Mayte Pérez

viernes, 26 de septiembre de 2014

EL PESO DE UNA NUBE DE AGOSTO


Con cientos de minutos perdidos,
se hizo un Camino al amparo de la noche estrellada;
el suelo abrigaba corazones partidos,
la brisa del viento del sur,
al viento del norte lo transformaba en tibio
para que al alma helada
la sorprendiese la mañana,
cubierta del calor necesario
para devolver el latido y
grabar a fuego en la piel,
la ambición de querer retarle a la vida.
HILOS DE ALGODÓN reparadores de corazones ausentes
que rozaban perfiles de azúcar,
AGUJAS DE COSER en el aire en busca de vida
que al caer se escuchaban como el cristal
que pierde la vida al contacto
con el filo de un beso escondido.
Se escuchan tormentas de llantos,
humildes jirones de algodón,
que empapan lágrimas
del peso de un deseo entre jaulas
imaginarias abiertas.
Puños que prenden la vida
que se escapa como el aire
entre los cabellos que ondea la brisa
de una caricia que se apiada de la tristeza callada.
El cielo se abrió en silencio
vino en busca de un destino
a quien le robó un tramo de Camino
y lo repartió sin mesura debida,
tal como un soplo de brisa
dedicado al diente de león
que lo ofrece a la tierra virgen.
Plenitudes que se desbordan
y acarician el rostro,
abrazos perdidos en instantes,
mares desconocidos que bañan
espacios de ausencias vitales.
Ha de venir el tiempo a curar
la herida latente,
ha de volver sigilosa
la ilusión cristalina
a cubrir pesares
a maquillar paredes blancas
que imitan el tono de la pizarra.
El testigo del tiempo reparará
la distancia hallada entre la ausencia
y el espacio vacío e inerte
que vaga en busca de alimento
que calme la angustia
del recuerdo del pasado presente,
de la lucha que a ELLA le espera dentro de un dedal...


    Mayte Pérez (Un tramo de Camino anticipado)

EL SÉPTIMO CIELO


En el séptimo cielo vuela el arte para ti,
la dulzura pende de torres de castillos
construidos con bloques de hielo
que aunque tan cerca del sol estén
sobreviven como el pequeño árbol
a la dura tempestad que le agita.
Las horas se escapan y caen sobre el mar
para dejarse llevar por las olas,
los días se eligen para vivir
al igual que los momentos se deciden al azar.
Las estaciones van cogidas de las manos
y son actrices en el mismo escenario,
hay una brisa que mueve las nubes
y trae lluvia de colores que inyectar en emociones.
Allí arriba, se alquilan princesas de piel tostada
de labios suaves como el tacto de la primera piel,
de manos seguras en busca de perfiles,
princesas felices con mundos propios que compartir,
incansables, reparan alas de ángeles caídos
que suben al cielo cargados de esponjas empapadas en "aguademar"
para secar el sudor dulce de su frente;
cada tarde sobre una alfombra de pétalos frescos
tejen errores en alas y al terminar
guardan una pluma con la que soñar despiertas.
En el séptimo cielo hay una fuente de la que beber
y saciarse hasta la última gota de lo alcanzable,
hay para probar de la carne de las nubes
y sentir de la caricia del vuelo de las gaviotas valientes,
las que incansablemente llegan hasta allí
para observar cómo es el mar desde un paraíso en las alturas.
Encontrarás puertas abiertas que ofrecen belleza espontánea
tal como en primavera emergen los tesoros vegetales,
ventanas transparentes desde las que observar
al paso del tiempo sonriendo feliz
esperando al futuro llegar de puntillas
y recordando algo de lo que aprender del pasado.
En el séptimo hay un ser especial
esperando cuidar de tus latidos
dibujando tu destino sobre las plantas de tus pies,
trazando sendas por las que caminar
y llegar hasta lo más alto,
sin importar que estés bajo la sombra del olmo.
En el séptimo cielo se perdió el cascabel de una princesa
en el jardín de las delicias y lo encontró la tristeza
para protegerse de ella misma cuando es época de lágrimas...
Mayte Pérez (Princesas dulces y saladas)



jueves, 25 de septiembre de 2014

DE RETALES A TU LADO, PRINCESA (2007) 

(BORRADOR, AGOSTO 2014)


Salió por aquella puerta y le dio la sensación de haberse marchado de un salto por la ventana. dejó su teléfono sin colgar, después de haber escuchado una noticia,  sobre el alfeizar de la ventana de la cocina, junto a la planta de menta.
Sentía un vacío pesado como el plomo; en su cabeza, rodaban, más que pasar, los pensamientos. El corazón le latía rápido, le acompañaba una agitada respiración y un deseo de desaparecer, de disolverse como una diminuta gota salada expuesta al calor del sol en agosto. Estaba a punto de sufrir un ataque de pánico y esta vez no era consciente de que estaba perdiendo el control y acabaría metida en el agujero del dragón del miedo.
Subió al coche, antes de cerrar la puerta y de que sonase algo de Mike Oldfield, lo descapotó, con la intención de que el aire  que corría por la avenida donde vivía, se llevase todo ese torrente de angustia que la inundaba y que ya no recordaba haber sentido anteriormente.
Ni una sola lágrima podía dejar escapar, una soga le ataba el estómago, sobre su piel la humedad del sudor anormal, no acorde con la temperatura de aquel mes de marzo. Le dio al contacto, pisó el acelerador y se marchó huyendo de todas esas sensaciones que la encarcelaban en un momento del que querer escapar con los brazos abiertos.

