Mayte Pérez

sábado, 24 de enero de 2015

EL GIGANTE EMOCIONAL
Me subí sobre la esponja de un sueño, tan suave como las nubes de mi cielo transparente y mientras paseaba de puntillas sobre las olas del mar encontré la caja de Pandora, en manos de un gigante de gelatina que dormía como cuando eres niño y tienes una espada de madera , un caballo de cartón y el escudo del cariño de una madre que daría de nuevo su vida por ti si volvieras a nacer de entre sus entrañas.

Quise despertarle y pedirle compartir aquel artículo conmigo donde dicen que salen de él tempestades al abrir sus puertas, me miré en sus pupilas de la transparencia del ámbar y entré sin querer al interior de su alma oscura rodeada de murallas y fronteras. Sin duda me estaba ahogando en aquel mar sin fondo, no había latido al que subirse y hacer frente a la altura de las olas que me envolvían entre sus pensamientos y deseos tan puros como la primera piel.

El pigmento de mis cabellos fue a parar entre sus dedos, al rescatarme de su propio infierno aquel gigante de gelatina y fui a descansar a la playa donde nací para convertirme en lo que ahora soy. Sentí su aliento y que despertaba de aquel trágico instante con la frescura de una lágrima suya y una palabra que todavía llevo tras mi oreja prendida, “camino”…Me dio la oportunidad de volver a ver la luz del sol y escuchar el silencio de la gloria, probar, de nuevo  el sabor de la paz.

Salí de su mundo y me pidió construirle un camino paralelo y distinto al que, cada día, él había construido; me pidió agua dulce que beber , más que bendita, un diccionario de palabras ajenas a su mundo y tan mías como la sangre dulce que fluye por mis venas, un mapa de sentimientos y emociones,  el pañuelo de seda carmesí que protegía mi cuello, para, con su ayuda, atarse a mis tobillos y volar tan alto como cuando soy dueña de la locura con la que pinto las paredes de un hogar sin puertas ni tejado en el que vivo.

Al llegar a la cima más alta del mundo, abrió sus brazos, tendió toda su esencia a la vista del inmenso cielo color azul marino, sintió la primera brisa como la caricia de la suavidad de aquella piel que tantas veces quiso dibujar y mató al hacerlo, al querer darle forma a lo que no la tiene y solo se prueba cuando callas y subes despacito sobre  la punta del sabor de un beso infinito y tan tierno como un brote vegetal con ansias de salir de la madre tierra.

Después de aquel momento miró al valle color esperanza que se abrochaba al abrigo de aquella montaña en la que estaba subido y recordó de los dulces sueños de papel, de la delicia entre sus brazos, de la lluvia de gotas de agua de rosas, de las teclas de un piano de regaliz, del naufragio y la sirena que le arrastró de nuevo a las raíces de existir, de cuando alquilaban princesas en el cielo, del pequeño mudito y su corazón de león, del sentido de la palabra, del mundo inmenso de una pequeña mariquita y un dinosaurio encantador, de lo que era despertar por un instante tan fugaz cuando una estrella y de tanto recordar se durmió vestido de alegría, de la dicha de haber sido como un manantial de agua fresa y espumosa de inspiración para un loco cascabel que dejó de sonar el día que se cayó de los bolsillos de su camisa de algodón blanco y que él nunca se dio cuenta de que había perdido.

Y al despertar fue a orillas de una playa de harina de maíz donde el mar es de agua dulce, de color turquesa, donde a las olas las doma un ser de piel tostada que se deja llevar por el paso del tiempo, tan feliz como se es al sentir la pegajosa carcajada infantil que decora un universo entero que sería capaz de callar la locura de las batallas en el mundo cuando es cruel y malvado. Y encontró lo que buscaba como caído del cielo un amanecer, lo abrazó tan fuerte como a aquella caja que guardaba entre sus manos y pensó que algún día se abriría y las tempestades le llevarían con él, se encontró más que a sí mismo, encontró que la vida es tan sencilla como una miguita de pan, que hay más en un suspiro que en un millón de cosas, que sin tener nada, era el humano más rico del infinito. Encontró la virginidad de una hoja donde escribir aquellas locuras que vivió cuando guardaba  aquel cascabel junto a su piel y una puerta de dos hojas pintadas de azul, donde al abrirlas le esperaban, más que una vida entera y un sueño fugaz que voló de sus entrañas hasta que él, con sus manos, le diese forma donde, cada noche antes de soñar , apoyarse en un rayo de luz y dormirse con un cuento humano que te devuelve al mundo de la niñez donde todo es y nada imposible se cuelga de las paredes...
Mayte Pérez