Somos seres sociales, con la necesidad de relacionarnos y estar junto a los nuestros y surgen tramos en el camino, donde nos necesitamos más que en otros.
Los demás son como espejos, que nos devuelven, tanto de forma pasiva o siendo consciente de ello, la imagen de nosotros mismos, o tal vez, tan solo un reflejo, una pequeña pincelada de todo aquello que creemos ser, que hacemos…
Es imposible no empaparnos dada una interacción personal, de las emociones, las carencias, las fortalezas, etc , que emanan del interior del ser que está frente a nuestras pupilas y conectar con esos mensajes que recibimos.
Imposible no beber de la fuente que ofrece el calor humano, en forma de lágrimas redondas que van brotando, cuando compartimos nuestros mayores miedos, sintiéndolos como un lastre que nos aparta de las metas trazadas.
Vamos recibiendo esa información gracias a nuestros sentidos, y esa habilidad de cada uno para interpretarla y darle un sentido que esté o no en sintonía con el mensaje que el otro nos quiere transmitir.
Bendito ser humano que va modificando su patrón de comportamiento en base a las demandas del otro y es ahí donde nos damos cuenta de que, a veces, no tenemos tan claro el rumbo que dar a nuestra vida, que en ocasiones, teniendo el timón, o creyendo tenerlo, bajo nuestro control, éste puede dar un giro inesperado a nuestro itinerario y llevarnos hasta lugares que jamás habrían formado parte de nuestros planes en realizar esos viajes emocionales, en los que, más que aprender, vamos sintiendo.
Puede derivar de ello, que nos sigamos sorprendiendo y que nos crezcan las alas, a partir de la pluma que alguien sabio, nos ofrezca en un tramo de nuestro camino personal.
Pueden aparecer mapas en nuestro mundo, más amplios incluso, de aquellos que desde que salimos del seno de nuestra madre, vamos coloreando en función de cómo sentimos y hacia donde nos dirigimos.
De esta forma, casi será mejor que nos dejemos llevar al escuchar al prójimo, eclipsando los juicios hacia él y prestando atención plena para captarlo a través de su piel y llegar hasta las maravillas del interior de su ser y junto a él, tal vez, caminar apoyados en su experiencia, para después crecer y ser más de lo que fuimos, somos y seremos…
Mayte Pérez
domingo, 10 de septiembre de 2017
jueves, 3 de agosto de 2017
MIL BURBUJAS
Vamos a abrir una ventana sin cristales en mitad de un prado de hierbabuena, para elegir qué camino tomar con la transparencia de la inocencia de cuando fuimos niños.
Vamos a tirar del hilo de la cometa azul que sobrevuela nuestros sueños y cuando esté cerca de nuestros pies, vamos a quitarnos los zapatos rojos para subirnos en ella y que un soplo de brisa nos lleve hacia ese lugar al que siempre quisimos volver y nos olvidamos de cómo ir hasta él.
Vamos a pintar un puente fuerte que nos acerque a esos mundos donde nunca se deja de ser feliz y alcance hasta donde llegue nuestra mirada; un camino de pétalos de rosas blancas como las nubes; un inmenso mar dulce donde se ahogue la tristeza y se respire hacia dentro del ser, para aprender que nuestro interior es el lugar donde perderse para volverse a encontrar con uno mismo.
Vamos a escribir deseos, sueños, metas, sobre papel de arroz con tinta china perpetua para que la lluvia al empapar no los deje olvidados sobre la tierra fértil y sigan con su porvenir.
Vamos a susurrar plegarias al viento del sur y verlas volar hasta el brillo del sol, para que las alumbre hasta llegar a oídos que las comprendan y las acepten, tal como siempre fueron.
Vamos a tejer redes sobre las que saltar muy alto, donde caer sin lastimarnos en nuestros intentos de seguir los pasos de nuestro destino.
Vamos a dejar que el azaroso destino ponga en su lugar adecuado a todas esas piezas que no pudimos cambiar y que al intentarlo, se clavaban en nuestro costado como espadas de madera.
Vamos a dejar a un lado de la senda del poeta, a todas aquellas personas pobres de corazón y emociones, que no entienden del idioma del alma, para que tal vez, un día aprendan del sabor de la amistad.
Vamos a creer en nosotros, a pintarnos una sonrisa cuando la tristeza nos muerda los dedos de los pies, a desatar los nudos que rozamos mientras tiramos de la cuerda en busca del otro lado, a querernos más que a nada en este mundo, a escuchar nuestros logros en mayúsculas, a aprender para impulsarnos hacia la sabiduría.
Vamos a seguir caminado, que las grandes cosas bellas, se alcanzan con un pequeño paso y siguen escritas en las estrellas que cada noche brillan para que no olvidemos hacia dónde ir…
Mayte Pérez (Ítaca, ahora sí)
viernes, 7 de julio de 2017
SOLUCIONES A MEDIDA
Pintaba la mañana caminos tempranos estivales,con una pizca de sal y unos grados de más
que pesaban sobre sus hombros,como lo hacían sus sueños en forma de pensamiento.
Antes de que el sol alcanzara la cima más alta se desató los cordones de los zapatos que asfixiaban a sus pies, sintió que respiraba la brisa fresca y que podía pensar con la claridad de la llama de una vela.
De puntillas, mientras recorría la orilla de una playa con arenas de maíz, le daba mil vueltas al sabor de las palabras que escuchaba entre esas cuatro paredes y sin encontrar una solución a medida, con la que ver un nítido destino, metió las manos en sus bolsillos y se conformó con mirar al mar.
Con el mecer de las olas, el sonido que ofrece el silencio y la calma que le caló hasta el fondo de su ser, volvió a darse impulso y una vez más perdió el equilibrio antes de poder volar.
No es que faltaran los motivos para seguir los pasos de su camino, habiéndolo encontrado, ni las ansias de probar un sueño, ni el aire que se necesita para labrar un cambio. Tal vez lo que necesitaba era encontrar la ventana por la que asomar su alma y de esa forma, volver a ser, a sentir, a crecer...
Todo lo que pensó que le definía como persona, cayó frente a sus pupilas el día que se columpió sobre la espuma de un deseo. Se sintió desnudo, puro, con la libertad que se expresa al salir de la escuela pintado de alegría en mayúsculas y fue así, en ese estado entre líquido y sólido, cuando decidió sentarse sobre los tejados, en equilibrio,
Mayte Pérez (Pan con chocolate)
lunes, 28 de diciembre de 2015
LATIDOS BAJO EL CIELO
Acuna la noche estrellada
el sueño de un ángel de piel y hueso
que sobre un nenúfar escribe un relato,
y bajo el crepúsculo aquieta su corazón
con la escarcha de los recuerdos
para abrigarse del frío al pisar descalzo.
Sus suspiros alcanzan al fluir del río,
sus ilusiones a los pasos de un niño la noche de reyes,
sus súplicas llueven sobre su espalda
envueltas en dulce papel que esperan caer
entre el calor de las manos que tejen historias
paralelas al centro de la tierra y al infinito espacio.
No deja de mirar a las puertas de Larache
y colgado de las nubes se columpia hasta caer rendido
sobre la espuma de la tarde cuando el sol se pinta más intenso
y se cazan mariposas que escapan de un desierto emocional
convertidas en caricias al azar para perder el sentido.
Para continuar despierto inventa presentes salados
que sin saber,
van a parar al mar a manos de una sirena con pies de plomo
que construye sólidos recreos y sendas perfumadas
donde se eleva el alma hasta la gloria,
donde cuerpo y mente se expresan verdaderos
y se llega hasta el propio y profundo interior.
