Mayte Pérez

jueves, 25 de septiembre de 2014

DE RETALES A TU LADO, PRINCESA (2007) 

(BORRADOR, AGOSTO 2014)


Salió por aquella puerta y le dio la sensación de haberse marchado de un salto por la ventana. dejó su teléfono sin colgar, después de haber escuchado una noticia,  sobre el alfeizar de la ventana de la cocina, junto a la planta de menta.
Sentía un vacío pesado como el plomo; en su cabeza, rodaban, más que pasar, los pensamientos. El corazón le latía rápido, le acompañaba una agitada respiración y un deseo de desaparecer, de disolverse como una diminuta gota salada expuesta al calor del sol en agosto. Estaba a punto de sufrir un ataque de pánico y esta vez no era consciente de que estaba perdiendo el control y acabaría metida en el agujero del dragón del miedo.
Subió al coche, antes de cerrar la puerta y de que sonase algo de Mike Oldfield, lo descapotó, con la intención de que el aire  que corría por la avenida donde vivía, se llevase todo ese torrente de angustia que la inundaba y que ya no recordaba haber sentido anteriormente.
Ni una sola lágrima podía dejar escapar, una soga le ataba el estómago, sobre su piel la humedad del sudor anormal, no acorde con la temperatura de aquel mes de marzo. Le dio al contacto, pisó el acelerador y se marchó huyendo de todas esas sensaciones que la encarcelaban en un momento del que querer escapar con los brazos abiertos.