Llegó a la playa donde se escondía de la realidad, donde iba a mojar sus pies cuando el asfalto le recordaba el lugar al que quería llegar; se quitó las gafas de sol, miró aquel atardecer del color de la piel de una naranja,  y pensó que, a pesar de la debilidad de aquella luz, era suficiente para poder llegar nadando hasta Tabarca.
No nadaba desde hacía años, pero sentía en su interior, algo grande que le superaba en tamaño, en espacio, en emoción… necesitaba lanzarse al mar, nadar, dejarse llevar, derramarse por dentro en contacto con el agua salada, para maquillar un par de litros de  lágrimas dulces con ansias de morir entre la sal del agua.
 Llamó a Emà, desde la cabina que había en la calle donde dejó aparcado su coche, su mejor amigo y en un instante  lo vio llegar a lo lejos, con esa sonrisa que tantas veces le cubrió los hombros del invierno, con esa  delgada silueta, con ese estilo libre de andar, tan característico de él,  que a Arcanda, le gustaba tanto mirar de lejos.
-Siempre sorprendiéndome, princesa. Dijo Emà mientras se sentaba sobre la arena, junto a ese cuerpecito con olor a vainilla y una duda tan inmensa como el testigo de aquel extraño encuentro, aquel Mar Mediterráneo.
-¿Trajiste el bañador? dijo ella sin quitar la mirada del horizonte.
-Por supuesto, no sé dónde  vamos, sólo sé que hoy no debo dejarte sola, y que Pablo se habrá quedado en casa, preguntándose donde iría su mujer, en el mes de marzo, en bikini, sandalias   y con un paquete de tabaco rubio, si hace años que lo dejaste, nada más, ¡ah claro, cómo no! ya sé, el aniversario de Miguel Hernández, ¿es eso? mi querida poetisa, pequeña cosita.
-Que no, además hace ya un par de años que no escribo, tal como lo hacía antes, ya ves.
Arcanda y Emà, eran amigos desde hacía muchos años, entre ellos se había construido algo más que una amistad, llevaban sin verse un tiempo razonable, según diría ella
-Emá, tengo algo que contarte, algo que me está superando, Dios mío…
Arcanda lloraba y lloraba y por mucho que Emá le abrazase, su llanto no volvía a su origen
-A ver, princesa, cuéntame ¿qué sucede?
-¿Te acuerdas de mi paciente, Enrique Santos? aquel chico  que conocí en Bolivia…
-Imposible  olvidarme de él, hiciste que me encariñase con todas esas cosas que compartía contigo en terapia y tú después, me las acercabas al oído, siempre con tu buen sentido del humor y bien ¿qué sucede con Enrique?
Arcanda se levantó, se quitó el vestido, dejando su cuerpo protegido con un biquini azul, le tendió la mano a Emá, miró a la puesta de sol y le dijo: -Vamos hasta la isla y al llegar, te cuento, que todavía hay luz.
-Antes de salir, llama a Pablo, que debe estar preocupado, toma mi teléfono y sabrá que estoy contigo, por favor.
Arcanda llamó a casa y colgó el teléfono al sonar dos veces, recordó que Pablo había salido con su hijo y unos amigos a ver un partido de fútbol y que llegaría tarde; llamó a su hermana para ver cómo estaba su hija  y no le contestó.
La tarde estaba tan en silencio como los labios de aquella mujer, aquella inmensa cantidad de agua salada, estaba quieta, tranquila, esperando que los dos cuerpos entrasen.  Emá no decía nada, pero su corazón simulaba a un torbellino, nunca la había visto así, estaba tal como la última vez que se vieron, en ese mismo lugar, lo único diferente que encontró en ella fue que ya no usaba reloj, y  que había perdido peso;  hacía tanto tiempo que no estaba con ella, que en realidad, no sabía si seguir pensando en aquello que le contaría al llegar a Tabarca o en no dejar de mirarla ir de un lado a otro.
-Vámonos de aquí, llamo a Ana y que nos prepare cena, seguro que el restaurante todavía está abierto,y se alegrará al vernos, además de sorprenderse, llegamos al club naútico y cojo la lancha, no estás para nadar, ni yo tampoco y seguro que hoy hay medusas valientes que vendrán a buscarnos y nos envenenarán si nos atrevemos a nadar, y no princesa, no, creo que ya cuentas con demasiado tóxico dentro de ti.
Con la risa de Arcanda se llenaba el mundo entero, cómo sonaba entre sus dientes, cómo se escapaba aquel sonido y contagiaba esa alegría, no pudo evitar soltar una carcajada al escuchar la última frase de Emà y no pudo decirle “un no” a aquella propuesta; en realidad, más que nadar, necesitaba estar con él esta noche y hacerle partícipe de su angustia.
Emà cogió las llaves del coche de Arcanda, para cogerle una chaqueta, la botella de agua y el paquete de chicles de fresa que siempre llevaba en la guantera; al llegar hasta ella, la cogió por la cintura, subieron a su coche y el silencio volvió a crear distancia entre ellos.
Entrando al puerto, ya había anochecido, se veía la costa a lo lejos, la luz del faro en el cabo, dando vueltas y de cerca, parpadeando, a los del puerto,  el mar era como un cristal, como una pista de patinaje al que rascar con la cuchilla de los patines.
Emá salió del coche y se acercó  abrir la puerta a Canda. -Adelante, mi princesa favorita, hoy alumbras a los peces , con ese brillo en la mirada. Arcanda se abrazó muy fuerte a él, hundió su cara entre su pecho y volvió a sentir ese inmenso vacío, esas ganas de escapar del mundo. Emá notaba los latidos de su corazón y le apretaba fuerte como si ella se lo pidiera. Le acariciaba el cuello, le daba besos en las mejillas, hacía tanto que no la sentía tan cerca, que cada segundo a su lado, era toda una vida entera.
Llegaron hasta el pantalán 32, cogieron la lancha y salieron a llenar el depósito, mientras repostaban, Emá llamó a Ana. -Preciosa Ana, tengo una sorpresa que quiero que veas , y ganas de pasar  una velada contigo y Pedro, salgo del club náutico, te veo en media hora.
A Canda le gustaba ese olor en el puerto al atardecer, observar la espuma del agua que se quedaba atrás por la popa, ver volar a las gaviotas en busca del pescado que traían las pesqueras, estaba sentada con las piernas cruzadas, con una manta sobre sus hombros, tomando un té, a la vez que escuchaba la música que puso Emá.
-Bicho, para, para que no me encuentro bien. Canda se asomó y devolvió hasta el desayuno, su cara estaba pálida, por suerte el mar estaba en calma y su estómago no corría más peligro. Emá se sentó y  la acostó, apoyando su cabeza en sus piernas.
-Eres un traidor, sigo fiándome de ti y ahora dime, qué me he tomado, algo me has metido y créeme si te digo que si estuviera más cerca, nadaba hasta la costa y te quedabas aquí tu solo.
Emá reía tanto que su cuerpo se volvió tan blando como un postre de gelatina, a la vez que acariciaba a Canda, le decía: -Tú no te has visto como estabas cuando he llegado a la playa, estabas sufriendo un verdadero ataque de pánico, mi fantástica criatura, temía que no hicieras caso a dejar lo de nadar, al llegar al club he pensado que necesitabas bajar las pulsaciones, pero creo que me excedí con la dosis, olvidé que estás al otro extremo de la campana de Gauss, hipersensibilidad a la medicación, entre otras cosas, claro. Y ahora estás como un trapo de algodón, ¿te das cuenta que podrías subir un abuso por mi parte?. Las risas de ella se escucharon en aquel mar, alumbrado por la luna, en fase maníaca.

-Pero Emà, jajajajaj, perdona mi risa, sabía que en algún momento me ibas a proponer olerme la piel, claro que sí, pero que no lo harías estando drogada, nunca. Sí, drogada, creo que tengo ganas de llegar a la Isla y dormir. ¿Recuerdas la noche que pasamos allí, hace 10 años? Había fumado tanta marihuana que no te atreviste a levantarme de la tumbona que había a orillas de la playa, cerca de la cova del llop marì, me tapaste con una toalla y te fuiste a casa del americano. 
"LA DISTANCIA DE UN INSTANTE"

De la piel que envuelve tu ansia
a aquella que cubre mi alma,
tan sólo hay un instante ilimitado
el que más se convierte en deseo
y se funde al contacto fugaz.
De palabras del color del azafrán
y del sentido del gusto,
cuando se funde en mi boca,
guardo un enlace que tengo para ofrecerte
cuando cubro tus ojos con mis manos,
y nadie como tú para
que sepas de sus caricias
cuando se cruzan en tu cintura.
De tantas distancias que imaginamos
se formaron lagunas de tibios contenidos
por las que perderse entre ellas,
dejarse llevar abriendo los brazos
para recoger la quietud de uno de tus abrazos,
o los míos que se encuentran con los tuyos
cuando regresan de vuelta
 de haber querido encontrarme con los tuyos.
De soñar  constantemente han pesado tanto mis sueños
que un día común te lo voy a cambiar
por la propiedad de todo lo que tú quieras tener,
tal como sería dibujar un deseo
en la pureza de un lienzo inmaculado.
De locura de corazón
 cobertura de chocolate y estructura de gelatina
 hay un proyecto pendiente entre tú y yo
que de llevar puesto un nombre,
se llamaría comienzo.
De cuentos que prenden la ilusión que me regalas
se abrió una puerta de dos hojas
que cada vez que abro a ratitos,
quisiera cerrarlas y quedarme en tu interior
para saber del sabor de tus pensamientos,
del olor de tus deseos inquietos.
Y es que no hay nada
como pasear por tu interior
vestida de transparencia,
cuando el día se esconde del sol
y ofrece el largo silencio
para que pueda escuchar
palabras que se quedan escondidas
tras el umbral que tantas veces cruzo
cuando tú y yo coincidimos en mundos iguales,
cuando todos duermen y nadie sabe
 de nuestras locuras compartidas.
Descalza, para no despertarte de tus sueños,
 cubierta de promesas,
 ando a ciegas en busca de tu huellas,
que de rozar mis contornos,
se vuelven delicias y entran a formar parte

del interior de mis entrañas.

