que termina por recordarse,
 y se abandona al anochecer
cuando no se ven estrellas
brillando en un cielo pintado de sombras,
para que nadie sepa de sus lamentos
y no duela el abandono
al que tanto se teme afrontar.


Mayte Pérez 


martes, 15 de septiembre de 2015

MILAGRO FUGAZ ENEQUILIBRIO, EL GUARDIAN DE MARIPOSAS


Caía el peso de la nocturnidad sobre los hombros del guardián de mariposas, en silencio como un susurro entre un escándalo, despacio como se desliza una lágrima sobre la piel.
 Vivía en un castillo sobre el mar, con paredes de mantequilla salada, con ventanas sin cristales, con puertas que según atravesabas, te conducían a espacios tan desconocidos como un futuro que se espera con los ojos vendados.
Dormía en la torre más alta de las cuatro del castillo que acariciaban las nubes celestiales, rodeado de bellas obras esculpidas sobre piedra de jabón y la presencia de más de mil mariposas, a las que protegía de la luz, como a su vida del desamparo emocional, decorando las seis paredes.
Hasta llegar a los pies de su cama y poder caer rendido sobre el colchón relleno de plumas blancas, había que subir 1969 peldaños, todos ellos de madera de haya, esperando sentir el peso tibio de las plantas de sus pies descalzos, pues el suelo era tan delicado como el alma del guardián y antes de cruzar la puerta de entrada, dejaba sus sandalias sobre el alfeizar de la ventana del salón para no lastimarlo.
Se llamaba Milagro Fugaz Enequilibrio, nunca  se supo su edad ni la fecha en que nació, era tan alto como el sol y escondía un corazón en mitad de su pecho con la particularidad de que estaba del revés. Vestía ropa de algodón beige y sandalias hechas con la piel del tulipán, le gustaba la comida dulce, sobre todo cuando la sal de la vida entraba por las ventanas y entonces saboreaba dulzuras contenidas en botes de cristal sin cuchara, las usaba como  a un paraguas para protegerse de la tormenta.
La primera vez que le vio Esperanza de Verano se alejaba de su campo visual, cruzando la plaza del Ángel caído, olía a madreselva y despedía toda esa paz que en algún momento perdemos los humanos y ansiamos recuperar con los brazos abiertos. Quiso ésta seguir sus pasos hasta el final de su camino, lo hizo de puntillas como una ladrona de casualidades que se planearon el día anterior a un plácido sueño.
 Esperanza de Vida no creía en los Milagros y  conocía el castillo sobre el mar donde vivía, desde una tarde que regresaba de pescar remedios para el alma y al volver sobre un barco de papel de arroz integral, vio las ventanas sin cristales y le sorprendió que el calor estival respetase a todas aquellas paredes de mantequilla salada.
Cuando entró en el castillo  Milagro, ella se  dio cuenta que lo hacía sin hacer uso de ningún tipo de llave maestra, simplemente, apoyó su mano y la  abrió sin más, dejó las sandalias sobre la ventana y la puerta abierta, por la que corría la frescura de la brisa marina salada.
De los techos colgaban cristales de colores que al chocar,los  unos contra  los otros, simulaban el sonido de la delgada  lluvia como alfileres sobre un suelo de cristal metalizado. 
Las paredes eran suaves como la primera piel del cuerpo, esa que es rosada, que todavía no ha sido víctima del brillo del sol. Al subir las escaleras de madera hasta la primera planta, encontró una biblioteca y en mitad una mesa de latón, sobre la que se apoyaba un felino tan blanco como un copo de nieve virgen en mitad del invierno.
 Al ver el animal a aquel pequeño cuerpo de pupilas verdes como los lagos de las entrañas de la isla de Ítaca, se acercó a oler sus ropas perfumadas con jabón de Marsella y como si hubiese visto al mismo demonio se escapó por uno de los ventanales, se preguntaba si su presencia sería la causa de la inesperada escapada.
Esperanza de Verano escuchó a Milagro subir, delatado por los crujidos de la madera  de los escalones y se escondió detrás de las cortinas.
 Vio como él se sentó sobre una de las sillas con un libro de  mariposas entre sus manos, llevaba una lupa, un pincel y un recipiente de vidrio con una solución transparente. Transcurridos algunos minutos, se levantó, apagó la lámpara y subió las escaleras hasta la torre donde soñaba con encontrar una mariposa con alas de color rojo carmesí.
Cuando Milagro se metió en la cama, ella cruzó la puerta y con ayuda de la luz de la luna, pudo ver que aquel ser se rodeaba de más de mil mariposas apoyadas en aquellas paredes suaves y frágiles, estaban allí posadas, quietas.
 Todas brillaban  con tonos violáceos y  azules, como lo hace una mente soñadora entre otras conservadoras y estáticas, nunca vio ante sus pupilas esmeraldas un escenario con tantos destellos creados por las alas.
Se dirigió al balcón y al asomar su  cuerpo por la barandilla, vio al Mediterráneo como lo hacían las gaviotas, sintió la vida colarse por su  nariz a partir del contacto con aquella brisa, sonrió y al darse la vuelta, le sorprendieron unas palabras.
-¿Has venido a traerme la última mariposa que estoy buscando desde antes que tu nacieras?
Esperanza de Verano no supo que decir, sabía que estaba en una propiedad ajena, tembló con todas sus fuerzas y cuando Milagro se acercó a ella, se cubrió la cara con las palmas de sus manos, se podía leer en su frente al miedo en estado puro y a las ganas de escapar por aquel balcón y dejarse caer sobre la espuma.
-No tengas miedo, no te muevas y yo mismo la cogeré sin causaros  daño a ninguna de las dos.
Esperanza se quedó quieta ante las instrucciones de Milagro, y en menos de un segundo pudo ver entre sus manos a la mariposa de color rojo carmesí que tanto andaba buscando. La llevaba prendida en su pelo dulce desde que nació, lo supo aquella noche de luna llena, cuando tras un silencio un Milagro con un corazón del revés le hizo abrir los ojos y sentir al mundo salado.
Desde aquel encuentro Esperanza de Verano cree en Milagros, incluso en otoño, invierno y primavera y Milagro ya no es tan fugaz, ni continua en equilibrio, van de la mano pintando caminos, derritiendo fronteras de mantequilla, que en ocasiones parecen  ser del más pesado de los metales.

