Mayte Pérez

domingo, 7 de diciembre de 2014




EL AZUL MARINO DE TUS PUPILAS
Se respiraba vida aquella mañana; el suelo estaba mojado y no era de lágrimas del cielo, era el sudor que fluía de los poros de su piel que  se deslizaba  hasta sus tobillos y moría bajo las plantas de sus pies.
No había más que una ventana abierta en la casa donde vivía, donde se protegía de lo que no le gustaba, de lo que duele,  de lo que hiere, de lo que transforma la alegría y la hace pedacitos. Y sin embargo, se asomaba por ella, miraba el azul del cielo y se sentía feliz, nada más por ser, por existir, por ser la dueña, todavía de su nombre, por tener la oportunidad de vivir un día más que le ofrecía aquella mañana pintado de gloria.
Le había dado la espalda a un mundo de mentiras, a un camino de derrotas, a momentos de presión sobre sus hombros que la invitaban a caer de rodillas, a aquellas palabras de lengua ajena que se enredaban en su cuello y apretaban hasta que ella era consciente de que nadie podía entrar tan dentro de ella, y era entonces cuando recuperaba el aliento para seguir a ese sueño que le daba la vida, a alcanzar un propósito más que había dibujado sobre la almohada que le había bordado la persona que la gestó en su vientre.
Sobre la mesa de cristal que había en mitad del salón, se había dormido mil noches, trazando planes que podían cerrar heridas abiertas,  cubrir al hueco que formó la paz con su ausencia, ofrecer palabras que gritan piedad con hambre de mil perdones, si es que había algo que perdonar.
Sobre cada uno de los 75 peldaños de la escalera había una nota en blanco y un lápiz de madera en espera del calor de una mano que lo abrazase y decorase con su interior a la piel del papel, con el deseo de volver a la libertad del pensamiento, de librarse del peso de una tormenta que se había instalado en la entrada de la senda del poeta, donde cada mañana iba en busca del placer de la poesía, de la delicia de un recuerdo que hacía volverse dulce a la sal.
Y aquella mañana se vistió de princesa, descalza de las sandalias rojas que aprietan, segura del peso de sus pasos; llevaba una caña de pescar, una aguja y el hilo de plata fino que tejía sueños y cosía a la piel cuando se desgarraba del alma y quiere salir corriendo al infierno de puntillas. Cuando cruzó el umbral donde se entra en el pensamiento que crea soluciones y calla tempestades, encontró una puerta que cruzar a un mundo donde la paz volaba en forma de mariposa, tenía dos hojas, estaba abierta y salía de ella una brisa con sabor a aquellos días de verano donde jugaba en la playa mediterránea, entonces sintió ganas de atravesarla, caminó dos pasos, se apoyó sobre el marco de la puerta y al asomarse, le vio sentado en un banco  de madera con el que estaba hecho el columpio donde jugaban en el jardín. Él no la había visto, tenía la cara apoyada sobre sus manos, un gesto de derrota y la ausencia de aquella sonrisa que a ella tantas veces le había pintado sobre su espalda. A lo lejos le pareció que lloraba un manantial y quiso cruzar la puerta, fue entonces en ese momento cuando él se levantó corrió hacia la puerta al verla y la cerró sin más. Ella llamó tres veces y nadie abría, estaba apoyada sobre su color y escuchaba los llantos de él, se había vuelto a ver reflejada en el azul marino de sus pupilas y quería abrazarse a su vida otra vez, quería mezclarse con el agua salada de sus lágrimas, gritaba su nombre y se dejaba la piel de los nudillos de sus manos sobre una de las hojas de la puerta. Él le pedía que se marchase, le recordaba lo mucho que seguía creyendo en ella, le hablaba de la grandiosidad de la vida cuando se logra vencer a al fuego de los dragones, de las posibilidades de crear caminos alternativos a un nudo que tensa a las ganas de vivir; sentía ansias de abrirle su mundo, abrazarla otra última vez, y volver a oler aquella piel que años atrás había estado en contacto con la suya, aquella piel hija de su misma madre. De repente ella calló su llanto y fue consciente de que creía saberlo todo y en realidad, no sabía ya nada. Le preguntó el camino que elegir, entonces él le recordó que llevaba una caña de pescar, hilo de plata fino y era dueña de la oportunidad de construir un camino entre aquel desequilibrio presente que estaba moviendo a todo  su espacio vital. Y  detrás de aquellas puertas se escucharon palabras:” Sólo tienes que creer en ti , nada más que eso, saber protegerte de la oscuridad que te ha traído en busca de mi mundo, escuchar más que a mis palabras, a las tuyas, entonces llegarás a un puerto de sueños, y te darás cuenta de que no hay sufrimiento para toda una vida, de que las guerras las vive uno aunque no quiera, pero recuerda que depende de ti no formar parte de ella, incluso viendo a un  hermano, delante de ti, vestido de enemigo, con un arma entre sus manos, tentándote a entrar en el campo de batalla. Tan sólo baja los hombros y sé sorda al dolor de sus juicios ignorantes, ciega a la forma de sus palabras, fuerte a las tentaciones de sus llamadas a un duelo, incluso sabiendo que llevas al triunfo de tu mano. Recuerda que no hay nada que hacer ante el rencor, que dentro de ti se esconde el que tus días sean grises o del color del merengue de fresa, que tienes un propósito que cumplir todavía y miles de primaveras, de veranos, de inviernos y de otoños que contemplar. Eras, eres y serás siempre grande para mí, aunque no esté, de ti depende que siga existiendo si continuas recordándome”
Entonces ella sonrió, sintió la frescura de la brisa en su rostro, recordó el olor de su vida y tuvo las fuerzas de continuar por un camino perfumado con verbena y madreselva, donde no había más que temer y volaban por él futuros esperando al fin de un presente para volverse como él y poderse disfrutar…



Mayte Pérez