Mayte Pérez



MI SABIA MARIPOSA


Andaba una mariposa solitaria e inquieta , en busca de la primavera, cuando de repente se encontró con el caluroso verano y sorprendida, le pidió que volviesen a florecer para ella todas aquellas especies sobre las que volaba y descansaba de vez en cuando.
 El verano se sentó sobre la frescura del Mar Mediterráneo y estuvo meditando la petición de la encantadora mariposa hasta que la luz de la luna le hizo salir del mar a secar el sudor de su frente sobre una toalla de rayas tendida en la orilla de la playa.
Pasó toda la noche pensando en aquel pequeño ser dueño de un par de alas que la ayudaban a flotar en el aire y a ser mecida por la caricia de la brisa.
Pasaron días enteros y no lograba quitársela de la mente ni dejar a un lado la sensación que le produjo aquel encuentro tan fuera de lugar como un copo de nieve junto a hogueras de San Juan. Cómo iba una mariposa a encontrarse de ese modo con la estación veraniega, sin previo aviso, se mostraba deseoso de conocer cuál fue el motivo y a pesar del peso de sus grados, salió en busca de la sabiduría de la tortuga que vivía en la sombra de la palmera más grande de la playa. Al llegar la encontró con la cabeza metida en el agua y ésta al verlo hizo un gesto como de saberlo todo, dio un pasito hacia él y le preguntó por la visita inesperada, le tocó las manos, le miró a los ojos de fuego y advirtió frío en su alma, acto seguido la tortuga llamó al sol y con la escalera más alta le contó al oído un presentimiento que pesaba sobre su caparazón.
El verano no hacía brillar al sol, le escondía entre las nubes y de vez en cuando alguna lluvia se dejaba caer sobre la sequedad de la tierra, el viento soplaba fuerte y a lo lejos se veía llegar al otoño, repleto de hojas caídas y de chaquetas para cubrir carencias del verano.
La vida era todo un cáos y mucho se temía la tortuga que la protagonista, o mejor dicho, la que desencadenó aquel accidente meteorológico fue la belleza de aquella mariposa que se desvió de la estación de la primavera y se encontró con el verano por casualidad y sin razón.
Sin pensarlo dos veces fue en su busca y le encontró cubierto por las hojas caídas del otoño y a sus pies un mar de agua dulce que ocupaba tanto espacio como un océano inmenso y poderoso. Al ver a la tortuga ante sus ojos sonrió y ésta vio en su mirada de fuego un espejo congelado, le ofreció su mano y fue entonces cuando le contó de aquel día en que aquella mariposa se cruzó en su camino, sintió que necesitaba del batir de la frescura de sus alas para cuando apretaba el calor, que en su vida no conoció tanta dulzura como en cada palabra que escuchó de tan pequeño ser, que sentía un desierto en su interior, incluso estando sentado junto a las cristalinas aguas que formaban parte de la delicia de las playas cálidas.
La tortuga que era sabia le propuso ir en busca de la mariposa y escuchar su petición de nuevo, tomó su mano y partieron hacia un valle que ahora se vestía del color amarillo, del dorado del sol. Nada más llegar la encontraron escondida entre la humedad de las hierbas que sobrevivían al calor, bajo la sombra de una hoja que la vida le ofreció para poder soportar las altas temperaturas. El verano se acercó a ella y ésta le dio la espalda sin más, recordó su petición y que no hizo nada, quiso abrazarle pero tenía miedo de poderle quemar.
Transcurridos unos minutos el personaje que solía existir en primavera acarició el rostro del verano y esperó su petición, él le propuso un camino de flores a sus pies si ella prometía ofrecerle el batir de sus alas en junio, julio, agosto y mitad de septiembre.
Desde aquel día vive posada sobre sus hombros y de vez en cuando nos la encontramos perdida sobre la arena, recordándonos que la vida ofrece todo en su justa medida, en el momento apropiado y que todo es posible tal como lo es que una mariposa regale con el baile de sus alas, frescura en el mes de agosto…



Mayte Pérez  (Todo lo que tu quieras...)


DESPERTAR


..."A veces un intenso despertar,
 vale más que una vida entera en la  que perderse entre retales
 y es soñando donde vuela el tiempo,
 despierto y en plenitud del momento
 donde el tiempo se congela
 y es a ti donde voy a parar, siempre
 a que me recuerdes que la vida
 es más que vivir de ilusiones,
de largas esperas pintadas de azul,
de amaneceres del color del grano de la mostaza
que contemplan la paz de mil y un camino perdidos
 que van a parar a la orilla de un mar
 o al fondo de un abismo del océano.
 Por mirarme en el celeste de tus pupilas,
vendería mi alma al viejo diablo,
a que me ofreciese un ratito para apoyarme en tu hombro
 a respirar de nuevo el aliento de tu vida,
 que se desvaneció en pedacitos
y voló tan alto,

que ya no la encuentro"

Mayte Pérez
"LA PRINCESA Y LA SOMBRA DEL TRAIDOR" (20/09/2012)
13 de junio de 2012 a la(s) 19:30