Puede dejar pasar las etapas de un día entero
mezcladas entre el vapor de sus telas para después,
echarlas a volar hasta orillas de la playa
y ver que se funden como el queso curado
en contacto con el calor del filo de una navaja
con la que cortar un lastre que pesa más de mil años
y no deja que las aguas del río se vuelvan tan vivas
como lo estuvo su ser en aras de un delicioso sueño
que siempre le espera bajo el colchón de muelles,
sobre la esponjosa almohada a quien cuenta
el sitio donde, tarde o temprano le gustaría llegar.
No deja que la locura le haga cosquillas
ni se asome el vértigo al balcón de su mirada
por miedo a volverse a mirar en el espejo
que le lanzaba de vuelta el tiempo en que se es feliz
se ama con las manos abiertas
y se acuesta la esperanza rodeada de dichosa realidad.
Mayte Pérez (A tus silenciosos latidos, quiero)
el sueño de un ángel de piel y hueso
que sobre un nenúfar escribe un relato,
y bajo el crepúsculo aquieta su corazón
con la escarcha de los recuerdos
para abrigarse del frío al pisar descalzo.
Sus suspiros alcanzan al fluir del río,
sus ilusiones a los pasos de un niño la noche de reyes,
sus súplicas llueven sobre su espalda
envueltas en dulce papel que esperan caer
entre el calor de las manos que tejen historias
paralelas al centro de la tierra y al infinito espacio.
No deja de mirar a las puertas de Larache
y colgado de las nubes se columpia hasta caer rendido
sobre la espuma de la tarde cuando el sol se pinta más intenso
y se cazan mariposas que escapan de un desierto emocional
convertidas en caricias al azar para perder el sentido.
Para continuar despierto inventa presentes salados
que sin saber,
van a parar al mar a manos de una sirena con pies de plomo
que construye sólidos recreos y sendas perfumadas
donde se eleva el alma hasta la gloria,
donde cuerpo y mente se expresan verdaderos
y se llega hasta el propio y profundo interior.
Puede dejar pasar las etapas de un día entero
mezcladas entre el vapor de sus telas para después,
echarlas a volar hasta orillas de la playa
y ver que se funden como el queso curado
en contacto con el calor del filo de una navaja
con la que cortar un lastre que pesa más de mil años
y no deja que las aguas del río se vuelvan tan vivas
como lo estuvo su ser en aras de un delicioso sueño
que siempre le espera bajo el colchón de muelles,
sobre la esponjosa almohada a quien cuenta
el sitio donde, tarde o temprano le gustaría llegar.
No deja que la locura le haga cosquillas
ni se asome el vértigo al balcón de su mirada
por miedo a volverse a mirar en el espejo
que le lanzaba de vuelta el tiempo en que se es feliz
se ama con las manos abiertas
y se acuesta la esperanza rodeada de dichosa realidad.
Mayte Pérez (A tus silenciosos latidos, quiero)
sábado, 26 de diciembre de 2015
UNA ISLA EN LIBERTAD
En el fondo de la mitad del mar,
rodeada de aguas cristalinas y frescas
hay una isla donde se reúnen los poetas
cuando la tarde recibe al ocaso en su plenitud
y la luna asoma brillante.
Viven de los sueños propios y fantasías acunadas
construyendo sendas nuevas
que se observan desde los agujeros de la luna,
junto a las sirenas de cabellos cobrizos, dorados, tostados
en la condición de libertad,
estado que le pertenece al humano
y sin embargo se le niega bajo el brillo del sol
y con hilo de alpaca se remiendan las comisuras,
para que callen sus plegarias a la vida,
gritando paz absoluta, respeto y valor para levantarse
del sitio en el que les sientan sin saber.
Camina poeta, libre
y sigue sembrando locuras que compartir,
que es más bella la vida por lo que se siente,
que por lo que se imagina al escribir despierta
y cada anochecer duerme
con el sabor mediterráneo sobre tu piel
sin olvidar que cada palabra tuya pesa
cuando la escuchan mis sentidos
y así vivirás en libertad.
Mayte Pérez
rodeada de aguas cristalinas y frescas
hay una isla donde se reúnen los poetas
cuando la tarde recibe al ocaso en su plenitud
y la luna asoma brillante.
Viven de los sueños propios y fantasías acunadas
construyendo sendas nuevas
que se observan desde los agujeros de la luna,
junto a las sirenas de cabellos cobrizos, dorados, tostados
en la condición de libertad,
estado que le pertenece al humano
y sin embargo se le niega bajo el brillo del sol
y con hilo de alpaca se remiendan las comisuras,
para que callen sus plegarias a la vida,
gritando paz absoluta, respeto y valor para levantarse
del sitio en el que les sientan sin saber.
Camina poeta, libre
y sigue sembrando locuras que compartir,
que es más bella la vida por lo que se siente,
que por lo que se imagina al escribir despierta
y cada anochecer duerme
con el sabor mediterráneo sobre tu piel
sin olvidar que cada palabra tuya pesa
cuando la escuchan mis sentidos
y así vivirás en libertad.
Mayte Pérez
martes, 8 de diciembre de 2015
CUANDO EL TIEMPO SE DETIENE
“¡Eh, despierta! no todo fue un sueño, pero derrotaste al
dragón de color rosa que aquella mañana te pareció tan inmenso y tan malvado”
Uno de los peores días de su vida en que recibió una
noticia, que según ella, en aquel instante, tan convencida dijo que no era cosa
suya, que era todo una equivocación; se propuso levantar la barbilla, echar los
hombros hacia atrás y seguir su camino sin importarle nada.
Al llegar a la estación del tren le pareció que la vida se
le iba entera sobre los raíles, al recordar un sueño que tuvo en el que aparecía la caseta donde se expendían
los billetes, en un contexto alejado del año en que estaba.
Sus propios pensamientos querían huir hacia rincones de
azúcar, poder alejarse de un mar artificial salado y algo dentro de su cuerpo
formaba una barrera que los hacía rebotar y apretar sus pulmones tan fuerte que
pensó en llamar al Ángel de su Guarda, cuando fue a abrir la puerta para bajar
del tren, se dio cuenta de que estaba en marcha y reaccionó, tarde pero a
tiempo.
Subió a hombros de un gigante y se escucharon sus rezos
hasta en el mismo centro de la tierra, le pareció que el sol de agosto le caía, que el mundo era tan
pequeño como un par de pupilas sorprendidas por la luz que ciega.
Empezó a contar y al llegar al número 40, secó las lágrimas
redondas que le llegaban a los tobillos y le hizo una promesa a quien le recordaba
al gran poeta, aquel que no conoció más
que en sueños y sin embargo sabía tanto de su vida.
Abrió todas las puertas y ventanas de su casa, guardó las
cortinas en el armario en el que tantas veces se escondió, cogió todos los
perfumes que decoraban el mueble de su habitación y los derramó sobre las
paredes y al atardecer, se fue a la playa a lanzar una botella con un mensaje
en su interior, por si alguien lo leía y al hacerlo comprendía su súplica.
Todas las noches mediterráneas antes de dormir, comenzaban
en el mismo punto de partida hasta terminar al alba en brazos de un plácido
sueño, al que ahuyentaba un resplandor que entraba por la ventana. Aquella
noche fue eterna, se ahogaba en un respiro, subió y bajo mil veces los peldaños
de las escaleras, otras mil más volvió a hacerlo contándolos, pero sin llorar.
Se sentía valiente pero confusa, sentía que su cuerpo no le pertenecía, sus
sensaciones de ahogo le entorpecían y no quería hacer ruido por no despertar a
los fantasmas que volaban sobre su cabeza otra vez.
Fueron varias las noches sin descansar su alma, los días
bajo la presión de dejarse llevar hacia un lugar donde más que ganar, se perdía
todo, pero en el fondo del lago que imaginaba a orillas de sus pies, se leían
siempre sus palabras, sus esperanzas, sus planes, sus locuras de seguir
levantando esa nueva vida en forma de círculo, con ayuda de los ladrillos
sólidos que se cocían a fuego lento, despacio.