Mayte Pérez (Septiembre y Junio sobre un soplo de Esperanza y un Milagro en que creer)






sábado, 5 de septiembre de 2015

LA VIDA QUE SE ESPERA

Llegó a brazos de este mundo
como cuando cien años de sequía
y la lluvia ofrece a la fertilidad de la tierra
la esperanza de gestar vida que llevarse a la boca
que calmar el hambre que siente el interior humano
cuando ya no quiere de sueños.
Llegó con la dulzura del tacto del pétalo de rosa,
con la alegría de una noche en la que se espera probar un sueño,
como la noche prometida,
en la que empezó el primer de sus latidos
para después pasar a ser un pequeño corazón más
que pasear por la senda del poeta,
que parar a descansar en rincones ausentes
 para los que no tienen prisa.
Era la perfección de una melodía que se siente
 la que se va siguiendo despacio,
la que se espera después de una batalla diaria
y al sentirla cerquita despides el instante
para nadar en el mundo de los sueños de papel
como cuando se escriben palabras untadas
sobre la espalda que espera una caricia perpetua
que al notar la presión se contrae y se esconde
por miedo a delatar un sentimiento que roba la paz
y se cuela por el ombligo con la rapidez del viajar de la luz.
Era ser que contemplar apoyado sobre los hombros cómplices
mientras le soplaba la brisa del Mediterráneo al caer la tarde,
era desear estar con ella para cubrir tiempo volado
que se recuerda envuelto en una sonrisa con forma de nube,
si sentías su pequeño cuerpecito entre tus brazos
te hubiese gustado detener el tiempo
y volverte como ella, tierna como el corazón de la sandía
 tranquila, como cuando cesa la furia de la tormenta,
suave, como la primera piel con la que se abre la luz del día.
Como cuando se abre una puerta cerrada,
entró a formar parte de la inmensidad de un espacio hueco
que llenó sin mesura en un instante tan pequeño,
como el grano de arena que cubre una playa,
vestía de felicidad los días en los que no brillaba el cielo
con ella volabas de puntillas hacia futuros ansiados
 y te volvías de la textura de la carne del membrillo,
si te enredabas en el gesto de su mirada sincera.
Era todo lo que se quiere,
que cabe sobre la palma de una mano,
que es del peso de la pluma de golondrina
que se toma hasta el final
y se desea como al principio.
Era como querer volver atrás y abrazar la vida de nuevo
vista desde el corazón que no se cubre de nada,
si cogías su mano regresabas al olor de la niñez
que escondes en uno de los cajones de los recuerdos.
Era un presente esperado
 con la frescura del rocío de la mañana
esperar la noche impaciente
 para dormirte al son de su respiración
sonriendo, simplemente por tenerla contigo
y saber que al despertar seguiría estando para ti,
para la continuación de seguir cuidando de ella

Mayte Pérez