Mayte Pérez

miércoles, 5 de noviembre de 2014

LA FORMA DE LA FELICIDAD

Le acompañaba su propia respiración agitada, esperando cruzar las puertas del cielo, para volver a encontrarse con la  dulce soledad en aquel espacio, alquilado, tan privado como su primer apellido, tan alegre como, después lo sería su destino.
Cuando formaba parte de aquellas paredes, dejaba volar su imaginación, recordaba, detalles pasados, transcurridos a partir del instante en que era consciente de que había despertado de un largo sueño, sin calcetines. Apoyado sobre aquel sofá de color avellana, cerraba los ojos y mirando a una rubia líquida, esperando sobre la mesa, que la bebiera a tragos, se dejaba llevar por el humo de ese cigarrillo, que sin ser el primero del día, parecía el único, el último, era entonces, cuando recordaba a la belleza que le rodeaba, al perfil de unos labios del color del pétalo de rosa, perdidos subiendo las escaleras que llevaban a la facultad, alguna que otra sonrisa enmascarada, ofreciéndole, si él aceptaba, las horas de una tarde prestada a sus brazos. Se detenía en aquellas imágenes preciosas, a las que observaba como al atardecer que se encendía anaranjado, al abrir aquella ventana, por la que escapaba el humo de aquel cigarro entre sus dedos.
Aunque formaba parte del corazón de la gran ciudad, sentía una grieta abierta cuando recordaba el lugar en que se vestía de niño y cazaba mariposas de colores, el cielo se volvía del color de la ceniza y un pequeño agujero se le abría en el costado.
Regresaba a los retales de la infancia, a los gritos y carcajadas infantiles, a los gatos corriendo entre las patas de la mesa del salón, al olor a castañas tostadas, a la sensación de meter los pies, bajo el mantel de la mesa que escondía el delicioso abrigo del calor del brasero metálico. Y de tanto recordar, se cerraba aquel círculo inmenso y se volvía del tamaño de una pupila  a la luz de un día soleado.
Cuando pesaba su realidad, se cubría con la magia de la música, entraba en aquel sonido, sólo, y paseaba por los rincones de sus recuerdos, deseando alargar aquel instante y que nadie tocara al timbre de la puerta roja de charol.
Le gustaba tanto la lluvia, como ver caer a la canela convertida en polvo, sobre el arroz con leche; escuchaba el sonido de los neumáticos de los coches, mezclarse con el sudor del asfalto, con las gotas que pierde el cielo, para después convertirse en alimento.
Era todo un soñador, incluso despierto, libre como al nacer, sabio como aquel que calla y observa sin juzgar, le gustaba vivir sin estar atado a la materia, y sin embargo, le hubiese gustado vivir en un castillo, apadrinar objetos, decorar habitaciones con vistas al mar.
Una mañana, se levantó, salió de darse un baño, llevaba un mes sin afeitarse, de nuevo, se enfadaba con la locura de sus cabellos rebeldes, situación que le hacía perder la calma, fue entonces cuando, decidió abrir la pequeña ventana del baño, una golondrina, entró y se quedó apoyada sobre la bañera, todavía llena con el agua que le arropó.
Le gustó aquella compañía, se sentó, se perdió en su mirada y olvidó el paso del tiempo en su reloj de arena. Aquel día aprendió que la vida es tan sencilla como la forma de un hilo ligado a una prenda, que en los pequeños detalles hay tanta belleza, como granos de sal en las minas,  que hay cerca del mar; que vale más un instante libre de pensamiento, que toda una vida eligiendo hacía donde ir.
 Nunca olvidará al vuelo de aquella golondrina ni a aquel resto de violeta que llevaba enredada en sus patas.


Mayte Pérez