De vez en cuando se perdía por desiertos desolados de harina de maíz y se encontraba siempre rodeada de seres humanos con los que abrigarse del frío, con los que seguir latiendo, a los que agarrarse tan fuerte como a un sueño a punto de convertirse en realidad…..
https://youtu.be/gNS1jTQOnCs
De vez en cuando se perdía por desiertos desolados de harina de maíz y se encontraba siempre rodeada de seres humanos con los que abrigarse del frío, con los que seguir latiendo, a los que agarrarse tan fuerte como a un sueño a punto de convertirse en realidad…..
viernes, 18 de septiembre de 2015
POEMAS DE PAPEL
Hay poemas del alma
que ni a la luz de la luna,
brillan sus locuras ausentes,
donde en noches de soledad
se fueron tejiendo caminos.
Dulces poemas escritos, ajenos
a un dolor que acecha
tatuado
sobre el perfil del primer beso,
tibio, húmedo, fresco.
Que cogidas de las manos
fueron las palabras privadas sobre papel
en las que se sentía de la esencia
de una vida prestada que ansiaba presentes
más que un pasado por existir
o un futuro que imaginar .
Fueron los poemas más vivos
a la luz del sol,
escritos cada amanecer
sobre la delicia de una caricia que se espera abrir
como un regalo a cambio de una vida
que termina por recordarse,
y se abandona al
anochecer
cuando no se ven estrellas
brillando en un cielo pintado de sombras,
para que nadie sepa de sus lamentos
y no duela el abandono
al que tanto se teme afrontar.
Mayte Pérez
martes, 15 de septiembre de 2015
MILAGRO FUGAZ ENEQUILIBRIO, EL GUARDIAN DE MARIPOSAS
Caía el peso
de la nocturnidad sobre los hombros del guardián de mariposas, en silencio como
un susurro entre un escándalo, despacio como se desliza una lágrima sobre la
piel.
Vivía en un castillo sobre el mar, con paredes
de mantequilla salada, con ventanas sin cristales, con puertas que según
atravesabas, te conducían a espacios tan desconocidos como un futuro que se
espera con los ojos vendados.
Dormía en la
torre más alta de las cuatro del castillo que acariciaban las nubes
celestiales, rodeado de bellas obras esculpidas sobre piedra de jabón y la
presencia de más de mil mariposas, a las que protegía de la luz, como a su vida
del desamparo emocional, decorando las seis paredes.
Hasta llegar
a los pies de su cama y poder caer rendido sobre el colchón relleno de plumas
blancas, había que subir 1969 peldaños, todos ellos de madera de haya,
esperando sentir el peso tibio de las plantas de sus pies descalzos, pues el
suelo era tan delicado como el alma del guardián y antes de cruzar la puerta de
entrada, dejaba sus sandalias sobre el alfeizar de la ventana del salón para no lastimarlo.
Se llamaba
Milagro Fugaz Enequilibrio, nunca se
supo su edad ni la fecha en que nació, era tan alto como el sol y escondía un
corazón en mitad de su pecho con la particularidad de que estaba del revés.
Vestía ropa de algodón beige y sandalias hechas con la piel del tulipán, le
gustaba la comida dulce, sobre todo cuando la sal de la vida entraba por las
ventanas y entonces saboreaba dulzuras contenidas en botes de cristal sin
cuchara, las usaba como a un paraguas
para protegerse de la tormenta.
La primera
vez que le vio Esperanza de Verano se alejaba de su campo visual, cruzando la
plaza del Ángel caído, olía a madreselva y despedía toda esa paz que en algún
momento perdemos los humanos y ansiamos recuperar con los brazos abiertos.
Quiso ésta seguir sus pasos hasta el final de su camino, lo hizo de puntillas
como una ladrona de casualidades que se planearon el día anterior a un plácido
sueño.
Esperanza de Vida no creía en los Milagros y conocía el castillo sobre el mar donde vivía,
desde una tarde que regresaba de pescar remedios para el alma y al volver sobre
un barco de papel de arroz integral, vio las ventanas sin cristales y le
sorprendió que el calor estival respetase a todas aquellas paredes de
mantequilla salada.
Cuando entró
en el castillo Milagro, ella se dio cuenta que lo hacía sin hacer uso de
ningún tipo de llave maestra, simplemente, apoyó su mano y la abrió sin más, dejó las sandalias sobre la
ventana y la puerta abierta, por la que corría la frescura de la brisa marina
salada.
De los
techos colgaban cristales de colores que al chocar,los unos contra los otros,
simulaban el sonido de la delgada lluvia como alfileres sobre un suelo de cristal metalizado.
Las
paredes eran suaves como la primera piel del cuerpo, esa que es rosada, que
todavía no ha sido víctima del brillo del sol. Al subir las escaleras de madera
hasta la primera planta, encontró una biblioteca y en mitad una mesa de latón,
sobre la que se apoyaba un felino tan blanco como un copo de nieve virgen en
mitad del invierno.
Al ver el animal a aquel pequeño cuerpo de pupilas verdes
como los lagos de las entrañas de la isla de Ítaca, se acercó a oler sus ropas perfumadas con jabón de Marsella y como si hubiese visto al mismo demonio se escapó por uno de los ventanales,
se preguntaba si su presencia sería la causa de la inesperada escapada.
Esperanza de
Verano escuchó a Milagro subir, delatado por los crujidos de la madera de los escalones y se escondió detrás de las
cortinas.
Vio como él se sentó sobre una de las sillas
con un libro de mariposas entre sus
manos, llevaba una lupa, un pincel y un recipiente de vidrio con una solución
transparente. Transcurridos algunos minutos, se levantó, apagó la lámpara y
subió las escaleras hasta la torre donde soñaba con encontrar una mariposa con
alas de color rojo carmesí.
Cuando Milagro
se metió en la cama, ella cruzó la puerta y con ayuda de la luz de la luna,
pudo ver que aquel ser se rodeaba de más de mil mariposas apoyadas en aquellas
paredes suaves y frágiles, estaban allí posadas, quietas.
Todas brillaban con tonos violáceos y azules, como lo hace una mente soñadora entre
otras conservadoras y estáticas, nunca vio ante sus pupilas esmeraldas un
escenario con tantos destellos creados por las alas.
Se dirigió al
balcón y al asomar su cuerpo por la
barandilla, vio al Mediterráneo como lo hacían las gaviotas, sintió la vida
colarse por su nariz a partir del contacto
con aquella brisa, sonrió y al darse la vuelta, le sorprendieron unas palabras.
-¿Has venido
a traerme la última mariposa que estoy buscando desde antes que tu nacieras?
Esperanza de
Verano no supo que decir, sabía que estaba en una propiedad ajena, tembló con
todas sus fuerzas y cuando Milagro se acercó a ella, se cubrió la cara con las
palmas de sus manos, se podía leer en su frente al miedo en estado puro y a las
ganas de escapar por aquel balcón y dejarse caer sobre la espuma.
-No tengas
miedo, no te muevas y yo mismo la cogeré sin causaros daño a ninguna de las dos.
Esperanza se
quedó quieta ante las instrucciones de Milagro, y en menos de un segundo pudo
ver entre sus manos a la mariposa de color rojo carmesí que tanto andaba buscando.
La llevaba prendida en su pelo dulce desde que nació, lo supo aquella noche de
luna llena, cuando tras un silencio un Milagro con un corazón del revés le hizo
abrir los ojos y sentir al mundo salado.