Un día amaneció aventurando que tu alma y la mía se iban a contar historias de princesas de boca de fresa y personajes traidores, investigadores de cuerpos y descubridores del color del papel del que están hechos los sueños.
Como al caer la tarde, se sentía la espera en el corazón de una princesa, una y mil veces, se aburría de la riqueza a sus pies del castillo y todos sus componentes, decidía de qué vestido cubrirse toda aquella esperanza que tanto contenía y hoy iba a optar de la forma correcta, de la perfección, tal como el contorno de sus labios y la pureza de la transparencia de un mar callado que mece y acuna al ansioso latir del corazón partido.
Cuando a  la amplitud de la noche  teñida de azul marino, se la apareció la luna, salió de la torre que la guardaba, cubierta del color de la tentación y perfumada de la sensación de la curiosidad, era como el que espera un regalo de cumpleaños, la falta de un cariño a punto de acariciarse.
Se advertía su silueta entre las hojas de los árboles que vestían al bosque de los caminos, su agitada respiración, el crujir de  sus pasos sin calzado, llenaban el vacío silencioso de aquel lugar del sabor de la paz.
Tenía prisa constante de llegar a atrapar la sombra de un traidor, de un cazador de sueños, de aquel que tantas veces le arrancó una sonrisa y más de una vez la subió hasta donde se abre una grieta en el cielo, para después sentarse a mirar cuanto de pequeño puede ser el mundo, cuando lo ven una princesa y un traidor desde  el espacio que no se ve a la luz del día ni en la oscuridad de cuando brillan estrellas.
Le pareció un largo camino, a pesar de sus pasos instantáneos parecía no llegar a su destino, no había minuto fijado, es más ella sabía que en el momento de su llegada todo un cambio daría comienzo, de repente paró al sentir que alguien tiró del final de la prenda que le cubría, le daba miedo volver a mirar de donde había venido, el corazón le abrió camino para que se dejase llevar, volverse, se volvió, pero muy despacito.
Imaginaba presente tras de ella la sombra imaginada, pero observó la ausencia al ver que era aquello que la atrapaba y no la dejaba seguir, buscó entre las hojas mortecinas caladas del sudor de la copa de los árboles y se encontró con que la pesada piedra del miedo había rasgado la transparencia de la tela de la tentación y los hilos ligeros como la pluma se enredaban entre las redes de la duda.
Nada de aquello detuvo su destino y de haber habido más impedimentos, no hubiesen sido suficientes para llevarla de vuelta al lugar del que salió perdida en busca de su destino escrito en alguna parte, en algún trocito de cielo. Tiró de aquella piedra y dejó la mitad de la prenda a cambio de seguir en busca de su intención.
Después de un largo tramo perdida, se sentó a descansar con la alegría de que tarde o temprano encontraría refugio al que llegar, aquel que no se construye de piedras, aquel del que nunca desearías marcharte y hubieses deseado haber llegado miles de años antes de haber nacido.
A lo lejos se escuchaba al susurro del río, sonrió al destino por estar a punto de alcanzar sueños imaginarios que poder morder y probar, al llegar a orillas no pudo evitar  entrar sus pies  en  el agua y cuál sería su sorpresa al notar el peso de la calidez de cinco yemas y luego cinco más que se llegaron a quedar en mitad de su espalda.
No daba crédito a aquella sorprendente sensación, respiraba despacio para  no romper el encanto del momento, sonreía, sonrisa ciega que ocupaba todo un mundo entero por el que perderse, de las manos que rozaban el contorno de su espalda.
En el momento en que se dejó caer en brazos de la confianza, algo tiró de sus pies hasta el fondo del río, fue como un torbellino repentino que la hacía hundirse sin alternativa a salir de nuevo en busca de un último aliento de vida que poseer.
Sintió que sus manos se entrelazaban con algo que la detenía y la empujaba a respirar de nuevo, se vio mirando al infinito tumbada sobre una roca y preguntándose cómo habría llegado hasta allí siendo presa de aquel momento de angustia que auguraba el final de su imaginación y del fluir de la sangre que llenaba sus espacios.
Al levantarse lo vio a su lado, él estaba sentado con sus brazos abrazando a sus rodillas, no hacía más que mirarla y sonreía por tenerla tan cerca, por tener el perfil del sabor de la fresa.
Ella no supo qué decir, era como haber perdido las palabras en el río mientras aquello tan cruel tiraba de sus pies, así que sonrió, se sentó a su lado, apoyó la cabeza sobre su hombro, se cubrió los ojos de fantasmas e imaginó que …
“Erase una vez un mundo de los dos por el que andar descalzos, entre la picardía de la sonrisa, la locura de llevar una princesa, la prenda prestada, perfumada, ansiada, de un traidor y el soplo de un deseo en común que está más cerca que la intención de emprender un paso…Todo lo que tú quieras a partir de creer, todo en lo que creas, te defiende de las garras de la duda…”


                                                                          Mayte Pérez (Principio)
PRINCESA PROMETIDA


No importa que un día le pidas al cielo un destino y no encuentres respuesta inmediata,
que camines de puntillas sobre las líneas de mi mano
y no sepas todavía donde está tu lugar,
que caigas de rodillas por el peso de una nube
y sigas creyendo que está hecha de corazón de plomo,
que pintes estrellas amarillas sobre el tejado
y una lluvia torrencial las lleve hasta orillas del desierto.
No importa que hayas dejado de creer lo importante de ese espacio que ocupas,
el peso de tu nombre cuando lo llevo conmigo,
vagabundea por el viento y se imagina enredado en la frondosidad de la copa del árbol,
el valor de tus palabras cuando te las robo sin querer
y las guardo para cuando no tengo alimento que probar
que tanto ansía el interior por donde volaron mariposas.
No importa que un instante te sientas tan perdida
como el diente de león flotando sobre el inmenso valle,
que lleves de la mano a la tristeza sin querer y pienses que no se irá nunca de tu lado,
que inicies planes a largo plazo y sientas la distancia que te separa de ellos,
como la punta de una lanza que hiere perpetua,
que cambies la dulzura de tu sonrisa por el ahogo de un llanto de lágrimas de cristal tallado.
No importa que no vuelvas a creer,
que hayas dejado de sentir la vibración de tu latido,
que te veas ante el mundo del tamaño de Martina,
que pienses que ya no merece la pena subir deprisa
a la primera capa del mar donde le peina el viento
y que sigas pensando que se está mejor en el fondo
que construyendo un camino donde alcanzar tus sueños y probar del sabor del triunfo.
No importa que hoy hayas decidido no hacer nada,
que creas que una locura de las tuyas sea un pecado compartido conmigo,
que levantes paredes que te separen de aquello que más esperas lograr,
que pienses que te irás mirando al suelo
en vez de levantar la mirada en dirección al primer rayo de sol.

“No importa nada más que tu vida y aquello con lo que la quieras vestir y nadie como tú para decidir cuándo emprender un pequeño paso. No vuelvas a volar sin decirme adonde irás, princesa prometida, que mi vida sin ti no fue más que los días contigo, que en las noches de verano cuando salía buscando el perfil de tus labios, no había más que un espacio infinito y una luna llena tan hueca como mi alma cuando ya no supe más de ti, que eras interminable, princesa prometida y sabías hacer mejor que nadie que el tiempo sobre tu cuello volase, que las palabras que bautizabas con tu dulzura las probara con la mirada en el brillo de tus pupilas”


Mayte Pérez
"MI TROCITO DE CIELO EN TUS PUPILAS"
Sólo por volver a abrazarme a tu cariño,
por perderme un rato en tu recreo
entre la paz con la que me pintabas los hombros.
Sólo una vez más quisiera mirarme
en los ojos azules como el mar
que me abrieron caminos infinitos
pero siempre de tu mano,
subida a tu espalda,
mientras contábamos estrellas caer al infinito
e imaginábamos se se volvían luciérnagas
que cazar y llevarnos a alumbrar la habitación cómplice
de tantos cuentos para antes de dormir,
de tantos planes a tu lado, en tus brazos.
De tanto recordar olvidé
que emprendiste un viaje al país de nunca jamás y otra vez,
que aunque cierre los ojos no vas a estar al romper el alba,
que aunque cuente hasta diez,
no tocarás mi brazo y volverás a ganarme,
pecoso, cariño, piel de mi piel
gota dulce que habita en mi interior,
latido mío que abre paso a tu recuerdo,
al largo vacío de cuando abro la ventana al mundo
y se presenta ante mí no más que las ganas de pedirte,
de contarte retales impares,
de gritar que te amo una y mil veces y otras mil más,
de que una noche pidamos prestada la luz a una luciérnaga
y nos vistamos yo de princesa, tú de rey de los cielos
para combatir en las cruzadas
como cuando éramos un par de niños sinónimos,
complementarios infinitos,
cómplices sin fronteras...
De ti que tanto aprendí
hoy te busco sin querer en el recuerdo,
pues en mi olvido no habitas;
te busco en el fondo del mar,
en la flor del almendro que espera
a que subas a lo alto de su copa.
Y esperando tal vez,
algún día me de cuenta de que estabas tan cerca de mí
como lo está la niña de cabellos ondulados al sol
que siempre que me pierdo en su sonrisa,
tu voz me susurra como brisa estival,

con la dulzura de palabras que guardabas siempre para mí...

