Mayte Pérez

domingo, 9 de noviembre de 2014

LOS OJALES DE TU CAMISA BLANCA


 Aquel día del mes de septiembre, apareció en su mente el recuerdo de  una maravilla en el interior del Templo de Debod, la misteriosa y callada presencia  de Arcanda, dando color a las paredes del lugar. La jugosidad de sus labios, ese perfil sobre el que inventar encuentros en los que eras dueño de ellos toda una noche entera, y con uno de los dedos de tu mano, ella dejaba que retirases la cremosidad del carmín, antes del ansiado roce de tus labios con los suyos. Aquel contacto directo, tantas veces imaginado durante las horas del día, soñado, con la cabeza apoyada sobre la esponjosidad de  la almohada, entre pensamientos clandestinos y sensaciones derivadas de ellos que hacen tener ganas de meter los pies en los zapatos, abrir la puerta de charol roja, ahora convertida en rejas de metal , salir en mitad de la oscuridad, con la suerte de que brille la luna y sea ciega a tus intenciones y buscar con tu olfato, esa delicada dulzura que recordabas ofrecida a la sal de tus carencias a flor de piel. Y entonces, después de contar las vueltas en círculo de las manillas del reloj plateado, testigo de tus cortas noches, tu agitada respiración, calmada ahora, hace que tu cuerpo se deje caer sobre las sábanas de algodón, que tus pensamientos dejen de volar por tu cabeza y se aquieten, como cuando esa calma que aparece, al callar el escándalo de una tormenta de granizo sobre suelos de cristal.
 Y vas camino a dar sentido a lo que hace que sigas teniendo ganas de vivir, piensas en la belleza de todo cuanto te rodea, en el contenido, en el espacio en el que habitas y te sientes tan libre que desnudas al que vive dentro de ti, lo emocional lo que te impulsa;  continuas pensando en todos los muebles de la casa y los recuerdos que acontecen tras su adquisión, piensas que forman parte de ti, pero te equivocas, vuelves a hacerlo, sigues mezclando materia y esencia; sigues queriendo dar sentido a tu vida, entonces recuerdas   esa leal luz al romperse la mañana , colándose por uno de los pequeños agujeros de la persiana que te protege de los demonios del asfalto. Te detienes en todo lo que haces después de un agradable  desayuno, pero siempre ella en tu cabeza, reflejada en el contenido de la taza caliente que sujetas entre sus manos, el líquido y delicioso  té blanco.
Has pensado tanto que necesitas librarte de un peso emocional, abres la mampara de la ducha y te ofreces desnudo a que el agua tibia, borre las huellas de tu pasado y la realidad de tu presente vacío y solitario. Levantas con cuidado el mando del grifo, observando los diminutos agujeros por donde se escapará el agua que tanto esperas que caiga sobre tu alma. Sientes el efecto del fluir del agua, primero sobre tu cabeza, después sobre tu cuello y hombros, pasando por tu pecho, por el contorno de tu espalda, entrando entre tus nalgas y al llegar a tus tobillos, miras hacia abajo y ves como, mezcladas entre el agua turbia enjabonada, desaparecen por el desagüe plateado todas esas emociones que no sirven para nada.
El abrazo de la toalla con olor a jabón de Marsella, se siente en toda la casa, lloras, sin querer y tus lágrimas se funden con la humedad que hay posada, todavía sobre ti. Abres tus ojos y al mirarte en el espejo transparente, vuelves a pensar en Arcanda y en aquella última vez que probaste de su locura, en la ventana al cielo que te abría siempre que le pedías que hiciera un mundo para ti.
Sigues pensando tanto, que no eres consciente de que en algún lugar, ella sigue existiendo para el mundo entero; te gustaría llamarla,  volver a escuchar  esa particular voz, que hace tanto que no escuchas y tanto echas de menos. Miras el teléfono y el reloj que hay colgado en una de las paredes del salón; marcas  ocho  números y te das cuenta del sonido al apretar las teclas, estás a punto de marcar el noveno y, algo dentro de ti te detiene, aprietas el teléfono muy fuerte, lo cuelgas y decides, quitar la toalla apoyada sobre tu nuca y vestirse para salir.
Eliges al azar una camisa y recuerdas las veces que cubrió a Arcanda por las mañanas, a tu lado; te pones un pantalón tostado, rodeas tu cintura con aquel cinturón que tus hijos te regalaron las últimas Navidades y al meter tus pies en los zapatos, miras el color de tus calcetines, sonríes y decides cambiártelos. Después de ponerte la chaqueta, coger las llaves del coche y el teléfono, te das cuenta de que no te has puesto colonia y casi estabas a punto de cruzar la puerta, al ponértela, cierras los ojos, sonríes y recuerdas la primera vez que la besaste, aquel beso tibio, el primero, infinito, seguido de un millón más, que vendrían después, repartidos en aquellos de los días más felices de tu vida.
Decides bajar andando por las escaleras y esa mañana te sientes bien, seguro de ti mismo, sientes ganas de hacer cosas nuevas, de emprender caminos, de dejarte llevar. Abres la puerta del coche, te  pones el cinturón de seguridad que tan poco soportas,  le das al contacto, enciendes la radio y suena una canción francesa que hace que se dibuje en tu cara una sonrisa tan grande como la vida, no dejas de sonreír, quieres cambiar de gesto, pero no puedes, la canción no te deja.
Te diriges a tu trabajo, donde eras más libre que en el lugar que acabas de dejar, eso era antes, ahora ya no. Al llegar, enciendes el ordenador, te quitas tu chaqueta, te sientas frente al ventanal que mira al Mar Mediterráneo, con ella en tu cabeza antes, ahora en tu agitado corazón.
De repente alguien llama a la puerta, algo dentro de ti, hace que te sorprendas, por una décima de segundo, te construyes un futuro inmediato  aliviador , al abrirse entra por ella un rayo de sol que alumbra tu vida entera y la llena con las mejores emociones y los mejores deseos…

Mayte Pérez