Desde aquel
encuentro Esperanza de Verano cree en Milagros, incluso en otoño, invierno y
primavera y Milagro ya no es tan fugaz, ni continua en equilibrio, van de la mano
pintando caminos, derritiendo fronteras de mantequilla, que en ocasiones
parecen ser del más pesado de los
metales.
Mayte Pérez
(Septiembre y Junio sobre un soplo de Esperanza y un Milagro en que creer)
sábado, 5 de septiembre de 2015
LA VIDA QUE SE ESPERA
Llegó a brazos de este mundo
Llegó a brazos de este mundo
como cuando cien años de sequía
y la lluvia ofrece a la fertilidad de la tierra
la esperanza de gestar vida que llevarse a la boca
que calmar el hambre que siente el interior humano
cuando ya no quiere de sueños.
Llegó con la dulzura del tacto del pétalo de rosa,
con la alegría de una noche en la que se espera probar un sueño,
como la noche prometida,
en la que empezó el primer de sus latidos
para después pasar a ser un pequeño corazón más
que pasear por la senda del poeta,
que parar a descansar en rincones ausentes
para los que no tienen prisa.
Era la perfección de una melodía que se siente
la que se va siguiendo despacio,
la que se espera después de una batalla diaria
y al sentirla cerquita despides el instante
para nadar en el mundo de los sueños de papel
como cuando se escriben palabras untadas
sobre la espalda que espera una caricia perpetua
que al notar la presión se contrae y se esconde
por miedo a delatar un sentimiento que roba la paz
y se cuela por el ombligo con la rapidez del viajar de la luz.
Era ser que contemplar apoyado sobre los hombros cómplices
mientras le soplaba la brisa del Mediterráneo al caer la tarde,
era desear estar con ella para cubrir tiempo volado
que se recuerda envuelto en una sonrisa con forma de nube,
si sentías su pequeño cuerpecito entre tus brazos
te hubiese gustado detener el tiempo
y volverte como ella, tierna como el corazón de la sandía
tranquila, como cuando cesa la furia de la tormenta,
suave, como la primera piel con la que se abre la luz del día.
Como cuando se abre una puerta cerrada,
entró a formar parte de la inmensidad de un espacio hueco
que llenó sin mesura en un instante tan pequeño,
como el grano de arena que cubre una playa,
vestía de felicidad los días en los que no brillaba el cielo
con ella volabas de puntillas hacia futuros ansiados
y te volvías de la textura de la carne del membrillo,
si te enredabas en el gesto de su mirada sincera.
Era todo lo que se quiere,
que cabe sobre la palma de una mano,
que es del peso de la pluma de golondrina
que se toma hasta el final
y se desea como al principio.
Era como querer volver atrás y abrazar la vida de nuevo
vista desde el corazón que no se cubre de nada,
si cogías su mano regresabas al olor de la niñez
que escondes en uno de los cajones de los recuerdos.
Era un presente esperado
con la frescura del rocío de la mañana
esperar la noche impaciente
para dormirte al son de su respiración
sonriendo, simplemente por tenerla contigo
y saber que al despertar seguiría estando para ti,
para la continuación de seguir cuidando de ella
Mayte Pérez
Mayte Pérez
domingo, 30 de agosto de 2015
UN PEQUEÑO MUNDO SALADO
“De noche, Miluna Alma de Gelatina, se acostaba bajo los pies de
un gigante, envuelta en esperanzas presentes de colores, abrazada a un deseo en
forma de prado, por el que se perdía dando vueltas junto a su compañero de
juegos y fiel amigo, Mudito Corazón de León”
Algunas de las mañanas de Miluna comenzaban con piedras en el
cristal de la ventana que lanzaba Mudito, para despertarla y ésta al verlo, se
olvidaba de que había que ir a la escuela y que su madre, la esperaba en la
cocina con una taza de chocolate templado, 100 gramos de galletas de avena y canela
molida y la cartera roja con lunares.
Aquel día la fue a salvar su amigo del peso de una nube, la insensatez de su padre, que de no ser por aquella piedra que encontró en el camino, estampada en el cristal de la ventana, la vida de Milú se habría esfumado como un ladrón lo hace al huir de puntillas, en noches de luna vacía de la luz de las farolas eléctricas.
-Milú, vamos a ver el mar y a mirarnos en él. Le dijo Corazón de León. Ya verás como te gusta, el mar es como el valle donde vamos al salir de la escuela, grande, inmenso, pero de color azul, como el cielo. Si metes los pies dentro, se mojan y se enfrían. Está lleno de agua y sabe a miércoles.
-León, ¿a miércoles sabe? ¿por qué sabe a ese día y no a otro de la semana? Le pregunto la pequeña asombrada.
-Pues sabe a miércoles porque ese día vi a mi madre muy triste llorar, la abracé, la besé en las mejillas y probé una de sus lágrimas y cuando me llevaron a la playa del Mediterráneo, vino una ola, me rebozó como a las torrijas que hace mi abuela, me entró esa agua por los agujeros de la nariz y era salada, sabía como mi madre.
-Entonces, el mar sabe a tu madre, no a miércoles.
-No bobita, no, que mi madre es dulce como la leche condensada, pero cuando se puso triste, le brotó eso redondo, transparente y salado, pues eso como el mar. Yo le pregunté que por qué lloraba y sabes qué me pasó, que me contagió, como cuando mi hermano mayor tenía la gripe y me la pegó, saltó de su cama a la mía cuando yo estaba distraído dormido, que si eso me pasa con la luz encendida, no me habría contagiado de la gripe.
-León¿ y casi te tragas al mar entero por la nariz, pero todo entero?. Me pregunto qué te habría pasado, te habrías convertido en pez o algo así, como uno de peces de colores que tengo colgados del techo. No te imagino convertido en pez y con las gafas, entonces tendrías que usas gafas de bucear, como las que lleva mi padre en la mochila de las vacaciones, que dice mi madre que son para cuando se marcha a ver a las sirenas y como ellas viven en el mar, pues eso gafas de bucear.
Montados en la bicicleta violeta de tres ruedas, que había heredado de su hermana, Mudito cogió a Miluna y la sentó con cuidado de que no se le rompiera, y de no mancharle el pijama rosa con pingüinos, que todavía llevaba puesto, se olvidó de cogerle las los zapatos azul marino que su madre le ponía para ir a la escuela, pero llevaba los calcetines con un agujero; la sentó en la cesta de mimbre, donde su madre metía las bolsas de la compra. Le puso las gafas de aviador que compró en el rastro, y el casco de explorador; él llevaba una capa roja atada al cuello, un casco naranja con pegatinas de los Beatles, pantalones por las rodillas con los calcetines de color rojos a juego con las rayas de su camiseta.
Aquel día la fue a salvar su amigo del peso de una nube, la insensatez de su padre, que de no ser por aquella piedra que encontró en el camino, estampada en el cristal de la ventana, la vida de Milú se habría esfumado como un ladrón lo hace al huir de puntillas, en noches de luna vacía de la luz de las farolas eléctricas.
-Milú, vamos a ver el mar y a mirarnos en él. Le dijo Corazón de León. Ya verás como te gusta, el mar es como el valle donde vamos al salir de la escuela, grande, inmenso, pero de color azul, como el cielo. Si metes los pies dentro, se mojan y se enfrían. Está lleno de agua y sabe a miércoles.
-León, ¿a miércoles sabe? ¿por qué sabe a ese día y no a otro de la semana? Le pregunto la pequeña asombrada.
-Pues sabe a miércoles porque ese día vi a mi madre muy triste llorar, la abracé, la besé en las mejillas y probé una de sus lágrimas y cuando me llevaron a la playa del Mediterráneo, vino una ola, me rebozó como a las torrijas que hace mi abuela, me entró esa agua por los agujeros de la nariz y era salada, sabía como mi madre.