Mayte Pérez (Te quiero, otra vez)



"ESPERABA"

 No hay como sentir una carencia,
 la imposibilidad cercana de un suceso,
 para ansiarlo y
 llegado el momento,
 finalmente gozarlo en su verdadero valor.
Nada como el comienzo de un camino
con la riqueza de la fertilidad de la tierra
donde labrar un destino
con brazos abiertos
y la esperanza de recoger
las semillas esparcidas por el soplo del viento,
convertidas en refugios donde cubrirse
de una duda que toca el umbral
del descanso de un reto.
Hubo un ángel que tomó una moneda
y arriesgó su destino a dejarse llevar,
entró en la profundad del mar,
en donde sus aguas eran del sabor de la sal
mezcladas con el dulce de un placer.
Llegó a orillas mecido por las olas
sin volver su mirada al pasado fugaz,
mirando al cielo dejó sus alas escondidas
dentro de una botella de cristal
para ofrecerlas a que el inmenso azul
las llevase a dar vida al comienzo de un latido
que se rompió al caer al vacío.
De entre las algas bañadas de espumas blancas,
unas manos abrieron paso al par de alas
que tantas tormentas hicieron vagar,
largas noches enteras sin cesar
hasta llegar a la calma de un corazón,
 quizás tan cálido como el calor del sol .
Se tendieron a la danza de la brisa,
sus plumas se enlazaron
 para hacerlas volar  de puntillas
y llegar a cubrir el contorno de un cuerpo
del sabor de la caña de azúcar,
que esperaba probar el futuro
visto desde el horizonte
en la claridad del comienzo de la mañana.
Una vez dueñas del contacto de aquella piel
hicieron emprender el vuelo
del que Ícaro fue testigo
y llegó a una isla del color de la esmeralda.
Aquel pequeño cuerpo no supo buscar caminos
por donde comenzar, no sabía de tristezas
ni soportar el peso de una adversidad
del color de las cenizas.
La vida tiró de sus entrañas una y mil veces
a pesar de sus pies clavados entre arenas tostadas,
hasta llevarla al lugar que le esperaba durante tanto tiempo
en el silencio de un suspiro escondido entre las nubes.
Al llegar al filo de la montaña,
escondió su rostro entre las palmas de sus manos
haciendo nacer un río del sabor de la sal de sus lágrimas,
que la llevaría de nuevo a orillas de la ansiada calma
donde le esperaba una puerta en mitad de la amplitud
de la playa donde se ofrecieron el par de alas
para llevarlo hasta ellas.
El pequeño ser hambriento de pan y de agua dulce,
se durmió al amparo de la luz de la luna
en busca de un sueño que le curase de un presente en mitades.
Al despuntar el día abrió sus ojos cubiertos de arena,
se puso en pie y caminó hasta la puerta,
al abrirla escuchó la paz de una melodía,
vio volar hojas blancas embellecidas con palabras,
sintió que cada latido significaba un sueño
las heridas en su piel ya no desgarraban más,
de la amplitud del cielo se le pintó una sonrisa
al ver a lo lejos la continuación de su piel,
aquellas manos que ofrecieron al mar un par de alas,
sólo pudo escuchar una palabra que le pareció


uno del sonido de sus latidos..."Esperaba"...

Mayte Pérez                                      
EN TIERRA DE KHUN

En la tierra de Khun andan las sirenas,
vuelan por los cielos,
encuentras lagos de agua salada en desiertos de harina de maíz;
la diosa Juno y las amantes de Zeus pasean de la mano,
por las estrellas en busca de alimento para los Dioses del Olimpo
que ofrecen cada vez que quieren viajar al pasado y mirarse en el espejo interminable.
Apolo sale por las noches,
cada atardecer por miedo a que le roben la luz que esconde su nombre,
 las luciérnagas traviesas.
En la tierra de Khun, Hermes,
con el caduceo entre sus manos y apoyado en el tiempo,
conspira la unión de la sinceridad de la virgen y las dos caras de la moneda,
traza mapas con destinos escritos que ambos seres descubriran por separado
y culminarán en el mayor de los relatos eternos.
Perséfone se alimenta tan sólo de la brisa
desde que Hades se marchó de su lado
y suplica a Zeus que le lleve al inframundo en su busca,
llora diamantes que Cupido talla para ponerlos a brillar al sol
y apostar por la intensidad del mismo.
En la tierra de Khun cuando suena el despertador
Morfeo baja de la cima más alta en compañía de las nueve musas
de la mano de Hipnos en busca del río donde duerme Estigia,
para jurar por la unión que conspira Hermes.
Hay un mar de cristal donde se miran las musas
y cada vez que la luna hace subir la marea,
cubre de felicidad a Juno y a Zeus,
le recuerda la frescura de la jugosa pulpa de fresa entre sus labios
cada vez que da comienzo la hora de las brujas
y abre la ventana al mundo,
en la que se apoya para ver el mar en deshielo
y soñar que algún día de las sirenas que vuelan por los cielos de la tierra de Khun ,
una de ellas será la última que se esconda tras la puerta de dos hojas.
La tierra de Khun es fruto de la imaginación de Iris
quien sueña con colorear el mundo,
de Eos que pinta cada nuevo amanecer,
Circe que quiere alcanzar a Hécate con su magia
y convertir la guerra en paz,
el dolor en placer,
el peso del paso del tiempo en plumas de blancas palomas
que llevan mensajes de que algún día el mundo
se vestirá con la riqueza de las esperanzas que guardamos en nuestra caja de Pandora,
en el fondo del mar de cristal donde se miran las nueve musas y abrigan a la ciencia y al arte...

  Mayte Pérez

miércoles, 24 de septiembre de 2014

LA COSA MÁS DULCE
Imagina que tienes ya más de 20 años y te despiertas en mitad de la noche con una pesadilla...te das cuenta de que lo era y te vuelves a dormir como cuando tenías seis años y creías en la magia, en que los malos siempre perdían en las pelis, en que empezaban las vacaciones de verano y eran interminables, en que por las tardes, después de la siesta salías a la plaza del pueblo a por un polo de hielo y te tocaba volverte a casa a beber agua, porque solo te habían dado 50 pesetas y para agua no había.
Imagina que llegas del cole por la tarde y te espera en la puerta tu madre con aquello que escondiste roto y se suponía que se había perdido y resultó que ella lo encontró y además en tu habitación, al verla sabes lo que va a pasar y sucede, claro, pero tienes a esa encantadora personita a la que vas sin una lágrima caída y con cara de que no ha pasado nada, se te pasó una pizca el disgusto del bofetón, pero al verla sentada en la cocina, con esa sonrisa, ahí van un millón de lágrimas y vas corriendo a abrazarla y sientes su olor tan particular y crees que entre esos brazos ni pasa el tiempo ni nada te puede hacer daño.
Los brazos que te criaron, aquellos que cuando venías de madrugada con quince años y entrabas por la ventana, te daban en los hombros para que te apresuraras por si salía tu madre, que siempre estaba despierta pero como ya sabía que estaría ella, seguía dormida.
La personita dulce, dulzona, que te cobijaba de las tormentas, que cuando tenías algún desengaño te miraba y te lo curaba todo, hasta el dolor de cabeza cuando habías estado todo el día al sol, bañándote con tus amigos y ese día también llegabas tarde a comer y otra vez tu madre te castigaba sin comer y te enviaba de la oreja a tu cuarto; al rato después de oír el sonido de los cacharros de la cocina, cuando estaba todo en silencio y uno de tus hermano ya se había pasado por tu habitación a reírse de ti, el otro a darte un beso, oías subir las escaleras a unos pasos y luego la puerta, era ella otra vez, que venía con la comida y a decirte que te lo comieras rápido para que tu madre no se enterase.
La noche más feliz de tu vida, el primer beso, la alegría de la primera bicicleta, (aunque normalmente la heredábamos de los mayores), estaba siempre en un rincón pero lo veía todo, sentía tus emociones, cuando te ibas de excursión con el cole, la noche antes dormía con el rosario y con una cucharada de pasiflorine en el cuerpo, total para nada, no pegaba ojo en toda la noche pensando en tres cosas, que el autobús se podía estrellar, que alguien te podía raptar o que podías perderte y no te iban a encontrar nunca.
Así era la cosa más dulce, "La Yaya", el calor humano que piensas que nunca vas a perder, que siempre va a estar allí en su rincón esperándote llegar en silencio y abrazarte con el cariño que se da de corazón.
Imagina que mañana te despiertas y tienes los seis años de antes, estás en tu habitación y te despierta un rayo de sol que entra por la ventana, hueles al desayuno de los días de verano, el olor del pan tostado y las voces de tu madre que te llama desde la cocina, para ella que son las doce y tan sólo son las ocho, tú de vacaciones y ella con el mismo horario que en invierno (pobre mujer, para que digan que antes no había "estrés", al menos en invierno nos enviaban al cole y se quedaban más tranquilas, en verano debían tener más ansiedad de soportarnos a todos). Al bajar oyes a la vocecita entre los gritos de tu madre y la vuelves a ver con esa sonrisa cómplice y esas manos que ofrecen un delicioso desayuno, con ese vestido estampado y sus zapatillas oscuras, donde estaba ella, era todo paz, todo tranquilidad, no había nada que temer y si algo no te dejaba dormir, saltabas de la cama y siempre tenías un rincón a su lado que era del sabor de un bálsamo que curaba cicatrices, pesares, cuando le habías dado una pedrada en un ojo a un gato y pensabas que habías echo algo malo, así era ella, "LA COSA MÁS DULCE..."


