Mayte Pérez

viernes, 13 de febrero de 2015

"ASÍ EN LA TIERRA COMO EN LAS ALTURAS"
Al cerrar la puerta principal con la llave plateada, dejó dentro de aquella mansión a más de la mitad de sus recuerdos. En un principio previo a su repentina marcha, mientras hacía la maleta anaranjada, no imaginaba lo que le depararía el destino, sólo era consciente de que iba a soportar un peso emocional del tamaño de un universo y que contaba con la ayuda de su gran amigo, el tiempo. Al subir al taxi que la llevaría al aeropuerto, sonó el teléfono y por quinta vez, decidió no escuchar las súplicas que la mantenían estática en el mundo en que se había desarrollado como lo que era en ese preciso momento, una mujer que evitaba ponerse tacones, prendas íntimas de blonda, encajes y color negro, alguien a quien le gustaba vivir apartada del mundo, escribir debajo de la cama, apoyarse sobre la ladera de la montaña, y quedarse dormida contando las estrellas de dos en dos, hasta dormirse.
Era un ser a quien el mundo se le quedó pequeño, tanto como unas pupilas a la luz del sol, alguien en busca de un camino nuevo, cansada de espinas que se clavaban en las plantas de sus pies, de polvo que se iba instalando entre los dedos, conforme avanzaba paso a paso hacia el lugar en que su madre le indicaba alcanzar nada más nacer.
Siempre pareció escuchar a sus presentimientos, pero esta vez los calló un grito que le salió del alma y decidió dejar de perseguir a Peter Pan y a sus locuras de juventud. Antes de abandonar su presente, se sentó en el último escalón y por su materia gris, volaron recuerdos de largos días al lado de la persona a quien más amo, a quien más lloró al marcharse de su lado. Se levantó de un salto y fue en busca de un diacepam de dos milígramos, para calmar, más que a sus pensamientos, a las conversaciones instaladas en su cabeza; se sentía al borde de perder el sentido, no sabía si abrir la ventana y lanzarse al vacío o ponerse en contacto con aquella adivina que siempre la curaba al meterla en su boca, bajo la lengua.
Al llegar a la entrada del avión, su corazón se aceleró, volvió el pánico a volar, ese sudor frío, esas ganas de salir, ese miedo a pasar tres horas allí arriba como una esponjosa nube, deshaciéndose como un hielo bajo el sol en el mes de agosto.
Viajaba en primera porque pensaba que haciéndolo, si se estrellaba el avión se salvaría, cosas de Arcanda. La azafata la ayudó a sentarse y al ocupar su lugar, se dio cuenta de que su asiento era el que estaba lejos de la ventanilla.
Eran precisamente las 12:13 PM y no soportaba la luz tenue que iluminaba el interior del avión. Llevaba en las manos, apretado, al rosario de su abuela y rezaba para que no llegara a tiempo del vuelo la persona que tendría a su lado y de esta forma no tener que sentarse lejos de la ventanilla. A punto de cerrarse la puerta, miraba las luces en la distancia y el color del suelo de la pista y escuchó una dulce voz que dijo así “Disculpe seré su compañero de vuelo” a lo que Canda respondió “Hola sí, este es su sitio” y a su compañero pareció no importarle que ocupase su asiento. Mientras se escuchaban las instrucciones de la azafata, a Canda le pareció que la respiración de su compañero se aceleró, no quería mirarlo directamente para no ponerlo más nervioso de lo que le pareció que estaba, miraba sus puños, cerrados, apretados, se había puesto los auriculares nada más sentarse. Transcurridos unos 20 minutos se levantó en dirección a la salida y ella aprovechó para salir al baño, al llegar en vez de sentarse en su lado de la ventanilla, lo hizo en el asiento que tenía asignado desde un principio. Cuando llegó él la miró y con una sonrisa, se sentó sin decirle nada. Ella le miraba las manos, mientras sostenía un libro de Kávafis y al leer Ítaca, no pudo evitar dirigirse a aquel hombre “¿Kavafis? es uno de mis favoritos” “Pues el libro es un regalo de un compañero y al leerlo me está sorprendiendo la forma en que el autor va relatando en forma de poemas”.
Canda no podía dejar de mirarle los labios mientras le hablaba y aquel tipo pareció hacer lo mismo. Los labios de Canda nunca pasaban desapercibidos a la vista.
“¿Qué va a hacer en Estambul, vacaciones? Preguntó Canda “Soy médico, disculpe, mi nombre es Mario y voy a dar una conferencia sobre la enfermedad de Alzheimer, ¿usted?” “Me llamo Arcanda y voy a escuchar su conferencia, aunque le resulte tan extraño como a mí”. Mario le ofreció su mano y Canda sintió su humedad al estrecharla, casi podía sentir sus latidos ahora más apaciguados que antes, en el pulgar….(Continuará…)

Mayte Pérez