Mayte Pérez

jueves, 25 de septiembre de 2014




MI SABIA MARIPOSA


Andaba una mariposa solitaria e inquieta , en busca de la primavera, cuando de repente se encontró con el caluroso verano y sorprendida, le pidió que volviesen a florecer para ella todas aquellas especies sobre las que volaba y descansaba de vez en cuando.
 El verano se sentó sobre la frescura del Mar Mediterráneo y estuvo meditando la petición de la encantadora mariposa hasta que la luz de la luna le hizo salir del mar a secar el sudor de su frente sobre una toalla de rayas tendida en la orilla de la playa.
Pasó toda la noche pensando en aquel pequeño ser dueño de un par de alas que la ayudaban a flotar en el aire y a ser mecida por la caricia de la brisa.
Pasaron días enteros y no lograba quitársela de la mente ni dejar a un lado la sensación que le produjo aquel encuentro tan fuera de lugar como un copo de nieve junto a hogueras de San Juan. Cómo iba una mariposa a encontrarse de ese modo con la estación veraniega, sin previo aviso, se mostraba deseoso de conocer cuál fue el motivo y a pesar del peso de sus grados, salió en busca de la sabiduría de la tortuga que vivía en la sombra de la palmera más grande de la playa. Al llegar la encontró con la cabeza metida en el agua y ésta al verlo hizo un gesto como de saberlo todo, dio un pasito hacia él y le preguntó por la visita inesperada, le tocó las manos, le miró a los ojos de fuego y advirtió frío en su alma, acto seguido la tortuga llamó al sol y con la escalera más alta le contó al oído un presentimiento que pesaba sobre su caparazón.
El verano no hacía brillar al sol, le escondía entre las nubes y de vez en cuando alguna lluvia se dejaba caer sobre la sequedad de la tierra, el viento soplaba fuerte y a lo lejos se veía llegar al otoño, repleto de hojas caídas y de chaquetas para cubrir carencias del verano.
La vida era todo un cáos y mucho se temía la tortuga que la protagonista, o mejor dicho, la que desencadenó aquel accidente meteorológico fue la belleza de aquella mariposa que se desvió de la estación de la primavera y se encontró con el verano por casualidad y sin razón.
Sin pensarlo dos veces fue en su busca y le encontró cubierto por las hojas caídas del otoño y a sus pies un mar de agua dulce que ocupaba tanto espacio como un océano inmenso y poderoso. Al ver a la tortuga ante sus ojos sonrió y ésta vio en su mirada de fuego un espejo congelado, le ofreció su mano y fue entonces cuando le contó de aquel día en que aquella mariposa se cruzó en su camino, sintió que necesitaba del batir de la frescura de sus alas para cuando apretaba el calor, que en su vida no conoció tanta dulzura como en cada palabra que escuchó de tan pequeño ser, que sentía un desierto en su interior, incluso estando sentado junto a las cristalinas aguas que formaban parte de la delicia de las playas cálidas.
La tortuga que era sabia le propuso ir en busca de la mariposa y escuchar su petición de nuevo, tomó su mano y partieron hacia un valle que ahora se vestía del color amarillo, del dorado del sol. Nada más llegar la encontraron escondida entre la humedad de las hierbas que sobrevivían al calor, bajo la sombra de una hoja que la vida le ofreció para poder soportar las altas temperaturas. El verano se acercó a ella y ésta le dio la espalda sin más, recordó su petición y que no hizo nada, quiso abrazarle pero tenía miedo de poderle quemar.
Transcurridos unos minutos el personaje que solía existir en primavera acarició el rostro del verano y esperó su petición, él le propuso un camino de flores a sus pies si ella prometía ofrecerle el batir de sus alas en junio, julio, agosto y mitad de septiembre.
Desde aquel día vive posada sobre sus hombros y de vez en cuando nos la encontramos perdida sobre la arena, recordándonos que la vida ofrece todo en su justa medida, en el momento apropiado y que todo es posible tal como lo es que una mariposa regale con el baile de sus alas, frescura en el mes de agosto…



Mayte Pérez  (Todo lo que tu quieras...)