-Entonces, el mar sabe a tu madre, no a miércoles.
-No bobita, no, que mi madre es dulce como la leche condensada, pero cuando se puso triste, le brotó eso redondo, transparente y salado, pues eso como el mar. Yo le pregunté que por qué lloraba y sabes qué me pasó, que me contagió, como cuando mi hermano mayor tenía la gripe y me la pegó, saltó de su cama a la mía cuando yo estaba distraído dormido, que si eso me pasa con la luz encendida, no me habría contagiado de la gripe.
-León¿ y casi te tragas al mar entero por la nariz, pero todo entero?. Me pregunto qué te habría pasado, te habrías convertido en pez o algo así, como uno de peces de colores que tengo colgados del techo. No te imagino convertido en pez y con las gafas, entonces tendrías que usas gafas de bucear, como las que lleva mi padre en la mochila de las vacaciones, que dice mi madre que son para cuando se marcha a ver a las sirenas y como ellas viven en el mar, pues eso gafas de bucear.
Montados en la bicicleta violeta de tres ruedas, que había heredado de su hermana, Mudito cogió a Miluna y la sentó con cuidado de que no se le rompiera, y de no mancharle el pijama rosa con pingüinos, que todavía llevaba puesto, se olvidó de cogerle las los zapatos azul marino que su madre le ponía para ir a la escuela, pero llevaba los calcetines con un agujero; la sentó en la cesta de mimbre, donde su madre metía las bolsas de la compra. Le puso las gafas de aviador que compró en el rastro, y el casco de explorador; él llevaba una capa roja atada al cuello, un casco naranja con pegatinas de los Beatles, pantalones por las rodillas con los calcetines de color rojos a juego con las rayas de su camiseta.
-Milú, que nos vamos, he cogido un mapa, una linterna, una
brújula, la tienda de campaña, agua,
galletas, un bote de leche condensada, una bolsa con latas y comida, los ahorros
desde Navidad, iba a cogerlos desde mi cumpleaños, pero los he dejado en la
hucha por si nos volvemos a ir a ver otro mar, no he cogido los cepillos de
dientes ni la pasta, no pasará nada ni nos reñirán.
-Pero León no corras mucho con la bici que me puedo marear y
devolver la cena, que el desayuno estará en la mesa y mi madre a su lado
enfadada y canta durante el viaje esas canciones que aprendiste de tu abuelo
cuando estaba en la guerra que a mí mi madre no me deja cantarlas.
Y así fue como aquel par de niños emprendieron un viaje temprano
lleno de fantasías como en el mundo de los sueños, que jamás olvidarían durante
el resto de sus vidas, de la mano de la inocencia de la niñez, las ansias de un
niño de llevar a su mejor amiga a conocer el mar y la ilusión de una niña por
meter los pies en el agua salada.
Transcurridas tres horas llegaron a un lugar donde había un río
en mitad de un valle, rodeado de árboles tan altos como el cielo; a Miluna le
pareció que ya era hora de comer.
-León ¿y si paras la bici? que me rugen las tripitas, me bajas
allí en el río y abrimos el bote de leche condensada, sería más feliz de lo que
ya soy ¿vale? Comentó la niña, mientras le tiraba de la capa a su amigo.
Mudito era muy cabezota aparte de travieso, la única persona a
quien obedecía sin rechistar era a aquella pequeña de cabellos marrones
ondulados, ojos del color de la cáscara de la avellana, piel tostada y alma tan
dulce como la miel.
Pararon bajo un árbol y dejando todas las cosas a un lado, sacaron
un bote de fabada que se comieron con las manos pues se olvidó Mudito de coger
utensilios para comer, después en el río se lavaron las manos y al amparo de la
sombra de aquel gigante de hojas verdes, se durmieron un par de horas. Les
despertó el sonido de un rebaño de ovejas, el perro que iba con ellas ladraba y
olisqueaba a la niña, Mudito intentaba que se marchase lanzándole piedras.
-León no seas malvado y deja de lanzarle piedras al pobre perro
y si no me obedeces te volveré a llamar Mudito cuatro ojos capitán de los
piojos, me prometiste que ya no volverías a portarte mal con los animales, que
ya sabes lo que te dijo mi madre de los gatos, eso de las siete vidas no
siempre es verdad y mira si tenía razón ¿eh? Le hiciste daño a Candilejas el
gato del maestro.
Mudito al escuchar lo del gato dio un salto y se marchó muy
nervioso, haciendo un gesto de ira y enfado que a Miluna pareció no importarle.
La niña se quedó sentada acariciando el lomo del perro y pensando que pronto se
haría de noche y que si no se le pasaba el enfado a Mudito no sabría cómo
montar la tienda de campaña ella sola.
-Pero ¿por qué siempre me recuerdas cosas malas que ya las tenía
borradas del cerebro?, pero ¿qué te crees que yo no lloré cuando vi que
Candilejas no se movía y que iría al infierno cuando me tendría que morir? por
eso me da miedo morirme, porque ya sé lo que me pasará, que me lo dijo el cura,
chivata, que eres una chivata y yo no te lo digo.
-Pero yo te dije que fueras a don Pepito a confesarte para que
no fueras allí al infierno y cuando me
dijiste que no irías a verlo, pensé en hacer algo para acompañarte cuando me
haga mayor y me tenga que morir y así ayudarte a apagar las llamas, León. Ya no
lo pienses más o no podrás dormirte y te dolerá la tripa.
Cenaron a la luz de una vela, pan tostado con paté y agua,
después entraron en la tienda y sobre una manta que la abuela de Mudito había
tejido durante lo que duraba un curso, se quedaron dormidos como lirones uno
junto al otro.
Por la mañana después del desayuno y el aseo en el río,
volvieron a subir a la bici y se marcharon de nuevo, en busca de aguas
mediterráneas en compañía de las ganas de conocer el mundo que se tiene cuando
se es niño y existe ese contacto con la naturaleza que hace que cada día esté a
punto de rozar la magia.
Ese día el cielo estaba tan azul y colgaban de él tantas nubes
con forma de algodón, que Miluna, no dejaba de sonreír sorprendida cada vez que
cogían un bache y su vista, en vez de estar fijada en el horizonte y en las
rayas de la camiseta de su amigo, se le despistaba al infinito e inmenso cielo,
al final fueron carcajadas contagiosas que hicieron para las tres ruedas.
-Pero ¿de y tú de qué te ríes tanto, bobita? Preguntó Mudito a
la niña.
-¿Es qué no lo ves? pues mira arriba, las nubes están como mi
tía, locas, cambian su forma. Mi madre decía que a mi tía le pasaba lo que a
las nubes, se les alteraba el estado y yo nunca las había visto tanto tiempo y
tan grandes y ahora las miro a todas y me acuerdo de mi tía y del día que me
llevó a la escuela vestida de princesa, igualita que ella iba yo. La seño
Victoria cuando nos vio llegar se fue al
despacho del director enfadada. Entonces mi tía Lola me dijo que se iba a liar
una gorda y se lio, León, pero tampoco fue para tanto. Eso sí, no se lió
enseguida, tardó unos días; fue una mañana en el despacho de Don Ginés, le
decía a mi madre que mi tía había perdido el juicio y que era una mala
influencia para mí, yo no entendía nada si con ella me lo pasaba tan bien. Era
la que mejor preparaba las meriendas, me contaba cuentos antes de dormir,
cuidaba de mí cuando mi madre tenía que irse a trabajar y si mis padres se
enfadaban y se gritaban, con la almohada
en mis oídos no se callaban, entonces llegaba ella contenta y feliz, no como
estaban ellos, cogía un cuento, abría la ventana y despedía a no sé qué y a no
sé quién de nuestra casa y se me iba pasando el susto más que con las gotas de
azahar que me daba mi abuela la vez que me caí por la ventana. Oye y recuerdo
la mañana que vinieron a casa unas personas muy preguntonas y curiosas y fue cuando vi que mis padres se abrazaron por primera vez se quisieron mucho ese rato que duró la
visita y al llegar mi tía, en vez de estar alegre al ver cómo se querían, se
enfadó con ellos y les llamó hipócritas que no tenían perdón. Y ya está León de
eso me reía, echo de menos a mi tía Lola, ella sí que sabe lo que me gusta.