Llegó a la playa donde se escondía de la realidad, donde iba a mojar sus pies cuando el asfalto le recordaba el lugar al que quería llegar; se quitó las gafas de sol, miró aquel atardecer del color de la piel de una naranja,  y pensó que, a pesar de la debilidad de aquella luz, era suficiente para poder llegar nadando hasta Tabarca.
No nadaba desde hacía años, pero sentía en su interior, algo grande que le superaba en tamaño, en espacio, en emoción… necesitaba lanzarse al mar, nadar, dejarse llevar, derramarse por dentro en contacto con el agua salada, para maquillar un par de litros de  lágrimas dulces con ansias de morir entre la sal del agua.
 Llamó a Emà, desde la cabina que había en la calle donde dejó aparcado su coche, su mejor amigo y en un instante  lo vio llegar a lo lejos, con esa sonrisa que tantas veces le cubrió los hombros del invierno, con esa  delgada silueta, con ese estilo libre de andar, tan característico de él,  que a Arcanda, le gustaba tanto mirar de lejos.
-Siempre sorprendiéndome, princesa. Dijo Emà mientras se sentaba sobre la arena, junto a ese cuerpecito con olor a vainilla y una duda tan inmensa como el testigo de aquel extraño encuentro, aquel Mar Mediterráneo.
-¿Trajiste el bañador? dijo ella sin quitar la mirada del horizonte.
-Por supuesto, no sé dónde  vamos, sólo sé que hoy no debo dejarte sola, y que Pablo se habrá quedado en casa, preguntándose donde iría su mujer, en el mes de marzo, en bikini, sandalias   y con un paquete de tabaco rubio, si hace años que lo dejaste, nada más, ¡ah claro, cómo no! ya sé, el aniversario de Miguel Hernández, ¿es eso? mi querida poetisa, pequeña cosita.
-Que no, además hace ya un par de años que no escribo, tal como lo hacía antes, ya ves.
Arcanda y Emà, eran amigos desde hacía muchos años, entre ellos se había construido algo más que una amistad, llevaban sin verse un tiempo razonable, según diría ella
-Emá, tengo algo que contarte, algo que me está superando, Dios mío…
Arcanda lloraba y lloraba y por mucho que Emá le abrazase, su llanto no volvía a su origen
-A ver, princesa, cuéntame ¿qué sucede?
-¿Te acuerdas de mi paciente, Enrique Santos? aquel chico  que conocí en Bolivia…
-Imposible  olvidarme de él, hiciste que me encariñase con todas esas cosas que compartía contigo en terapia y tú después, me las acercabas al oído, siempre con tu buen sentido del humor y bien ¿qué sucede con Enrique?
Arcanda se levantó, se quitó el vestido, dejando su cuerpo protegido con un biquini azul, le tendió la mano a Emá, miró a la puesta de sol y le dijo: -Vamos hasta la isla y al llegar, te cuento, que todavía hay luz.
-Antes de salir, llama a Pablo, que debe estar preocupado, toma mi teléfono y sabrá que estoy contigo, por favor.
Arcanda llamó a casa y colgó el teléfono al sonar dos veces, recordó que Pablo había salido con su hijo y unos amigos a ver un partido de fútbol y que llegaría tarde; llamó a su hermana para ver cómo estaba su hija  y no le contestó.
La tarde estaba tan en silencio como los labios de aquella mujer, aquella inmensa cantidad de agua salada, estaba quieta, tranquila, esperando que los dos cuerpos entrasen.  Emá no decía nada, pero su corazón simulaba a un torbellino, nunca la había visto así, estaba tal como la última vez que se vieron, en ese mismo lugar, lo único diferente que encontró en ella fue que ya no usaba reloj, y  que había perdido peso;  hacía tanto tiempo que no estaba con ella, que en realidad, no sabía si seguir pensando en aquello que le contaría al llegar a Tabarca o en no dejar de mirarla ir de un lado a otro.
-Vámonos de aquí, llamo a Ana y que nos prepare cena, seguro que el restaurante todavía está abierto,y se alegrará al vernos, además de sorprenderse, llegamos al club naútico y cojo la lancha, no estás para nadar, ni yo tampoco y seguro que hoy hay medusas valientes que vendrán a buscarnos y nos envenenarán si nos atrevemos a nadar, y no princesa, no, creo que ya cuentas con demasiado tóxico dentro de ti.
Con la risa de Arcanda se llenaba el mundo entero, cómo sonaba entre sus dientes, cómo se escapaba aquel sonido y contagiaba esa alegría, no pudo evitar soltar una carcajada al escuchar la última frase de Emà y no pudo decirle “un no” a aquella propuesta; en realidad, más que nadar, necesitaba estar con él esta noche y hacerle partícipe de su angustia.
Emà cogió las llaves del coche de Arcanda, para cogerle una chaqueta, la botella de agua y el paquete de chicles de fresa que siempre llevaba en la guantera; al llegar hasta ella, la cogió por la cintura, subieron a su coche y el silencio volvió a crear distancia entre ellos.
Entrando al puerto, ya había anochecido, se veía la costa a lo lejos, la luz del faro en el cabo, dando vueltas y de cerca, parpadeando, a los del puerto,  el mar era como un cristal, como una pista de patinaje al que rascar con la cuchilla de los patines.
Emá salió del coche y se acercó  abrir la puerta a Canda. -Adelante, mi princesa favorita, hoy alumbras a los peces , con ese brillo en la mirada. Arcanda se abrazó muy fuerte a él, hundió su cara entre su pecho y volvió a sentir ese inmenso vacío, esas ganas de escapar del mundo. Emá notaba los latidos de su corazón y le apretaba fuerte como si ella se lo pidiera. Le acariciaba el cuello, le daba besos en las mejillas, hacía tanto que no la sentía tan cerca, que cada segundo a su lado, era toda una vida entera.
Llegaron hasta el pantalán 32, cogieron la lancha y salieron a llenar el depósito, mientras repostaban, Emá llamó a Ana. -Preciosa Ana, tengo una sorpresa que quiero que veas , y ganas de pasar  una velada contigo y Pedro, salgo del club náutico, te veo en media hora.
A Canda le gustaba ese olor en el puerto al atardecer, observar la espuma del agua que se quedaba atrás por la popa, ver volar a las gaviotas en busca del pescado que traían las pesqueras, estaba sentada con las piernas cruzadas, con una manta sobre sus hombros, tomando un té, a la vez que escuchaba la música que puso Emá.
-Bicho, para, para que no me encuentro bien. Canda se asomó y devolvió hasta el desayuno, su cara estaba pálida, por suerte el mar estaba en calma y su estómago no corría más peligro. Emá se sentó y  la acostó, apoyando su cabeza en sus piernas.
-Eres un traidor, sigo fiándome de ti y ahora dime, qué me he tomado, algo me has metido y créeme si te digo que si estuviera más cerca, nadaba hasta la costa y te quedabas aquí tu solo.
Emá reía tanto que su cuerpo se volvió tan blando como un postre de gelatina, a la vez que acariciaba a Canda, le decía: -Tú no te has visto como estabas cuando he llegado a la playa, estabas sufriendo un verdadero ataque de pánico, mi fantástica criatura, temía que no hicieras caso a dejar lo de nadar, al llegar al club he pensado que necesitabas bajar las pulsaciones, pero creo que me excedí con la dosis, olvidé que estás al otro extremo de la campana de Gauss, hipersensibilidad a la medicación, entre otras cosas, claro. Y ahora estás como un trapo de algodón, ¿te das cuenta que podrías subir un abuso por mi parte?. Las risas de ella se escucharon en aquel mar, alumbrado por la luna, en fase maníaca.

-Pero Emà, jajajajaj, perdona mi risa, sabía que en algún momento me ibas a proponer olerme la piel, claro que sí, pero que no lo harías estando drogada, nunca. Sí, drogada, creo que tengo ganas de llegar a la Isla y dormir. ¿Recuerdas la noche que pasamos allí, hace 10 años? Había fumado tanta marihuana que no te atreviste a levantarme de la tumbona que había a orillas de la playa, cerca de la cova del llop marì, me tapaste con una toalla y te fuiste a casa del americano.