Mayte Pérez (Mi primera maestra)
..."De sirenas y tormentas del cielo en mis pupilas,
de tantos sueños que se ahogaron a orillas del mar que compré para ti,
de todo lo que voló de mis manos,
de tanto amarte se me abrió el pulmón junto a tu costilla,
de tanto esperar se congeló el tiempo a tu lado... pero sin ti,
de tantas mentiras me creí estar sembrada en el reino de los cielos,
de tanto dolor ya no suena mi sonrisa al cascabel que te guardé en los zapatos,
de tantos silencios ya no quiero escuchar una palabra tuya"...



 (Mayte Pérez / Un último paso)


...Miluna Alma de Gelatina, se sentó sobre un banco de niebla a esperar que la luna brillase en todo su esplendor y que el cielo estival le regalase, una lluvia de estrellas con la que pedir un pequeño deseo; guardaba entre los cinco dedos de su mano, un pincel de pelo de dinosaurio, una brocha y un terrón de azúcar moreno.
Mudito Corazón de León, llegó descalzo, con una sonrisa, y una caja de pintura en tonos pastel, con el olor de la vainilla, que tanto le gustaba.
Ambos seres, se repartieron el contenido espeso que escondía el interior del recipiente que llevó Mudito y decidieron pintar el destino de cada uno, por separado, con dos condiciones, que firmaron sobre la orilla del mar, “ser felices, siempre y perseguir aquello que quisieran alcanzar para lograr ese estado tan latente, sobre el que uno se acuesta cuando es niño y a veces olvidamos cuando crecemos por fuera”



Mayte Pérez (Noche de verano granizada)
"PRESA, LA PALABRA"

El poeta soñador,
cuando tuvo a la palabra entre sus manos,
quiso hacerla tan propia de él,
que al privarla de la libertad,
murió entre el sudor tibio,
sobre las líneas que trazan destinos
y rompen la continuación de las palmas.

Cuando la palabra llegó al cielo,
ya no había sitio para ella,
entonces se marchó en busca de alquilar,
una nube esponjosa con forma de pez,
un lagrimal humano con pupilas color del mar,
un rayo de sol y un puñado de sal.

Tras su metamorfosis temprana,
se escondió en la nube alquilada;
sigue esperando que la lluvia de abril la devuelva,
de nuevo,
a las manos del dueño,
que la gestó una mañana,
y la privó de libertad por amor propio
por miedo a que volase de su costado,
y no volver a escuchar la dulzura de su sonido,
no volver a verla, escrita, sobre la virginidad de la hoja
que la arropa, a la vez que la acaricia.


Mayte Pérez
"EL COLOR DEL ALBA"

 Y se acostó, sobre la frescura de la hierba que cubría aquel inmenso valle, por el que perderse entre recuerdos de los cinco años, cuando el alma no sabe ni de carencias, ni de derrotas que abren heridas saladas.
Y guiada por el resplandor del sol fue cuando empezó a soñar, a dejarse llevar, a tocar sus deseos convertidos en realidad, con forma, con peso, con aroma a madreselva.
Y se sintió mariposa, que vuela, que se detiene, despreocupada de ansiedades, plena en querer descubrir la belleza que guardaba aquel lugar que daba ganas de vivir, de cerrar los ojos y descansar en plena dicha.
Y el verde que hacía cosquillas en el hueco de su espalda, pasó a acariciar las blanquecinas y delicadas plantas de sus pequeños pies, fue entonces cuando sintió la dulzura de un sueño, dormido pero presente.
Y emprendió camino a la vida, a romper las paredes de cristal que encerraban sus pequeños latidos estruendosos, a pequeños pasos con mirada encontrada, con firmeza de la dureza del diamante tallado, con certeza de que llegaría al encuentro deseado.
Y se sintió amplia, esparcida en gotas de rocío sobre la simplicidad de las hojas, se sintió probando la libertad, como mecida por la brisa que le alejaba los pies del contacto de la tierra, revoltosa libertad que se subía a sus hombros y se le iba enredando entre los rizos que peinaban al viento.
Y le gustaba sentir la brecha de aquel sentimiento aventurándose a volverse alegría, esa que llena espacios, que torna en burbujas destelleantes  las ganas de crecer por dentro, las de clamar al cielo supuestas promesas movidas con cuidado para que no se rompan y al hacerlo, vuelen al viento del norte.
Y  fue en su busca, con la intención de volverse saciada de aquel vacío que inquietaba tan sólo 72 horas y alguna noche que pasaba velando que a él no le quemase el fuego de un dragón y andase por un camino llano y delicioso como aquel cariño que les unía.
Y pensó en un mundo pequeño, pero apropiado para ambos, uno de esos que a uno le gustaría vivir aunque tan sólo un instante, de esos que te hacen significar algo más que un nombre y un par de apellidos. Y en aquel mundo compartido no cabían ni la humedad de las lágrimas ni el grito de la ira, era un mundo a medida que ella confeccionó de tantas batallas ganadas y de lo que aprendió en el camino de vuelta ya.
Y se atrevió a probar de la incertidumbre a su lado, del placer de dejar de pensar en círculos que no desembocan en mares, que se pierden antes de llegar. De probar a andar a ciegas por  el rincón de las delicias que recuerdan al pan de ángel  y a cuando alcanzamos la punta de una estrella.

Y cuando estuvo a su lado ,simplemente le dijo “ven” y le ofreció cubrirle del frío que se siente a pesar del verano, que viene del interior de los huesos y ella había aprendido a calmar el suyo y le iba a enseñar el cómo abrazar la vida, el cómo mover inquietudes, el cómo soñar despierto con los ojos cerrados esperando que un beso se pose detrás de la nuca, el cómo se funde la saliva de ambos y se recorre el final de donde empieza un espacio que no se ve, pero que de ofrecerse, uno se pierde en él lo justo para volver a querer perderse de nuevo.