-Pues yo Milú solo echo de menos a mis álbumes de cromos y al
árbol de la plaza, ese grande donde nos subimos a escondernos del carnicero
cuando le tiramos piedras por el garaje y sin querer le rompemos las macetas,
es un momento que mejor salir corriendo
y subir al árbol, entonces no nos pilla y no sabe que somos nosotros, Pablo,
Miguel, Sebastián y yo.
-Pero si ellos son los mayores, cómo es que hacen eso, si
deberían de enseñarte que eso no se hace, claro como ellos no tienen padres y
han vivido en esa escuela tan rara. Dice mi tía Lola que a ellos hay que
quererlos más que a los demás niños, que no les contaban cuentos las monjas y
les daban pellizcos y coscorrones. Por eso mi madre no quiere que seamos amigos
y no va a querer que nos casemos de mayores tú y yo, por mucho que le digas que
cuidarás de mí, dice que los chicos sois todos iguales y que vais a buscar lo
mismo, oye ¿tú sabes que es lo que buscáis? ¿o todavía no?
-No sé Milú, es que mi madre no dice lo que la tuya, mi madre te
quiere mucho y cuando salgo a buscarte me dice que te cuide y hasta me prepara
la merienda para ti y a veces le gustaría que vivieras con nosotros, yo creo
que lo dice porque le gustas como a mí. Y
mi padre la besa en la boca, le da abrazos, no son como tus padres, son
más callados y no cambian tanto. Y ahora vámonos ya que nos parecemos a los mayores hablando de esas cosas.
En el mes de mayo el olor en el prado es distinto, las mariposas
acarician el instante, brota la vida de las entrañas de la tierra, los colores
son alegres, se maquilla la tierra y se
viste de tonos pastel, intensos que recuerdan a la frescura de la lluvia, a la
brisa de la mañana anunciar al calor del verano.
Vistos los dos personajes por la parte de atrás, montados en
aquel triciclo, recordaban lo que abandonamos si nos dejamos llevar por la
locura que encierran sus ilusiones sin mesura. El mundo de los dos era
perfecto, no existía un futuro incierto ni al que temer, el pasado era para
evocar risas, aprender de los pecados de los adultos, recordar sabores y tardes
en la escuela, cromos que se consiguen para empapelar un álbum; el presente lo
vivían tan intensamente como un trago de la primera experiencia de placer entre
retales a los que ofrecerse cuando llega la gélida estación en forma de
emoción.
A lo lejos del paisaje vieron una montaña junto a una arboleda
donde había un lago, así que decidieron salir del camino y llevar andando al
triciclo hasta la ladera. Al llegar y ver la quietud de las aguas cristalinas,
Mudito no dudó ni un segundo en quitarse la ropa y lanzarse desde la rama de un
árbol que asomaba en la orilla.
-León estás muy taradito, me asustas cuando haces esas cosas y
si chillas más aún.
-Milú, chillo porque está muy fría el agua y así espanto al
fresco.
Mudito en verano y cuando hacía buen tiempo, pescaba los sábados
con su padre y su hermano mayor en el río que había en el pueblo; su madre les
preparaba una cesta con bocadillos, agua fresca y fruta. Se iban los tres con
Duncam, el perro labrador, por la mañana pronto, cuando su padre llegaba de
trabajar en la panadería. Mientras su hermano y él pescaban, su padre bajo un
árbol, después de haberse dado un baño, se dormía plácidamente, se quedaban a
comer en el río y al caer el sol se marchaban a casa. Ese día para cenar había
pescado asado, patatas con escabeche y de postre natillas con mucha canela.
Cuando Mudito salió del agua se encontró a Milú dormida sobre la
manta de la abuela Carmen, se sentó a su lado y no dejaba de mirarla, le miraba
los pequeños pies desnudos, las piernas, la postura que adoptaba cuando se
dormía, le recordaba a los dibujos de los cuentos que le contaba su hermana
mayor y a los ángeles de los cromos que habían guardados en la caja de latón de
los bombones valor, y la sorpresa que se llevó cuando la encontró al pensar en
el atragantón que se iba a pegar con tanto dulce y al abrir la caja y encontrar
los cromos, se le fue la alegría por un instante, hasta que salió al patio
cogió la pelota y se marchó a la plaza a jugar con Pepe,Juan, Manuél y Guillermo,
sus compañeros de escuela.
Le empezaban a hablar las
tripas como el rugido de un león, al pequeño, tenía hambre pero como Miluna
estaba dormida, pensó que sería mejor esperar a que despertara, aprovechó para
coger el anzuelo que guardaba y el hilo y pescó en el lago un par de peces
medianos.
-León, León, me duele la pierna, dónde estás.
Miluna se despertó y se asustó al no ver a su amigo cerca,
estaba acostumbrada a que le guiara los pasos y le alumbrase la vida con la luz
que escondía en su interior. A los ojos del mundo era un niño inseguro y miedoso,
pero para la niña era un rey muy grande, que se inventaba batallas en las que
la rescataba de un dragón malvado del color de la calabaza y pezuñas enormes
como la copa de un roble.
Al ver que no le respondía, lo llamó más y más fuerte, perdió
más de un kilo de voz con aquel tono tan elevado.
-Pero mira que eres miedosita y comesustos, pero ¿es que no ves
que estaba pescando en el lago? que vengo de allí y tú vas te pones a gritar y
yo me asusto y he tenido que cruzar el lago casi sin entrar en el agua. Mira
que eres cría pequeñaja.
-Eres un imbécil perdido, me quiero ir al pueblo que me duele la
pierna, llévame a casa en la bici que quiero una pastilla redondita y la manta
que se enchufa de mi madre.
-¿Te duele mucho Milú? espera, a ver que piense, sí ya lo tengo,
cuando estaba pescando he visto que había un pueblo cerca, voy a comparar
pastillas que tengo los ahorros, tu espera aquí que no tardo, mira al cielo y
cuenta las nubes, haz como cuando te duele en casa y no está tu madre, que te
distraes cantando.
-Vale León, pero ten cuidado.
Se montó en la bici y no tardó mucho en llegar al pueblo,
encontró una farmacia pero estaba cerrada, en el cartel estaba escrito el
horario, como no tenía reloj, tuvo que buscar la iglesia para ver la hora. Al
llegar a la iglesia el cura salía, él supuso que se marcharía a su casa para
comer y que tendría prisa, cuestión que no le supuso ningún problema, pues a
pesar de su nerviosismo, le preguntó por la hora.
El cura al verlo le pidió que se acercara, el niño le repitió lo
mismo dos veces y entonces fue cuando los dos se dieron cuenta, uno de que
estaba sordo, el otro de que le preguntaba algo.
-Hola, no te escucho, pero si hablas despacio, te leeré los
labios, y bien empieza.
-Hola señor cura, he venido a la farmacia a comprar pastillas
que quitan el dolor de cabeza para mi madre, pero estaba cerrada, después vengo
a ver la hora y es que el reloj no funciona y era solo eso si me la dice usted.
-Jajajajajajajajaj, el reloj lleva parado desde que lo pusieron
en lo alto de la iglesia, no ha habido valiente que se atreva a subir y no
tenga miedo de a las alturas.
