Mayte Pérez

martes, 8 de diciembre de 2015

CUANDO EL TIEMPO SE DETIENE

“¡Eh, despierta! no todo fue un sueño, pero derrotaste al dragón de color rosa que aquella mañana te pareció tan inmenso y tan malvado”
Uno de los peores días de su vida en que recibió una noticia, que según ella, en aquel instante, tan convencida dijo que no era cosa suya, que era todo una equivocación; se propuso levantar la barbilla, echar los hombros hacia atrás y seguir su camino sin importarle nada.
Al llegar a la estación del tren le pareció que la vida se le iba entera sobre los raíles, al recordar un sueño que tuvo en  el que aparecía la caseta donde se expendían los billetes, en un contexto alejado del año en que estaba.
Sus propios pensamientos querían huir hacia rincones de azúcar, poder alejarse de un mar artificial salado y algo dentro de su cuerpo formaba una barrera que los hacía rebotar y apretar sus pulmones tan fuerte que pensó en llamar al Ángel de su Guarda, cuando fue a abrir la puerta para bajar del tren, se dio cuenta de que estaba en marcha y reaccionó, tarde pero a tiempo.
Subió a hombros de un gigante y se escucharon sus rezos hasta en el mismo centro de la tierra, le pareció que el sol  de agosto le caía, que el mundo era tan pequeño como un par de pupilas sorprendidas por la luz que ciega.
Empezó a contar y al llegar al número 40, secó las lágrimas redondas que le llegaban a los tobillos y le hizo una promesa a quien le recordaba al gran poeta, aquel que no conoció  más que en sueños y sin embargo sabía tanto de su vida.
Abrió todas las puertas y ventanas de su casa, guardó las cortinas en el armario en el que tantas veces se escondió, cogió todos los perfumes que decoraban el mueble de su habitación y los derramó sobre las paredes y al atardecer, se fue a la playa a lanzar una botella con un mensaje en su interior, por si alguien lo leía y al hacerlo comprendía su súplica.
Todas las noches mediterráneas antes de dormir, comenzaban en el mismo punto de partida hasta terminar al alba en brazos de un plácido sueño, al que ahuyentaba un resplandor que entraba por la ventana. Aquella noche fue eterna, se ahogaba en un respiro, subió y bajo mil veces los peldaños de las escaleras, otras mil más volvió a hacerlo contándolos, pero sin llorar. Se sentía valiente pero confusa, sentía que su cuerpo no le pertenecía, sus sensaciones de ahogo le entorpecían y no quería hacer ruido por no despertar a los fantasmas que volaban sobre su cabeza otra vez.

Fueron varias las noches sin descansar su alma, los días bajo la presión de dejarse llevar hacia un lugar donde más que ganar, se perdía todo, pero en el fondo del lago que imaginaba a orillas de sus pies, se leían siempre sus palabras, sus esperanzas, sus planes, sus locuras de seguir levantando esa nueva vida en forma de círculo, con ayuda de los ladrillos sólidos que se cocían a fuego lento, despacio.
 De vez en cuando se perdía por desiertos desolados de harina de maíz y se encontraba siempre rodeada de seres humanos con los que abrigarse del frío, con los que seguir latiendo, a los que agarrarse tan fuerte como a un sueño a punto de convertirse en realidad…..
 https://youtu.be/gNS1jTQOnCs