Mayte Pérez (13/06/2012)
 DULCES, PRINCESAS
Encima de tacones con punta de aguja
cruzan miradas princesas de cabellos de colores,
te dan un respiro con el parpadear de sus ojos
vestidos con pestañas pesadas que profundizan
encuentros previstos en cualquier momento.
Con el peso del cuerpo,
entre calles oscuras jugándoselo
como  si de una partida de póquer tratase,
caderas de amplitud donde perderse del mundo,
esconderse de realidades felices aparentes
que quisieran parar las agujas de un reloj
y quedarse sobre el cálido pecho dormidos
para siempre sin el peso de una duda.
Fieles a cualquier promesa
con una sonrisa puesta sobre sus cuellos,
el calor de un abrazo con valor determinado
que aquel que lo sintió vuelve en su busca perdido.
El mundo a sus pies en mitad de la noche
les sorprende con elogios mezclados
entre el dulce del membrillo y escamas de sal
 que escuecen heridas cosidas
con el hilo de ir en busca de peces.
Acompañadas del amargo recuerdo
del calor de las paredes
que les esperan de vuelta,
sonríen mirándose el ombligo
esperando que inicie la mañana
y abandonar el territorio transitado
por lobos feroces vestidos de corderos.
De la lluvia de la realidad
les cubre un paraguas con agujeros
que siempre llevan escondidos
en sus contorneadas espaldas,
esperando escuchar el sonido
de unas cuantas gotas caer
para abrirlos y salir del escándalo
que se escucha sobre el asfalto. 
Princesas que sueñan,
que guardan tormentas ajenas
y las transforman en plácidas primaveras
esperando componer una vida
de encantos propios que llevarse al alma.
Dueñas de mil historias al aire
que se quedan entre el tejido que las cubre a mitades,

que se reflejan en el charol de sus zapatos traidores...........

Mayte Pérez (Asfalto entre los dedos)
PUERTO DE SUEÑOS

La frescura del consejo que ofrece
el abrazo del silencio,
después de una tormenta emocional,
librada en un barquito de papel.
El alma al aire en estado puro
y líquida,
 por la humedad de lágrimas redondas del peso del plomo,
ahora,
 libre de la prisión de los deseos del pensamiento.
La huida del centro de la Tierra,
con la esperanza de subir  a sentir aire que respirar,
tan necesario como la sed de una caricia temprana
que fue un instante fugaz,
y sin embargo,
se siente en momentos de ausencia anticipada,
de lo que ya es y antes era.
La palabra con ganas de salir de las entrañas,
que se muere por cubrir un vacío y espera,
arrodillada entre la incertidumbre,
 al no saber,
si al convertirse en sonido,
herirá al ser humano inseguro,
pero mitad del ama que la gesta,
igual,
 el mismo ser.
La larga espera dentro de un agujero en la luna,
mirando a las estrellas  esperando salir al sol;
Abrigar una duda y a la vez,
dejarla marchar por la cicatriz que deja ,
si se instala entre la piel.
Soñar de nuevo, ahora,
con una brújula y un mapa,
para no perderse y crear  burbujas felices.
Caminar por la senda del poeta,
decorado con hojas caídas color canela,
hijas del árbol donde refugiarse de la tormenta emocional que se libró una mañana.


Mayte Pérez (“Esperanza de luna llena”)

“SE PERDIÓ EL NORTE”


Bajaban la calle, Trufita y Caramelo, comiéndose a consejos, ella vestía de azul, descalza, con las sandalias en sus manos, llevaba el pelo recogido con un palillo chino de plata, y sobre los hombros, aparte de mil granos de azúcar moreno, le rozaban cabellos que se escapaban de la presión en busca de libertad.
Él, llevaba su camisa blanca, había sido esta el camisón alguna noche, de ella, pantalón tostado y zapatos tan cerrados como lo fue su vida antes de conocer que sin duda, existe más de un camino.
El cielo se prestaba a peticiones de deseos, cada vez que se recordaba los millones de estrellas fugaces que se dejaron caer en el mar, la luna no hacía más que brillar,  alumbrando el destino de ambos personajes, tan lejos uno del otro, como lo están la el amanecer temprano y la hora de preparar el desayuno.
Al llegar al puerto de sueños, se sentaron sobre el suelo, decidieron que llegó la hora de poner sus almas al descubierto y fue entonces, cuando por la puerta, que al abrir, le recuerda el tejido al ser humano, del que se le trenzan la vida, la existencia y la alegría de saber que se está en el lugar en el que se debe dejarse caer, sonriendo, sin miedo, con los brazos abiertos y sin adivinar, qué será el siguiente paso, hacia dónde nos llevará.
Y el norte se les perdió en mitad de los dos, en forma de caricias que se extrañan y se piden como bendiciones, de ilusiones revoltosas, de recuerdos infantiles, de vivas sensaciones que se escondieron.
Ninguno de ellos era consciente de que al marcharse, les dejaría en brazos de una larga y pesada incertidumbre, que juntos, y como en un juego, debían resolver, tarde o temprano.
Con el paso del tiempo, sin caer en la tentación del olvido, llegaron a la conclusión, de que, el día que el norte de ambos, decidió escaparse de sus vidas, fue para que juntos, pero en la distancia, se dieran cuenta de lo mucho que se amaban, de que siempre fueron, incluso antes de existir y lo más importante, cuando cada uno de ellos fue en busca de aquel punto cardinal, por separado, se dieron cuenta, de que sus almas estaban tendidas al sol y a la luz, todo es tan claro, como cierto. Entonces, el norte regresó a sus vidas y el resto de los días que quedaron por probar lo hicieron juntos, tan cerca como el latido y el órgano que lo crea, como la sal y la humedad de un beso …


Mayte Pérez

UN CUENTO, UN SUSPIRO Y UNA CANCIÓN EN 1978



Debajo de una silla de madera de pino pintada de verde, se esconde Luna, una niña normal  de cinco años que está en edad de jugar y creer en cuentos de princesas. Ella merienda pan con tortilla y quesitos y está allí sin querer, alguien le dijo dónde debía ponerse en aquel instante; quiere salir de la bodega y subirse al almendro a mirar al cielo de verano. Todos  los mayores están enfadados, hay una palabra que no conoce que es "canalla", piensa que ocurre algo y le gustaría que Pom entrase por la puerta para poder salir corriendo tras él hasta el camino de los quemadores y poder evadirse un momento de tanta tensión que lleva dentro de su pequeño cuerpo de carne y hueso.

Se tapa los oídos y piensa que si sale los mayores al verla callarán tantos gritos y los latidos de su corazón irán más despacio, a Luna le gusta el sabor de la paz.  Busca a su hermano, tira la pelota pequeña para que él juegue pero no está, no se la devuelve, quiere salir a que su hermano Pedro la abrace y le diga qué está pasando, dónde está su madre y si vendrá también a por ellos o traerán a la pequeña Angélica con ellos, quiere que estén los tres juntos, como en las tardes de invierno en el salón cuando su madre les pone la película de Pinocho en el proyector y meriendan pan de leche con paté hasta la hora del baño.