Mudito pensó que no debía ser tan difícil llegar a lo alto,
encaramitarse a algo y arreglar el reloj, le ofreció hacerlo, de esta forma le
abrió la puerta de la iglesia, subió el niño con el cura y éste desde abajo le
daba indicaciones de lo que debía hacer y cuándo.
Al bajar del campanario, se fueron juntos a la farmacia y Mudito
quedó asombrado al ver como el cura abría una puerta pequeña que conducía a
ésta. Antes de llegar pasaron por una cocina donde había una anciana con
cabellos plateados recogidos, vestida de negro con un delantal a cuadros grises, al verlos les ofreció una sonrisa,
pasaron por un salón donde había una vitrina llena de fotos, se quedó paralizado
al ver una foto de alguien que le pareció conocer, el cura le dio la caja de
pastillas, las gracias y tras un abrazo se despidieron.
Cuando el niño llegó donde estaba Miluna, la encontró cantando y
con tantas lágrimas como hormigas en un hormiguero.
-León, has tardado mucho en volver, no sabes la de canciones que
he tenido que cantar ¿y sabes una cosa? se me acabaron y tuve que cantar las
que cantaba tu abuelo y pensaba que si me escuchaba mi madre se enfadaría mucho
y eso no está bien. Seguro que has tenido que subir a un campanario a salvar a
una cigüeña o algo así, ahora a ver que te inventas.
-Pero mira que eres quejica, que si tu madre te oye, que si eso
de cantar esas canciones está mal y bla bla bla, pues oye no te quejes que yo
he tenido que mentirle a un cura y no me digas que me vaya a confesar que yo ya
hice la comunión y a mí el dios ese no me da ya
miedo, seguro que no me castiga tan fuerte como mi madre.
-Pero no se miente, eso no está bien, hay que decir las cosas de
verdad.
-Sí claro, mire señor cura quiero pastillas para Miluna, una
niña que llevo en la cesta de la bici a
ver el mar y como le dolía la pierna, he venido a por pastillas a la farmacia
pero estaba cerrada, si quiere le llevo a donde está, llama a sus padres que
vengan a buscarla, y al llegar a casa le dan una paliza que le doblan la vida y
se vuelve sin ver el mar. Mira niñita de goma, de la mano de tu madre no te
libra ni la tía Lola pegada a ti, así que por lo menos, verás el mar. Y no
vuelvas decirme que te lleve a casa, mañana llegaremos antes de comer a la
playa.
-Eres imbécil, pero si me dijiste que me llevabas a ver el mar y
ahora dónde dices que me llevas.
-No puedo contigo ya, que la playa es del mar tontita peladita
comemocos.
-Y encima te enfadas otra vez, a que me voy yo sola.
-¡Ja! Claro que sí, anda vete ya, con ese dolor de piernita
llegarás, pues a ver, pasado mañana o al otro. Pero mira que eres ignorante y a
mí me pones nervioso.
Miluna empezó a llorar y Mudito al verla deshecha en retales se
sentó a su lado asustado y abrazándola le calmó el llanto. Le ofreció agua para
beber, hizo una hoguera para asar los dos peces que capturó en el lago,
comieron y escuchando la radio de su
padre se durmieron mirando al cielo del quinto mes con mil golondrinas
atravesándolo.
Al atardecer, fueron de nuevo al lago, a ver como se escondía el
sol tras la montaña, el pequeño volvió a bañarse y la niña disfrutaba mirándolo
tirarse desde la rama del árbol que asomaba en una de las orillas, ya no le
daba miedo verlo lanzarse a las aguas frescas.
La mañana del día siguiente, después de desayunar, recogieron
las cosas y se abrieron camino en busca
de su deseo. Miluna tenía el cabello lleno de tierra, no dejaba de estornudar y
cada vez que cogían un bache se cogía de los pantalones de Mudito. Le gustaba
como la brisa le daba en la cara y el pelo se le alborotaba, ser libre al lado
de su mejor amigo. Cada vez que se acordaba de hacia dónde iban se ponía tan
contenta como en sus cumpleaños y en el día de reyes.
Cuando pasaron por el pueblo donde el niño compró las pastillas,
la niña le pidió que parase.
-León yo he estado en este lugar ¿puedes parar un poco? Hay una
plaza con una fuente y bancos de piedra. Una estatua de un hombre con alas, no
espera, es un ángel como el de la iglesia.
Mudito se quedó sorprendido y recordó la foto que había en el
mueble de la casa de la farmacia. Vio una imagen que la madre de Miluna también
tenía en el salón de su casa.
El niño no dijo nada y pensó en llevarla a la casa y visitar a
la anciana que vestía de negro con un delantal a cuadros grises.
-Milú espera un poco, voy a ver a alguien que conozco, será un
rato corto.
Al llegar a la casa se pensó más de dos veces si llamar o marcharse,
antes de apoyar los nudillos en la puerta de color granate, se dio la vuelta y
miró a Miluna.
-Pero vamos ¿qué haces? toca el timbre que está arriba mira allí,
venga vamos.
El pequeño pulsó el botón y por el balcón se asomó la señora
preguntando quien había tocado, al ver a los pequeños les abrió la puerta y les
invitó a pasar hasta el salón.
A Miluna le gustó la señora, le recordaba a su tía Lola por el
olor. Tenía la piel blanca, los ojos verdes y unos labios de color rosa pastel,
se movía muy despacito por el pasillo que conducía a la cocina.
Cuando llegaron al salón les pidió que se sentaran y sacó pan
con queso y zumo de naranja para que almorzaran. Al pequeño le preocupaba
ensuciar el suelo con las ruedas de la bici, pero tenía que entrarla en la casa.
Sonó el teléfono y la señora se levantó a cogerlo, mientras la
niña se quedó mirando una de las fotos que había en el mueble, la misma que
llamó la atención de su amigo.
-Ay León, que esa foto está en mi casa y es la tía Lola cuando
era pequeña. ¿Y si le preguntamos que de qué la conoce a la señora?
-No seas preguntona, lo que tenemos que hacer es irnos, le
decimos que tenemos que ir a casa y ya está.
Para cuando entró la dueña de la casa, los niños ya no estaban
sentados, habían salido por la puerta de atrás que conducía a un callejón.
Mudito le daba tan fuerte a los pedales como podía.
A lo lejos se escuchaban voces de los mayores llamarlos, y eso
hizo que fueran todavía mucho más
rápidos. Al llegar al camino que desembocaba en el mar, el viaje fue más
cómodo.
En menos de una hora vieron una gaviota pasar cerca de ellos,
Mudito paró a un lado, sacó agua para la niña y galletas saladas que le dio
para comer.
-Yo creo León que mi madre estará muy enfadada y que cuando
llegue a casa me castigará, estoy triste porque yo nunca me he ido de casa sin
decírselo y ¿sabes una cosa? No la echo de menos ni nada, yo si me voy a casa
de la tía Lola, pues mejor. Me gustaría tener abuelos como tú tienes, no hace
falta cuatro, con una abuela, estaría bien, pero luego pienso que tengo a la
tía Lola y me pongo contenta, porque ella me quiere mucho y me quita el susto
que tengo dentro cuando mis padres se chillan y me gustaría meterme debajo de
la cama o bajarme por la escalera que me hiciste en verano.
-Milú pero puedes venir a mi casa, mis padres te quieren mucho
¿y Paco? que cuando te ve te sube al cielo y sale corriendo hasta la plaza
contigo y mis hermanas te llevan a misa los domingos y después te compran pan
quemado. Y Duncam te quiere mucho ¿eh? no deja de ladrar cuando entras y mis
abuelos los del pueblo cuando vienen en verano te traen regalos y los de aquí
también te quieren, mi abuela Carmen te come a besos y mi abuelo Paco aunque te
tire de la nariz, es muy bueno contigo. A mí también me cabrea cuando me tira de
las orejas y me da collejas cuando me distraigo. Anda no te vayas a poner
triste ahora que el mar está allí, seguimos el viaje.
