Mayte Pérez

jueves, 22 de enero de 2015

NOCHE DE ENERO




Cualquier sonido en mitad de la noche, por pequeño que sea, es capaz de romper el sueño de Lluna.
La abrigan  esa noche, las sábanas de algodón color beige que bordó su abuela con sus iniciales.
En el momento en que la niña abre los ojos, ha sido el sonido de la puerta principal, al salir su padre de madrugada camino al trabajo, lo que ha hecho que su corazón lata más rápido.

Con tan sólo cinco años es capaz de imaginar como cuando se es mayor y se tienen ganas de escapar de la pesada realidad, cerrando los ojos y manteniéndose al margen del sufrimiento en mayúscula.
 Le gusta que haya luz en la casa cuando va de camino a la cocina, para después meterse en la cama de su madre, abrazarse a su cintura y dormirse acariciándole los largos y esponjosos cabellos cobrizos perfumados con esencia de violeta. Pero al abrir la puerta de la habitación de Ángela, la cama está hecha, la ventana abierta, razón que hace a Lluna salir a la habitación empapelada donde su madre pasa la mayor parte del día e ir en su busca.

Antes de adentrarse en el largo pasillo, visita la habitación de su hermano mayor, le gusta mirarlo mientras duerme y tocarle la cara, entra, además a ver a Teresa que habla mientras sueña y es la mujer que mejor prepara las torrijas con canela y la cebada para beber los domingos por la mañana.

Al llegar frente a la puerta de la habitación donde está Ángela, se da cuenta que no está cerrada del todo, acaba de recordar que va descalza, se asusta, pero no decide ir a su habitación en busca de las zapatillas rojas, se queda apoyada en la pared y mira la silueta de su madre, los hombros, el cabello recogido con la cinta que utiliza para coser.
A la oscuridad de la habitación la ampara la luz de la bombilla del flexo que hay cerca de la máquina de coser.
A Lluna nunca la deja de sorprender su madre y aprovechando que la luz del amanecer entra por el ventanal, apoya su cabeza en las palmas de sus manos y se deja llevar por el olor de las telas de colores que hay en la silla de madera, por la forma del papel que le recuerda a la piel de la cebolla, con el que tantas veces juega con su hermano, por el color de los hilos que van cayendo al suelo y le parecen las plumas de las gallinas, haciendo el mismo ruido al caer.

Se ha quedado dormida y de repente la despierta la máquina de coser, entra y se sienta detrás de su madre, cuando ésta la ve, deja de dar puntadas en las telas y con un gesto le ofrece subirse a sus rodillas. La niña le pide que siga con su labor con ella entre sus brazos y Ángela, la abraza fuerte y obedece.
Lluna teme que algún día se pinche con la aguja de la máquina, es especial, no es como las otras, esta viene en una cajita azul con tapa transparente; también recuerda cuando su madre le prueba los vestidos en trozos cosidos al papel blanco y pintado con la tiza azul, parecida a la de la pizarra del colegio.

Cuando la habitación está muy iluminada, su madre enciende la radio bajita y poco después, va llamando a su hermano, pero como hoy es sábado, se irá al mercado con ella y Teresa.
Teresa ha salido a buscar leña para poner a arder y al dejar la puerta abierta, Yuca, la perra de Lluna, ha entrado en la casa a buscarla y a que con sus deditos le rasque el lomo. La niña se pone contenta y abre los brazos, saca a la perra al jardín y Teresa la coge de la oreja porque va descalza, la lleva a la habitación, cogen sus zapatillas y en la cocina, ella, la niña y Ángela, desayunan todo el inmenso cariño que habita en aquella enorme casa blanca con ventanas y puertas color azul cobalto, que su padre mandó construir cuando Lluna vivía en el vientre de su madre y son muy felices aquellos tres personajes.
La mañana es tan fría para Lluna, como los pies de Teresa por las noches de invierno, la niña no deja de hablar y de pedir cosas a Ángela, se teme lo peor, ir andando hasta el mercado por el camino de los girasoles.
Al salir de la casa se moja las pequeñas manos con el rocío que cubre al césped y va corriendo hasta las cuadras a ver al caballo de su hermano, le gustaría verlo dormir boca arriba y piensa que algún día lo verá, mientras lo mira le da un par de terrones de azúcar que su madre siempre guarda en un bote sobre el alfeizar de los ventanales.
Yuca da vueltas a su alrededor y su madre le levanta la voz, le dice que tenga cuidado de no caer al suelo y mancharse, cuando su madre se pone así, le recuerda a Giordana, su tía, la mujer del hermano de su padre, Tomás y las palabras de Alejandro, su padre cuando dice algo así como que le falta corazón, la llama la mujer de acero inoxidable.

Al cerrar la valla del jardín de la casa, escucha el sonido del coche azul de su tío favorito, éste baja la ventanilla y se asoma en busca de Lluna, la niña se sorprende al verle esa sonrisa y espera que baje del coche y la suba a sus hombros.
Tomás es periodista y vive en el pueblo, cerca de la plaza mayor, le gusta jugar al tenis y el cine, siempre que puede lleva a Lluna, su hermano y sus tres primos, Miguel, Elisa y Pablo a ver alguna película y algunas tardes de verano, monta un proyector en la sala grande de la casa.

Esas tardes son inolvidables para ella, su madre prepara buñuelos y chocolate blanco con canela. Mientras ven todos una película de dibujos animados, Tomás y Ángela se quedan en la piscina hablando de sus cosas hasta que llega Giordana a recogerlos, entonces ella entra saluda a mamá y se la escucha desde la entrada llamar a sus primos.
A Lluna le sorprende que sea una mujer que no le gusten los besos ni los abrazos y que Tomás los busca en sus padres, sobre todo en Ángela que siempre tiene un millón de besos dulces que ofrecer, como los cuentos que escribe para antes de dormir y nunca le faltan abrazos.
Cuando entran al coche, Teresa y ella se sientan detrás, su madre junto a su tío; Lluna le coje la mano y al darle vueltas a la alianza que lleva empieza a recordar los instantes de juegos con Elisa, piensa en Giordana y en cuando riñe a su prima, sobre todo cuando van a visitarlos a casa y se quedan en el jardín.
Elisa tiene los cabellos como el sol y en verano se le vuelven transparentes. A Lluna le gustaría ser rubia como ella, tener el pelo liso y no rizado, también le gustan los ojos azules de su madre, le recuerdan al mar y a las vacaciones de verano en Mallorca, donde viven sus abuelos maternos...


Mayte Pérez