Se pregunta qué será  esa palabra tan fea, "canalla" que escuchó decir a su tío Francoise, el que vive en Niza, y se acuerda de los zapatos del hombre malo que encontró en el pasillo del piso del pueblo donde vive en invierno, y después volvió a ver sobre un peldaño de  las escaleras, que suben hasta el desván, junto a la bodega. Después de un rato, considera que quiere salir y lo  hace tan  despacio como se despereza Gina, la gata blanca de su tía Violeta, cuando todos se han ido. 
Quiere ver a su padre y tampoco está, ella está feliz porque piensa qué vendrán los tres juntos, papá, mamá y Angélica, pero lleva mucho rato subida al almendro y no escucha la música fuerte  que tiene puesta su padre en el descapotable rojo, tardan mucho en llegar y Luna, se pone triste, pues aunque sea tan pequeña, es un ser muy especial, lleno de tanta sensibilidad como estrellas en el cielo brillando alto.

La yaya Teresa la llama, ella no dice nada y está asustada, llora y espera que se le pase un poco el dolor que tiene en la barriga, para que la yaya no la vea así. Baja del árbol y corre en busca de los brazos que la protegieron desde el mismo día en que nació, Luna sonríe y la abraza muy fuerte, pero no dice nada, esconde la cara en el delantal rojo de vichí, que huele a leche merengada. Le dan un baño con la esponja azul y el gel de moussel que huele al jardín de la casa de Amelia, no hay cuento esta noche, y  quiere dormir al lado de la cama de forja rosa, en la cama plegable, donde nació hace cinco años.

Se pone el pijama de gatos azules con una sonrisa para que la vean feliz, que parezca que no sabe nada, no quiere dormirse sin ver a su padre, pero no lo verá hasta mañana; la yaya le da un beso muy fuerte y la llama reina, Luna dormirá sola pero al lado de la cama rosa y envuelta en el aroma a madreselva, la colonia que guarda la yaya en el primer cajón de la mesilla de noche, junto  a los pañuelos y el pastillero de porcelana.
Todo está en silencio en la finca, lleva mucho rato despierta mirando a la ventana por donde se asoma la palmera y no quiere levantarse por si molesta, el sol no salió todavía pero quiere encontrar a su hermano mayor. Se levanta descalza aunque sabe que eso no está bien y que le dolerá la garganta, pero no quiere hacer ruido. Cruza la bodega a oscuras hay luz en el baño,  huele la colonia de su padre, corre por si se va, pero está allí en el baño, le llama fuerte y al verlo se sube al taburete de flores a mirarse el flequillo en el espejo, mientras él se está afeitando, esta mañana él no sonríe como siempre, Luna teme preguntar, pero está feliz porque piensa que mamá y Angélica están dormidas en la habitación de la segunda planta, que da al patio antiguo donde están los conejos y los pollos.
Su padre le trae los zapatos rojos, se los pone y le da la mano para llevarla a la habitación, no le tira de la nariz porque no los lleva puestos, ni la riñe, tampoco la sube a hombros, ella piensa que estará cansado, le da un beso y un abrazo y la mete en la cama de nuevo, Luna tiene que dormir porque aun es de noche.
Cree que está soñando cuando escucha la canción de la yaya a la vez que la despierta..."estas son las mañanitas que cantaba..."; piensa que lo de ayer era un sueño, pero parece que no, la llevan a la cocina y cuando ve la silla verde recuerda lo de ayer, la tía Marina le cuenta que pronto irá al cole, su primer día de cole, Luna quiere ir, pero que la lleve su madre y no está. 
Hay cebada  granizada y buñuelos de harina de arroz que trajo el yayo Pedro para desayunar, se pregunta que por qué no está en el pueblo con los primos, o por qué no están los primos en la finca con ella.

Le han tirado de las orejas y las trenzas y la han llamado chocolatina, es él, su hermano, Luna le abraza y lo saca fuera para que los mayores no escuchen las preguntas que tiene para él, lo abraza al Tete y llora mucho, entonces le cuenta, creyendo que él sabe algo porque ha visto cosas y es más listo; la tranquiliza y le dice que no pasa nada, le da un beso en la mejilla y entran a terminar de desayunar y a prepararse para ir a la playa con  la  tía Violeta en el coche de Paco...

Mayte Pérez (Verano, septiembre de 1978)



martes, 23 de septiembre de 2014

LIENZO QUE ESCRIBIR  

Por la quietud de mis aguas puras
quiero que vengas a buscar de mis encantos,
de mis palabras que te cubren de ilusiones revoltosas
de lo que te ofrecen mis promesas
las que me despiertan cada mañana
y con las que duermo cubierta
para soñar que al despuntar la mañana
serán tus manos las que me den de la paz que ansío
de la calma con la que tocabas el perfil de mi espalda
esa por la que tantas veces caminaste desnudo de prisa
en la que dibujaste escenas tuyas y mías
que vivir con los ojos abiertos y sintiendo la realidad
lo inesperado que se vende a cada instante
cuando  no se espera más que lo que se vive.
Hubo más en el trazo de un camino exacto contigo
que en toda una vida entera,
más en ofrecerte encontrarte con mis pupilas,
que en las miles de miradas perdidas
de las que probaste su brillo cuando se te rendían.

Si existe placer en el que esconderse
que sea al entrar en mis aguas cristalinas
que yo las volveré sólidas
para cuando quieras salir y andar por ellas
por la senda que te lleve a sentarte
sobre mi pecho,
ese que te ofreció alimento cuando tu ser creyó tenerlo todo,
ese que guardo sobre la ligereza del satén que roza
en mitad de la noche mi piel y que al llegar tú a mí
dejas caer en el suelo escuchándose la dulzura
de un encanto con el que cubrirse los ojos
y dejarse llevar por parajes desconocidos
que una vez  transitas no olvidarás jamás.
Cuando hayas perecido de buscar tesoros
que te enriquezcan por fuera,
ven a buscarme en el fondo del mar
que tengo para ofrecerte toda una vida
en la que volver a vivir aquellos recuerdos
que anhelas, que cuelgan del techo,
tan sólo te pediré que en cada paso previsto
puedo escuchar a los tuyos que me abren
la ventana de un futuro visto desde mis ojos
el que no conoces y del que soy dueña,
sólo pedirte que compongas un velo
con el que cubrir mis grietas en el espacio que no ve la luz
ese que se vuelve de la inmensidad del desierto
cuando voy en tu busca y no encuentro mirada
en la que envolverme para dar de beber a un pozo sin fondo
a los pasos encerrados que no llevan más que a preguntarse
una vez más cómo pudo haber sido
sentir tu aliento a voces antes de haber vendido mi vida
de haberme entregado al azar de un capricho de juventud
de una decisión que se toma como la bebida diluida en hielo,
fría, como el cubo imperfecto que decora el vaso.
Sé de un lugar donde podemos sentir
 la libertad del sabor de la menta fresca,
la metamorfosis de la clandestinidad de los besos robados,
esos que me arrancas cuando trepas hasta mi ventana
y en mitad de mis sueños guardas en el saco
que esconderás dentro de tu armario
para cuando llegue el otoño y caigan hojas a tus pies
las mezcles con ellos y dejes que se relate
una de las más bellas historias de amor,
entre el perfil de mis labios, la caricia de las plumas de tus alas
el roce de tu piel con la mía propia,
el sueño al que dar vida y al abrazar dejar rodar el torrente
de la felicidad por las mejillas tan sólo por saber
que nunca se deja de amar, de volver a creer
de saber que te ofrezco la vida desde mis comienzos,
que puedo continuarte con un trocito de ti sintiéndote tan dentro de mí
como está la burbuja instalada en el agua
que al volverse salada y nadas en ella te encontrarás
con el color de mi sonrisa y mis brazos esperando cerrarlos contigo.

Mayte Pérez (Puerta azul de dos hojas, contigo)