Al llegar a la inmensa playa, Miluna abrió sus ojos del color de
la cáscara de avellana tan fuerte como pudo, se le pintó una sonrisa en los
mofletes sonrosados. Mudito, no dejaba de mirar aquel gesto en la pequeña, se
quitó los pantalones, la camiseta y las zapatillas.
Cogió a Miluna y con ella
sobre su espalda se fue acercado a la orilla.
-Pero corre León, corre más rápido, que tengo ganas de llegar a
ver el agua saladita y los peces de verdad, como los del techo de mi cuarto,
esos sí que se moverán.
-León, para León.
El niño se dio la vuelta y a lo lejos vio un coche rojo con
mayores dentro y a la tía Lola, lanzando los zapatos y corriendo a por ellos
por la arena. Se quedó paralizado, al reconocer al cura y a la anciana.
-Pero no corras, pero qué no ves que os podéis caer. Casi me
matáis, casi.
Mudito se quedó parado, quieto, temeroso, dejó a Miluna en la
arena, se sentó a su lado y esperó a que llegase Lola.
-Tú, rompetechos, ¿sabes cómo nos habéis tenido durante todo
este tiempo? A la niña no le digo nada que bastante tendrá con la paliza que le
propiciará la fiera de mi hermana sin piedad, ¿eh Luca? Tu madre no sabe
todavía que os he encontrado. Ay dios bendito que estás en los cielos, que yo
antes era atea y por vosotros dos, he
rezado, he ido a ver al cura, me he puesto de rodillas ante el altísimo, como
le llaman las beatas.
Miluna miraba a la tía Lola con un gesto de tristeza a punto de
estallar en llantos, era una niña obediente que nunca había alterado el estado
de sus padres, se sentía culpable cuando éstos se gritaban y su padre al
marcharse daba un portazo, pensando que algo había hecho ella. Luego su madre
se subía a su habitación y la pequeña se quedaba mirando por el ventanal que
daba al huerto, hasta que llegase alguien y la arropase en cariños o llegase su
padre. Normalmente Mudito era su primer salvavidas, entraba con la llave que
había bajo el felpudo, pero siempre después de tocar a la puerta; existía
cierta conexión entre la pareja de
niños. El día que no veía a Miluna en la escuela, nada más salir, en vez de ir
a su casa, le tiraba piedras en la ventana y si no veía su pequeño perfil asomar, entonces era cuando
tocaba la puerta y si nadie respondía, abría con la llave.
-Tía Lola, no riñas a León, sólo quería que viese el mar, yo no
pensaba que íbamos a tardar tanto en llegar, perdóname tía. No lo volveré a
hacer y si León me pide de volver a hacerlo, no le haré caso. Dijo haciendo un
guiño a Mudito. Pero no le digas a mi madre que me has encontrado ya, deja que
toque el agua, que te cuente León, anda cuéntaselo, vamos.
Lola miraba a la niña soportando medio litro de lágrimas a punto
de brotarle del alma, todavía no le había dado un abrazo, tenía un nudo en la
garganta y un estallido emocional tan grade como aquel sol de mayo brillando en
cielo mediterráneo
-Yo de pequeño leí en el libro de mi abuela, ese que se llevaba
a misa, que dios había curado a un
hombre o que se había muerto, haría
magia y volvió a vivir. Leía también algo sobre el mar y que un hombre se
bautizó en agua salada y le salía todo bien. Entonces me puse a pensar en que
Milú no podía andar y en las cosas que se podía hacer en el mar, también que si
el agua salada de las lágrimas curan las penas, como dice mi madre, que si
la traía aquí, igual andaba. Luego fue
el programa de la gente que iba al mar Muerto a curarse y eso es todo Lola.
Lola no daba crédito a las palabras que escuchaba brotar de
aquellos labios pequeños y dulces, sinceros como la niñez, infantiles como su
dueño, fieles a sus ideas, se preguntaba el cómo podía salir la decisión de
coger a una niña meterla en la cesta de un triciclo coger las provisiones
necesarias y salir rumbo a cumplir un deseo. Lo que sí sabía era que León desde
que nació Luca, como ella la llamaba, cuidaba siempre de ella, permanecía a su
lado cuando no podía ir a la escuela, después de la merienda, la cogía en
brazos, la sentaba en el sofá del salón frente a la chimenea y veían los
dibujos de la segunda cadena.
El triciclo se llamaba Violeta como la muñeca favorita de la
niña, no era por el color, los padres del niño trataban a Miluna como si fuera
uno más de sus hijos.
-Mira hijo, entiendo que quieras mucho a Luca, que te preocupes
por ella, pero eso es cosa de sus padres. No sabes cómo está el pueblo entero,
qué dos días hemos pasado todos, sin saber dónde estabais, si os había pasado
algo, mira, tus padres están muy disgustados, todavía no saben que estoy aquí
con vosotros y que os he encontrado a
los dos, suerte que mi hermano, cuando mi madre le dijo que
estaba en casa Luca, se puso en contacto conmigo y ya ves, aquí estoy.
-Vale Lola, pero yo no quiero que el padre de Milú le vuelva a
hacer daño, que yo no seré listo del todo, pero veo las cosas que suceden con
los mayores y eso no quiero que le pase, que mis padres no nos hacen lo que a
ella y eso que es más pequeña y que deberían de cuidarla más, ella no es como
las demás niñas, es especial y si no me crees, pregúntale a mi madre, ella siempre me lo está
recordando. Oye ¿por qué hay una foto tuya en el salón de la casa de la farmacia?
-Uy es una larga historia, además de cosas de mayores, cuando
seas grande te la contaré, no te vayas a preocupar que eres muy niño para vivir
con una soga al cuello, como diría…
-Mi madre Lola, como diría mi madre.
-Pues eso y despierta ya de una vez, no siempre vivirás de tus
sueños con ella, ya despertarás y vivirás la realidad tarde o temprano.
-Uno, dos, tres, cuatro ¿a qué no me pillas, Mudito Corazón de
León?
Aquella noche despertó a Mudito la tristeza de un sueño, en el que la protagonista era la
dulce Miluna; ella podía andar, corría
por el valle al que iban por la tardes al salir de la escuela, llevaba zapatos
de charol rojos y le retaba a ganarle en velocidad. La vio feliz y libre; en
aquel sueño vivía con la tía Lola y la anciana que vestía de negro, rodeada de
cariño, mañanas de desayunos alegres, tardes de atención, paz y pan de ángel.
Siempre que miraba al cielo, se acordaba de todos los años en que fueron
compañeros, en que quiso llevarla a ver el mar y nunca se atrevió a decírselo,
por miedo a que le dijera que no.
Esa misma mañana de sábado, fue a buscar a Lola y a pedirle que
lo ayudase a planear una excursión al Mediterráneo, también se lo contó a Paco,
a quien le gustaba mucho Lola y él le dijo que irían en autobús los cuatro o le
diría a Lola que los llevase en su coche.
Así fue como Miluna Alma de Gelatina, el 13 de junio, junto a su
mejor amigo Mudito, su ángel de la guarda, la tía Lola y Paco, se bañó en el
inmenso Mar Mediterráneo, al que llegó sobre los hombros de Paco. Nunca
olvidará aquella sensación de perderse entre tantas lágrimas saladas, como ella
describía al mar, de sentir como flotaba, de como la espuma de la cresta de las
olas susurraban al pasar rozando a la piel de los cuatro personajes, pero sobre todo nunca
dejará de recordar el sentido de la amistad.
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